El elogio de las Galápagos

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Carla bajó al bar como todos los lunes para encontrarse con Mara. Llevaba el pelo alborotado después de un largo día de trabajo, y sostenía con delicadeza un cigarro que iba consumiendo a medida que lo aspiraba con fuerza y arrogancia. Al llegar saludó sin mucho entusiasmo y arrastró la silla de plástico de la terraza sentándose con desgana.

 

Mara la recibía con una sonrisa pícara y algún chisme jugoso para pasar otra tarde más en ese barrio aburrido de mala muerte. Con la cerveza en la mano, se dispuso a contarle el cotilleo que envolvía la mudanza del vecino del cuarto segunda, un bohemio de poca monta, llamado David que con aras de cambiar de aires le pasó lo que Mara desvelóa continuación:

 

-¿Carla, te acuerdas de David, el pintor que vivía en el piso de arriba?

-Sí, ¿el pedante que dejaba publicidad sobre ciclos de cine francés, por el que perdías la cabeza?

-Ese mismo, sí. Pues hace unas semanas me lo encontré en el ascensor, me contó que buscaba piso, porque estaba harto del bloque y buscaba ser más independiente, tener nuevas experiencias, él lo llamaba “su renacer personal”.

-Qué arrogante.

-Sí, en fin, como te decía, estaba desesperado por encontrar un hogar que respondiera a sus necesidades tanto emocionales como físicas, o así lo contaba.

-¿Y eso qué nos importa a nosotras?

-Pues verás, el otro día me encontré con la casera del piso, que es amiga de mi madre de toda la vida y le pregunté por David, si sabía por dónde andaba, si ya había encontrado un inquilino nuevo. Y la mujer se echó a reír a carcajadas, a retorcerse como si de la niña del exorcista se tratara, por el suelo, se desternillaba sola, empezó a convulsionar y tuve que llamar a una ambulancia, no había modo de que parase.

-¿Qué dices? ¿La mujer está bien?

-Sí, sí, todo bien pero como te cuento. Llegaron los paramédicos, la estabilizaron y me hicieron acompañarla hasta el hospital.

-Qué fuerte, un ataque de risa. Qué chiste le debían contar a la pobre mujer.

-Aquí es donde yo quería llegar. En cuanto la mujer recuperó la conciencia, y medio sedada, lo entendí todo.

-¿Epilepsia?

-No, no. Galápagos.

-¿Las islas?

-No. El réptil.

-Explícate, no entiendo nada.

-David, encontró un piso que se adecuaba a sus circunstancias, muy amplio, luminoso, las paredes color crema, era como aquellos habitáculos prefabricados que construyen ahora en Japón en cuestión de horas-días. Y él que siempre amó “ El elogio de la sombra” de Tanizaki sin ver el piso, firmó el contrato, empaquetó todas sus cosas y quedó con el inquilino japonés para que le diera las llaves de su nuevo hogar.

-Qué suertudo, yo estoy todo el día buscando por internet y no encuentro nada.

-No, no espera. Que la sorpresa fue inmensa. David pagó a una empresa de mudanzas, se plantó en la dirección que le habían facilitado con todas sus pertenencias y al bajar se encuentra con el inquilino.

-¿Era una estafa?

-No, era una tortuga pluriempleada, que para mantener a su familia, había puesto su caparazón en alquiler y el muy zopenco había picado el anzuelo.

-No puede ser.

-Es. En resumen que como ya tenía el contrato firmado y un orgullo de tres pares de narices, ahora vive en un caparazón. Y lo peor de todo es que dice que se ha encontrado a si mismo, claro con el poco espacio que tiene, como para no encontrarse.

 

Carla no podía parar de reírse.

 

-Encima con superioridad moral.

-Habrá que hacerle una visita, ¿no?

-Sí, espero que tenga terraza, porque yo quiero fumar.

-Qué mala eres. Dicen que se lleva lo minimalista.

-Pues él sigue la moda.

 

Se pidieron otra cerveza, intentando no convulsionar de las carcajadas.

 

 

Relato de Riastone e ilustración de Lazlo Kovacks

 

 

 

 

 

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