Ofelia


La ilustración es de Elizabeth Peiró

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—Entonces el ajo os resulta letal.

—No, a mí me resulta letal, pero porque soy alérgica. También soy alérgica a los melocotones y a los menteca…maaantecados.

—Tengo que escribir esto.

—No tengo ninguna prisa.

—A ver…papel, papel. ¿Le importan que grabe la conversación?

—No, no, adelante.

—Vale… creo que, ¿está grabando? Empecemos con su nombre.

—Me llamo Ofelia Raganitzu.

—¿Edad?

—Vaya pregunta para una señorita.

—Sabe que esto es importante.

—¿Qué edad aparento?

—Diría que unos veinte.

—Tu si que sabes como halagar. Aunque has hecho trampa porque has respondido a que edad aparento, no a qué edad crees que tengo. Menos de los que crees.

—¿Cientos?

—¡Qué va! Me trajeron de vuelta allá por el 1.600

—Entonces estamos hablando de cientos.

—¿En serio? Será que aún me siento lozana.

—El tiempo parece acelerarse cuanto más vive uno.

—Muy cierto.

—Y ¿Qué me dice del tema del… sustento?

—Pues gracias al cielo conservé gran parte de lo que hoy se considerarían antigüedades y con algunas ventas inteligentes pude invertir y hacerme con suficiente dinero para vivir desahogada.

—No me refiero a ese sustento. Me refiero al… ¿alimento? No sé cual es la forma delicada de nombrarlo.

—Sangre. Creía que eso se sabía.

—Si, es algo que ha permeado en la mitología y el folclore, pero estoy intentando dilucidar lo ficticio de lo real. ¿Cómo es alimentarse con sangre?

—No. No nos alimentamos con sangre. Nos alimentas de sangre.

—Un tecnicismo lingüístico, si me lo permite.

—Y, sin embargo, uno muy importante. Pero ¿qué me dice de usted?

—No quiere hablar del tema. Lo entiendo señorita Ofelia.

—Señora.

—¿Está usted casada?

—Enamorada.

—Uno de los mitos más extendidos es que los de su especie se quedan congelados en cuanto a personalidad. Carecéis de complejidad en sentimientos, pero los existentes son amplificados. Casi como las hadas.

—Decir hada es como si dijeras mamíferos. Los hay de diferentes tamaños y complejidades y no, ese mito no es cierto. Somos capaces de mutar y crecer, pero la desidia siempre atrapa a los inmortales, por eso necesitamos morir de vez en cuando.

—Creía que ustedes ya estaban muertos.

—¿Cómo? ¿Muertos? ¿Qué es estar muerto? ¿Carecer de latido? ¿Aliento? La vida es mucho más sencilla. La vida es autoconsciencia y nosotros somos muy conscientes.

—¿Y lo de las transformaciones?

En ese momento Ofelia escuchó un ruido sospechoso en la entrada. Vaya fastidio. Según contó con su sonar eran siete, y muy bien armados. ¿Qué era ese olor? No podía creerlo: Laguna en persona había ido a por ella. ¡Qué gran honor! Le encantaba su olor penetrante a ozono y lluvia. Algún día podría probarla.

Soltó al pobre señor que tan amable había sido. Sus uñas salieron despacio de su yugular haciendo que un reguero de sangre la salpicara.  Desacoplarse de un enlace siempre era doloroso y la dejaba algo transpuesta. El hombre cayó convertido en polvo de hueso. Otro error común al pensar que eran los de su especie los que morían así. Ofelia degustó las gotas de sus punzantes uñas, para atrapar un último eco del hombre. Desplegó sus colmillos para enfrentarse a los que querían ser sus captores.

La puerta reventó en un mar de astillas. Laguna iba al frente y Ofelia sintió un escalofrío de placer al cruzar sus miradas. Ofelia no tenía ojos para nadie más y eso fue un error. Una mole con cuernos la embistió y la hizo atravesar las ventanas cerradas del torreón de piedra. La luz del temprano atardecer la cegó en la caída antes de golpear con fuerza las aguas heladas del lago. Se quedó en las profundidades, escuchando con atención, casi deseando que no se confiaran y fueran a comprobar si estaba muerta, pero no lo hicieron. ¿Tan poco conocían a su especie? ¿Creían de verdad que el candente sol podría destruirlos? Ofelia salió a la superficie y se dejó mecer entre nenúfares y sensaciones. Recordaba la última vez que se dejó acunar por las aguas, entre flores y locura. Había sido curada de su amor por cierto príncipe danés solo para volver a enfermar por un amor mucho más ardiente. La pequeña Laguna, con aroma a petricor y tristeza. Cuanto deseaba comérsela.

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