Arroz con leche


La ilustración es de Sandra Cardona

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100g de arroz redondo

1l de leche entera

1 trozo de cáscara de limón y de naranja

1 rama de canela

70g de azúcar

10g de mantequilla

3 gotas de cianuro con aroma cítrico

—El arroz con leche es algo espectacular. Ciertas personas, sobre todo de las zonas asiáticas, ven esto como un atentado al buen gusto, pero bueno… ellos comen perro, o eso decía mi tía Angustias. Ojo, no pretendemos hacer un risotto ni una sopa de arroz, el punto de cremosidad sin llegar a ser cemento armado es lo más importante. El aroma cítrico del cianuro es un detalle para enmascarar su sabor a almendra amarga, con dejar unas peladuras de limón en el propio frasco basta y sobra. Las cantidades están medidas porque el azúcar anula el efecto deseado del cianuro, así que ¡no seáis golosos! La cantidad de azúcar apuntada es suficiente. Si os gusta más dulce es preferible que sigáis la receta de las natillas. Dos palabras: Bru-tales. Acordaos de dejarlo enfriar, tanto si hacéis el arroz con leche como las natillas, el resultado es muchísimo me… ¿cortamos?

El tren se detuvo junto a un pantano. En una encrucijada en el camino, una niña guardaba la cara entre las rodillas. Tenía las uñas llenas de barro y un moratón hinchado en un pómulo. Desde el tren, asomó una señora regordeta y de nariz aguileña. Le acompañaba un cuervo que usaba el hombro de la señora como percha.

—¡Niña! ¿Subes o nos vamos?

La niña levantó la mirada con sorpresa. ¿De dónde había salido ese tren? Seguro que sería un efecto secundario del trompazo que le habían dado.

—Tu verás—dijo la señora de nariz ganchuda mientras se colocaba un sombrero de chef y se iba refunfuñando.

La niña se acercó con cautela al tren, cojeaba y notaba una costilla maltrecha al respirar. Dentro había unos cómodos asientos tapizados con algo caro. El tren no tenía separación de vagones y le daba el aspecto de una incómoda sala innecesariamente alargada.  Pudo ver como la señora que le había gritado desde la puerta del tren retomaba lo que parecía un programa de cocina. ¿Esa lechuga se estaba moviendo? Es curioso que su atención se centrara en ese detalle y no en las cámaras levitando. Nada más entrar, la puerta se cerró golpeándola en la espalda y el tren tomó directamente la velocidad punta. Parece ser que ahí dentro no existía la bien conocida aceleración normal y corriente.

Aunque el tren carecía de vagones, los espacios estaban separados por paneles, cortinas, biombos, plantas o estanterías. Quiso hacerle una pregunta a la señora que tanta amabilidad había derrochado con ella, pero una mirada fulminante la persuadió. Volvió a la zona de butacas y se sentó para intentar molestar lo menos posible. Miró por la ventana para distraerse, pero un pulpo le tapaba la vista. Un… pulpo…espera, ¿estaban debajo del agua? Tampoco conocían la presión en ese tren por lo visto. Vaya suspenso en física básica. Una gárgola le rozó levemente el hombro.

—¿Ticket?

—¿Eh?

—¿Billet?

—¿Eh?

—チケット?

—No hablo japonés.

—¿Cómo sabes que es japonés?

—¿Eh?

—Sino tienes ticket no puedes estar aquí.

—Pues tendréis que dejarme en la próxima estación.

—Claro, en cuanto pasemos el Pacífico te dejamos bajar.

—Gracias.

—¿No prefieres comprar un ticket y ya está?

—Pues… ¿cuánto vale?

—Lo que tengas en los bolsillos, tu compromiso de enrolarte en las brujas itinerantes y una promesa que no puedes romper… la que quieras, no tiene por qué ser muy ambiciosa.

La niña le dio un chicle a la gárgola, un botón descosido y un billete de cincuenta euros que casualmente tenía en el bolsillo. Juró enrolarse en las brujas itinerantes y su rostro se ensombreció cuando hizo su promesa inquebrantable:

—Prometo… vengarme de Morrocotudo Johnson.

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