Un huevo en la azotea

 

 

Ilustración_sin_título 70.jpgHace unas semanas nos mudamos a una nueva casa. Yo no estaba muy emocionado con el asunto, pero mamá y Ana, su nueva amiga que ahora vivía con nosotros, decían que necesitaríamos más espacio y que era el momento de dar el paso. No entendía nada, ¿a caso íbamos a crecer y crecer como en Alicia en el País de las Maravillas? Recuerdo que cuando entré en mi habitación pensé que mi madre se había vuelto completamente loca. Las puertas medían dos metros, los techos eran tan altos que podía tocar las estrellas y las ventanas eran miradores por los que entraba toda la luz y las historias de la ciudad. Me imaginaba a los antiguos inquilinos como seres gigantescos que tenían que usar zapatos de payaso porque no encontraban de su talla en las tiendas del centro. Aunque los primeros días me mostré reacio a disfrutar de nuestro nuevo hogar y las oportunidades que me concedía, a la semana me decidí a investigar cada rincón de nuestra nueva morada. Siempre he querido ser detective y era la ocasión ideal para empezar a practicar. A mamá no le gustaba mucho esa idea, siempre decía que lo que se necesitaban eran ingenieros. Yo le contestaba que yo ya era de lo mas ingenioso, no quería aprovecharme de ello para hacer dinero. Mamá y Ana se reían cuando argumentaba algo tan serio como mi futuro. Así que pensé que qué mejor demostración que realizar una inspección exhaustiva durante esta última semana de verano y presentarles un informe detallado a las incrédulas compañeras de piso que me miraban de forma burlona.

Empecé por mi habitación donde nada captó mi atención, después seguí con la cocina, donde encontré mi primer monstruo, un híbrido de nevera- motocicleta que se dedicaba a enfriar la comida al son de un ruido ensordecedor. Era fascinante, le ponía tanto empeño a su misión de mantener la comida fría que había congelado hasta el jamón. Su compañera lavadora-dragón, no dejaba indiferente a nadie, cuando te despistabas podía devorar tu ropa con las llamas de su aliento. Había encontrado mi lugar favorito de la casa, o eso creía en ese momento. Después de tantas emociones, me aventuré a subir a la azotea, donde Ana estaba tendiendo la ropa, y fue allí donde la historia se complicó.  Las vistas eran imponentes, me sentía como un aventurero en la cima del monte más peligroso contemplando su victoria. Pero entonces entre las baldosas rojas que vestían el suelo, algo me desconcertó sobremodo. Me acerqué con cautela, tomando las medidas preventivas necesarias, me sentía como Sherlock Holmes en un crimen por resolver. La lupa me permitió afirmar lo que sospechaba, se trataba de un huevo. Un huevo en la azotea. Intacto, en perfecto estado. No tenía ningún sentido, ¿Cómo había podido llegar un huevo a una azotea de forma íntegra? ¿Quién lo había dejado allí? Empecé a hacer cálculos mentales que comenzaron a aparecer delante de mis ojos como elementos flotantes. Nada encajaba. Supongo que necesitaba algo más que las matemáticas de segundo de primaria, pero qué se podía esperar de un niño de ocho años. Varias hipótesis rondaban mi cabeza como pajarillos revoloteando: ¿Una cigüeña que no quería ataduras había abandonado a su huevo en la intemperie de la noche siguiendo los principios del amor líquido? ¿Una pequeña civilización había construido una cáscara de huevo como señuelo para vivir en paz y armonía? ¿Una gallina se había escapado y ahora vivía en la azotea? No se creerían nada de eso. Así que empecé a atar cabos, recordé que unos días antes, una tormenta torrencial casi logra que la casa salga flotando, había provocado muchos destrozos, y nadie se había atrevido a mirar por las ventanas. En realidad, eso es lo que los meteorólogos creían que creyésemos, pero la explicación era clara, había acontecido la primera tormenta de huevos, y ellos, incapaces de explicar la base científica del suceso en cuestión, habían hecho desaparecer todas las pruebas incriminatorias. Todas, menos una, el huevo de la azotea que pondría fin a la conspiración meteorológica.

 -Mamá, Ana, ¿qué tiene tanta gracia? Siempre igual.

Relato e Ilustración de Riastone

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