Palabras divinas

juan-alberto-Mis-dibujos-0534La ilustración es de Juan Alberto Hernández, a quien podéis seguir en Twitter, Instagram, y en su página web.


 

Hubo un tiempo en que pensé que mi muerte iba a servir para salvar el mundo. Ocurrió hace mucho, cuando todavía era un niño, durante el invierno más largo que recuerdo.

El frío había conquistado el lugar donde se asentaba la pequeña comunidad a la que yo pertenecía, y no manifestaba intención alguna de querer abandonarnos. Según la referencia de los años previos, a esas alturas hubiese tenido que estar ya bien entrada la estación cálida. Sin embargo, vivíamos un invierno perpetuo, y nuestras reservas de alimento empezaban a estar al límite.

Tugdual había enviado a nuestro mejor explorador, Helory, a sondear regiones más al sur. Sopesaba organizar una migración. La idea era arriesgada porque no era probable que todos los miembros de la comunidad pudiesen resistir un viaje así, tal y como estaban las cosas. Pero la alternativa también era incierta. ¿Cuánto tiempo más podríamos resistir en nuestro asentamiento actual? Resultó que Helory jamás volvió de su misión. Así que Tugdual pensó que sobrevivir a una migración se antojaba milagroso. Si Helory no había podido salir triunfante de tal desafío, nadie podría.

Los esfuerzos se concentraron entonces en la otra alternativa: apelar a los Dioses e implorar su benevolencia para con nuestro pueblo. Tugdual había depositado esa responsabilidad en Nuada Elilah, la oráculo.

Nuada era alguien especial. Nadie sabía con certeza su procedencia. Ya vivía en esas tierras desde antes de que nuestro pueblo se estableciese. Se decía que con frecuencia hablaba en sueños, con seres que el resto no podíamos ni imaginar. De alguna manera tenía acceso a ciertas parcelas de la realidad que para los demás estaban veladas. Subía cada día a una colina cercana, trabajosamente, arrastrando sus largas túnicas sobre la petrificada vegetación. Allí realizaba un silencioso y solemne ritual mediante el cual solicitaba a los Dioses la llegada de los viento cálidos. Cada vez que regresaba, algunos nos encargábamos de arroparla y tratar de que entrase en calor. Volvía muerta de frío. Pero a pesar de que cada día estaba más débil, seguía completando el ritual sin desfallecer en ningún punto del camino.

Cuando al fin Tugdual se convenció de que Helory no iba a regresar nunca, ordenó a Nuada realizar el rito dos veces al día. Pero al ver que las plegarias así realizadas tampoco surtían efecto, tomó la decisión de realizar un sacrificio ritual.

Fui seleccionado entre varios niños de nuestra comunidad. Por mi juventud, por los limpios tonos que dominaban mi piel y cabellos, y por la simetría de mis facciones. Mi familia vivió esos momentos con una mezcla de consternación y orgullo. Consternación porque la fecha de mi muerte se había vuelto inminente. Y orgullo porque mi nombre iba a pasar a la historia como el del providencial salvador de toda nuestra comunidad.

La mañana elegida era, una vez más, reiteradamente gélida. La vegetación estaba cubierta de escarcha, y yo apenas iba vestido con unas escuetas túnicas. Me habían acostado en el altar de la colina, y allí yacía esperando la llegada de la oráculo. Ella comenzó a subir. El camino, tras haber pisado el mismo terreno tantas veces, destacaba como una cicatriz sobre la pendiente. Pero esa vez Nuada no llegó hasta lo alto de la colina. Se desvió del sendero y avanzó hasta una zona en mitad de la ladera, donde aparentemente no había nada especial.

Entonces se detuvo y empezó a gritar, dirigiéndose a toda la gente que observaba desde la llanura. Pronunciaba palabras ininteligibles. Las caras de la gente, ya contraídas debido al intenso frío, se retorcían todavía más mientras escuchaban a Nuada. Nadie entendía nada. Al cabo de un rato, Nuada se marchó, buscando refugio; y lo mismo hicieron los demás, incluido yo mismo.

Imaginé que Tugdual dictaminaría algún castigo para Nuada por haber saboteado el sacrificio ritual. Pero cuando a la mañana siguiente amanecimos bajo unos generosos rayos de sol, los primeros en meses, cualquier hostilidad que alguien pudiese albergar hacia Nuada quedó barrida por la cálida brisa que nos acarició desde ese día.

Según se pudo saber después, Nuada había utilizado una lengua que se creía muerta. Un legendario idioma para comunicarse con los Dioses, y de la que solo ella conservaba conocimiento. Tugdual me nombró entonces aprendiz del oráculo. Consideraba que el saber que Nuada poseía era demasiado valioso como para perderlo. Y, dado que mi rol de salvador no había podido materializarse mediante mi muerte, la providencia me brindaba una nueva oportunidad de desempeñarlo adquiriendo las habilidades propias de un oráculo. Eso me puso incluso más contento que cuando recibí la noticia de que había sido seleccionado para el ritual de sacrificio. Pensar en la posibilidad de llegar a dominar el saber definitivo con el que protegernos de cualquier inclemencia o amenaza me emocionaba.

Sin embargo, Nuada se resistía a enseñarme el idioma divino. Decía que debía usarse con prudencia, ya que no resulta sencillo comunicar nuestros asuntos terrenales a la divinidad, y una mala elección de palabras podría enojar a los Dioses en lugar de conmoverlos. Llegué a temer que falleciese llevándose con ella el conocimiento de tan valioso idioma.

No fue hasta que vio el día de su muerte lo suficientemente cerca que Nuada comenzó a transmitirme las enseñanzas de ese lenguaje secreto. Finalmente conseguí aprender el idioma. Solo que no resultó ser un lenguaje para hablar con los Dioses. Nuada me reveló que era la lengua que hablaba la banda de bárbaros que la habían capturado siendo todavía una niña. Sus captores formaban parte de una tribu nómada de saqueadores. La habían arrastrado con ellos durante años, haciéndole pasar todo tipo de penalidades y tormentos, hasta que un día cualquiera la abandonaron a su suerte en aquella región. La providencia quiso que poco después, nuestro pueblo llegase para establecerse allí. Los abuelos de Tugdual la adoptaron como un miembro más de nuestra comunidad.

Nuada no había usado esa lengua para interpelar a los Dioses. Lo que gritó aquel día desde la ladera fueron tan solo maldiciones, improperios y reproches contra Tugdual, a quien consideraba incompetente, ignorante y completamente carente de talento y cualidades de liderazgo. Ella creía que los ritos no eran eficaces, y mucho menos los sacrificios. También se maldijo a si misma por haber alimentado esas creencias durante tanto tiempo. Estaba convencida de que el retorno de la estación cálida no tenía que ver con nada que ella hubiese hecho. Aquella intervención suya había sido simplemente un ataque de ira, y no la intercesión salvadora que muchos habíamos celebrado.

Nuada falleció pocos días después de confesarme todo aquello. Y así fue como me convertí en el nuevo oráculo.

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