Monstruito 

No recuerdo qué día anidó, pero era verano. Un verano de esos secos y aburridos, dormilones. Persianas polvorientas bajadas hasta septiembre, un aire salido de los pozos del infierno, una ciudad desierta. Y tanto tiempo libre. Fue un día cualquiera, cuando iba yo con mis mil cosas en la cabeza y nada más que hacer que llegar a casa y sobrevivir a base de agua fría y duchas a intervalos regulares. En alguna parte de mi cabeza revoloteaba la idea de un viaje, ¿y por qué no? Ya no tenía ninguna razón para no hacerlo.
Noté que algo se me revolvía en el estómago. Quizás fuera su primer mordisco. Quizás fuese solo hambre. Pero en algún momento debió ocurrir. El monstruito se instaló, se acurrucó en su nueva guarida y se quedó allí, reposando como un gato al sol, esperando su momento.
Tardamos una temporada en conocernos. Recuerdo que aquel verano su presencia se iba haciendo cada vez más obvia. Parecía salirme del ombligo y treparme por el pecho, agarrando, rasgando. No entendía qué quería. Me obligaba a retirarme a casa, luchando por respirar, sin saber muy bien por qué. Sus gruñidos sordos, bestiales, no conseguían transmitirme nada, y tenía miedo. Me esforcé por comprenderle, hasta que finalmente lo logré. En mala hora.

No había venido a comunicarse. Solo a destruir.

Me conocía. Sabía dónde morder. Tenía una voz cruel, pero sonaba sincera. Sonaba sincera incluso cuando yo sabía que estaba mintiendo. Y hablaba más alto que nadie. Ahogaba todo lo demás. Había días en que su voz era lo único que se oía, lo único que parecía real.
El monstruito no se puede matar, ni dormir, ni expulsar. No se va. Solo se esconde y espera. Parece enfurecerle mi alegría, parece que detesta los colores. Así que espera, agazapado, y ataca en las horas grises. Asoma la cabeza y se me come la vida.
Ese verano no tuvo suficiente luz para mantenerlo a raya. Demasiadas horas de soledad, de aburrimiento. Se hizo poderoso. A veces sentía que yo no era más que una cáscara vacía sin voluntad, su montura. Sus mentiras me envolvían. Y las sombras que proyectaba se extendían. Me envolvían a mí y a quien estuviese cerca. No quería dejar que sus garras tocaran a nadie. Aunque ¿quién querría acercarse a tal engendro?
 
 
¿Dónde empiezo yo y dónde acaba el monstruo?
 
 
Pasaban los días en blanco, inmóviles, y del calor a la noche, y de la noche al peso de las sábanas sudadas al amanecer, y la luz rosada se convertía en seguida en polvo seco, y solo se respiraba arena y ceniza. La piel agrietada, los ojos enrojecidos, y sueños demasiado cortos. Noches demasiado largas.
 
Me sentía desaparecer.
 
Y de pronto había pasado lo peor del verano, y la ciudad volvía a llenarse, y aparecía la actividad del principio del otoño. ¿Dónde se van mis días? Es como si nunca hubiesen existido.
Me desperté un día, preparándome para los buenos días de mi monstruito… y no ocurrió nada. Me levanté sin sus garras en el pecho. Bajé a la calle y respiré sin su aliento tenaz subiéndome por la garganta. Me permití disfrutar del sol sin sus fauces en la frente.
Tampoco volvió al día siguiente, ni al otro. Tardé en hacerme a la idea de que volvía a tener control sobre mi vida.
Empecé a planear mi viaje. Quería hacerlo todo con mi nueva energía, quería aprovechar cada segundo. Quería vivir ese verano perdido. Pero el monstruito nunca se marcha.
 
Me frenó como un cepo para osos. Me dejó así, con todo a medio hacer, el día que menos me lo esperaba. Todo iba bien. No entendía por qué, ¿por qué de entre todos los días? El día que estaba yendo bien…
En un susurro firme, sereno, me aseguró que soy y seré siempre de su propiedad.
Volvió en enredarme en su manto de agonía y a arrastrarme hacia dentro. Desde el interior de la guarida, todo está oscuro. No quería volver ahí. Me agarré a las paredes del abismo con las manos, con las uñas, y sangré cada centímetro que la bestia me arrastraba. Hasta que las sombras se hicieron tan intensas que no fui capaz de recordar la luz.

¿Y si era todo un espejismo?

Yo recordaba colores, recordaba vida ahí fuera, pero no me queda nada, ni siquiera la mísera certeza de que eso existió en algún momento.
 
Aunque existiera… ¿Y si son mis ojos los que ya no pueden ver?
 
Siguieron pasando días indiferentes. Cada semana se fundía con la siguiente como una acuarela abandonada bajo la lluvia. Días perdidos, sin recuerdos, blandos y amarillentos. Días imposibles de contar.  
 
Hasta que reviví, en algún momento de diciembre. El monstruito había bajado la guardia de nuevo.
 
Esta vez ya sabía moverme mejor. Sin gestos bruscos ni aspavientos, salí de puntillas y miré al exterior. Me encontré un mundo gris, sin vida, con los restos de alegría del verano deshaciéndose en marrones y rojizos por las aceras. Pero había color. Un color suave, pálido enfermizo… pero me acariciaba la cara y no me hacía daño.
 
Ahora camino con sigilo por no alertar al monstruito. He aprendido a vivir en sus reposos y descansos, a aprovechar cada segundo que se pasa dormido. Porque sé que cuando vuelva, bajaré la cabeza, y con la mansedumbre de las vacas, me dejaré llevar de nuevo a su guarida. No puedo perder más fuerzas en luchar contra su abrazo. Solo me queda aceptar que siempre viviré en compañía.
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Esta vez, la ilustración es también mía. Se llama «Ansiedad», y es parte de una serie de acuarelas que hice para ilustrar un juego de rol.

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