Palabra de sirena

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Arde el aire. Basta la llegada súbita del delirio estival para luchar, con renovado esfuerzo, contra el cemento y la desidia del gris descascarillado que conforman cualquier estado de encierro del alma. La vieja sabiduría de mis ancestros, la enmascarada cultura atlante, propugna un viejo ritual por el cual debemos remontar a nuestros orígenes, que no son de este mundo. Tan solo un viejo bolígrafo de tinta azul puede establecer  de enlace unificador con su verdadera naturaleza.

A partir de estudios mitográficos y comparatistas, se examina una marcada evolución de la morfología de estos seres hasta el punto de señalar una ligera línea genética que nos llevarían a experimentar que las sirenas, a día de hoy, no existen o si existieran apenas podrían diferenciarse de una mujer común. La conclusión más alentadora es que la tradición de sirena  se encuentra en un estado de imperceptibilidad acuciante.

Para ello, se ha considerado necesario acudir a manuscritos sagrados (Bestiario de Cambridge, Liber monstruorum diversis generibus, Livre du Tresor,…) para testimoniar a lo largo de los siglos los estados en que una sirena ha convivido entre los sustratos sociales con el fin de localizar apartados que nos permitan de nuevo recurrir a su amnistía como pez-mujer y liberarlas al fin de las cadenas que la atan a una vida de servidumbre y amnesia emocional.

Una sirena está ligada de una forma indeleble al mar, eso unido a su capacidad de gorgoritear a todas horas, el mal uso de esta habilidad no la exime de ser una de ellas, la capacidad de tropezar en los terrenos más llanos y/o la tenencia de piernas largas como una noche de insomnio conforman el retrato robot que ni un solo tritón se pasaría por alto.

Sin malgastar un instante, hay que iniciar la tarea de recuperar las escamas perdidas nada más comenzar el solsticio de verano para que el sortilegio ocurra en su máximo apogeo. La primera operación se reduce a desnudarse completamente y moverse por toda la habitación como espantando a manotazos a la muerte. Si no se suda, hay que poner en práctica cualquier otra acción transitoria que la ayude a rezumar su jugo. Es seguro que si sale al balcón a buscar un par de rayos de sol algún vecino aullará con la mirada pero tanto el viento como el sol harán bien por su estado de humidificación.

Después del digno sepelio de todas sus vergüenzas puede comenzar la excitante tarea de dibujar, una por una, las escamas que habrían de formar parte de su nueva cola de pez. No desespere si no le salen bien uniformes de primeras, no van a ponerle nota por ello, tan solo asegúrese de que la tinta penetra bien entre los surcos de su piel.

Apenas empiece a dibujar las nuevas escamas empezará a florecer en usted el deseo de sumergirse en nuevos mares de letras y sal, reencontrarse con los buques hundidos de su eterna infancia y capturar por un instante el sortilegio embriagador del sonido de las olas.

Con mucha frecuencia tendremos la impresión de haber llegado al término de la tarea, porque a medida que ríos de azul empiecen a sustituir al gris sucio sobre nuestra piel el deseo de lanzarse al mar será mucho más vertiginoso y exigente. Procure tener en este estadio un poco de agua salada cerca, le vale un vaso con un par de cucharadas, para introducir un par de dedos y suavizar los efectos.

Pero antes de eso, y quizá mucho antes, por ejemplo con un par de meses de antelación a llevar a cabo el susodicho ritual de morfosirenización, ubique un buen arrecife de coral, o una lustrosa fosa en las marianas para no acabar sus días apoltronando su plateado trasero en las encarceladoras aguas cloradas de una urbanización cualquiera donde su quintaesencia de sirena no pasará de semejarse a un pez payaso de acuario. Para ser libre hay que ser diametralmente salvaje.

Este extracto sacado de las entrañas del océano a supuesto, a científicos y estudiosos de todo el mundo, una renovadora mirada al mar como foco de un misterio aún velado y una romántica sensación de que la vida más inteligente está allá abajo y ni intenta, ni quiere, rivalizar con la alocada carrera del hombre por encontrar un sentido a su existencia en la contemplación de las estrellas.

Esta refrescante e inspiradora ilustración pertenece a Puralínea Arte

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