Globos

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Globos

Mauro levanta la vista y mira al cielo. Rememora aquel fatídico día en el que se quedó sin globos. El infausto recuerdo de una soleada mañana de domingo, veinticinco años atrás, se aferraba como una garrapata a la memoria de Mauro y a la de sus otros cuatro vecinos. Ellos eran ahora los únicos que quedaban en el pueblo. Aquella mañana de hace un cuarto de siglo lo había cambiado todo.

Mauro se ganaba la vida como vendedor ambulante. Cada domingo empujaba su carro hasta la plaza del pueblo, un precioso carro repleto de infinidad de artículos colocados con esmerado tino,  y se sacaba una buena parte de su sustento de la semana. La plaza bullía aquella mañana. Era día de feria. Todo el pueblo se congregaba allí. Niños y niñas inquietos, gritando y correteando por cada esquina, familias de paseo, señores veteranos leyendo el dominical, parejas enamorándose o simplemente pasando el rato, e incluso visitantes de algún pueblo cercano, atraídos por el encanto de la feria. Cuando Mauro aparcaba su quiosco ambulante en la plaza, no tenía que esperar mucho tiempo para verse rodeado de niños, que acudían como hechizados. Se acercaban al quiosco arrastrando a sus padres insistentemente, con la mirada fija en alguna chuchería, o en algún juguete; pero sobre todo en los globos. Era un reclamo irresistible. Un exuberante racimo de globos multicolor, tan denso y poblado que proyectaba una agradecida sombra sobre la plaza.

El niño que alcanzó el primer puesto en la cola del quiosco pidió, con sonrisa triunfante, un globo amarillo como el sol. Mauro desató uno y se lo entregó. Mientras el padre del muchacho rebuscaba unas monedas en sus bolsillos, el niño avanzó hacia el centro de la plaza presumiendo de su flamante adquisición. Quién sabe si fue el inusitado calor que hacía aquel día, que bien pudo provocar que el gas contenido en el globo se expandiese, empujando con más fuerza hacia arriba. O quizá simplemente fue que el infante en cuestión no había tomado un desayuno demasiado contundente esa mañana. El caso es que el niño, sin soltar su globo, se despegó del suelo y comenzó a ascender. Cuando se dieron cuenta en la plaza de lo que estaba sucediendo, el chico ya se encontraba más cerca del cielo que del suelo. Su padre trató de encaramarse de manera desesperada a lo alto de una farola, pero enseguida evidenció que no se trataba de la clase de padre heroico capaz de rescatar a su hijo de situaciones complicadas. Unos vecinos tuvieron que ayudarle a levantarse del suelo tras resbalar mientras intentaba trepar por el poste de la farola.

Alguien sugirió que disparar al globo era la mejor solución. Incluso llegó a coger un rifle de aire comprimido de una de las barracas de la feria y apuntar hacia el cielo, antes de que un grupo de personas se abalanzase sobre él impidiéndole llevar a cabo su inteligente plan. El campanero tuvo la idea de subir al campanario de la Iglesia y tratar de pescar al muchacho desde allí. Pero el viento empujó el globo en otra dirección, y no fue posible echarle el lazo.

La gente en la plaza se quedó mirando hacia arriba, estupefacta. La figura del niño se perdió en las alturas, fundiéndose con el brillo intenso del sol. El silencio general, solo interrumpido por los sollozos del padre no heroico, dio paso súbitamente a un griterío de alarma. Por encima de sus cabezas estaban pasando todos los niños, cada uno agarrado a un globo, volando en dirección al sol. El quiosco de Mauro había quedado desguarnecido durante el ascenso del primer niño, y los demás, queriendo emular el vuelo de su compañero, habían aprovechado la oportunidad para hacerse con un globo cada uno.

Nada se pudo hacer, nadie lo vio venir. En la plaza se quedaron los padres, desolados, incapaces de asimilar que sus hijos se dirigían hacia un incierto futuro. El alcalde, preocupado, con razón, porque el inesperado éxodo fuese a suponer una herida de muerte para su pueblo. Una profesora derramaba una lágrima al percatarse de que su trabajo en el pueblo había dejado de tener sentido.

Con el tiempo, algunos de esos niños, no tan niños ya, volvían al pueblo. Por vacaciones, o simplemente de visita. Cada vez que venían se encontraban con que en el pueblo quedaba cada vez menos gente. Su presencia alegraba durante unos días el ambiente. Llegaban desde otras provincias, o incluso desde el extranjero. Algunos trabajaban en hospitales, oficinas, otros eran carpinteros, bailarines… Pero cuando esas visitas terminaban, el silencio volvía a caer sobre el pueblo. Unos se iban en sus coches, motocicletas, otros en tren o en autobús. Pero en esos días de despedida, Mauro siempre levantaba la vista y miraba al cielo.

 

El arte es de José Luis Montes, a quién podéis seguir en su web, en Facebook, o en Instagram.

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