La gran aventura de las proto-ranas

Mi hermana y yo hacía meses que no pasábamos tiempo juntas como cuando éramos niñas. Pero el fin del mundo nos reunió de nuevo. Aprovechando la situación y el exceso de tiempo, puesto que este había decidido pararse, decidimos salir a descubrir el mundo que ya conocíamos. Así que cada día cuando estaba a punto de atardecer, nos poníamos las chaquetas y las botas de agua y directas a investigar aquellos rincones que parecían ahora extraños a nuestras retinas. Es curioso como de repente, nos dimos cuenta de que había calles por las que nunca habíamos paseado, casas encantadas que nunca habían llamado nuestra atención, parques escondidos cuyo encanto se había desvanecido al desaparecer la gente. Nómadas hasta el toque de queda, mirábamos la realidad con ojos nuevos y sonrisas bobas. Hasta el detalle más ínfimo resultaba motivo de celebración. Tal era nuestra suerte, que cada viaje al exterior suponía una aventura, o al menos el déficit de épica durante el resto de día, nos hacía creer que así era.

En una de nuestras misiones libres de pandemia, decidimos tomar un camino nunca transitado por nuestros pies. La senda eligida, estaba repleta de una gran cantidad de vegetación que superaba con creces nuestra altura. Los colores de las flores resaltaban entre tanto verde e incrementaban la belleza del paseo. De repente, nos topamos con un obstáculo que nos impidió seguir con nuestra aventura de tres al cuarto. Un charco del tamaño de una piscina olímpica bloqueaba el paso. Mi hermana habiendo evitado la herencia miope de mi padre, se percató de que no estábamos solas. En el agua, cientos de puntos negros se movían como epilépticos en la última película de Star Wars. Un grito silenció todos mis pensamientos, mi hermana estaba a mi lado saltando cual conejo, celebrando que habíamos encontrado renacuajos y que ahora éramos las responsables de su existencia. Vació la botella de agua y se llevó unos cuantos a casa, donde les montó el mayor palacio que un anfibio podría desear. Aunque mis padres se mostraron reacios en un primer momento, cuando vieron a los pequeños renacuajos aplaudir la llegada a su nueva mansión, no pudieron evitar sentirse embelesados por la presencia de esos seres nacidos del barro y las lluvias torrenciales.

Los días pasaban y nuestra paciencia se agotaba. Queríamos vernos sorprendidas por los cambios secuenciales de esas proto-ranas, pero no sabíamos que la metamorfosis es un proceso que dura meses. Defendiendo a los renacuajos a capa y espada contra todo tipo de amenazas, se nos olvidó la más peligrosa de todas ellas, la lluvia. Días más tarde, tras una noche de tormenta, al amanecer, nos dimos cuenta de que su habitáculo no podía soportar todo el volumen de agua que las nubes habían regalado a modo de ofrenda. Bajamos las escaleras de tres en tres y al abrir la puerta, nuestros ojos dieron la vuelta y volvieron a sus respectivas cuencas. No podíamos cerrar la boca de la sorpresa que supuso encontrarnos a un sapo del tamaño de un elefante en el dintel de la puerta. Los pequeños renacuajos habían mutado en la noche de tormenta y habían absorbido los llantos del cielo. No sabíamos si llorar o reír. Por suerte, no solamente había aumentado su tamaño, también su inteligencia, eran sapos refinados y con grandes temas de conversación, elocuentes y muy perspicaces. Así que, después de quedarse largas temporadas en el jardín, se marcharon a crear su propia civilización aprovechando las restricciones de la pandemia. Desde entonces, en las noches de tormenta, duermo siempre al raso, esperando que mi suerte sea la misma.

Relato e ilustración de Riastone.

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