La edad de piedra

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Nadie supo nunca dónde iba cada noche mi abuelo. Si me pedís opinión, yo supongo que nadie preguntó jamás. Pero el otro día me encontraba lo suficientemente ebrio como para quedarme dormido en el desván. Al despertar con vergüenza y sin ropa, preposiciones que se podían invertir la noche previa, me topé con una caja de madera un tanto curiosa. No sé si fue la resaca que me nubló el poco juicio que me quedaba, que decidí salir del desván desnudo tapándome mis más sagradas intimidades con la cajita mágica, como si esta me concediera el don de la invisibilidad. Tantas neuronas me había matado el alcohol que me había tomado excesivas molestias para no ser visto olvidándome que vivía solo. Tras darme cuenta de mi pequeña humillación, me centré en la caja. Me senté en el borde de la cama, me puse el pantalón de pijama más hortera posible para no romper la coherencia de mis actos hasta ese momento y me dispuse a abrirla.

Como Pandora cuando abrió la caja de los dioses, temía que mi tonta curiosidad de domingo despertara todos los males de este mundo. Pero nadie puede ir en contra de su propia naturaleza, así que primero soplé con fuerza para quitar el polvo que cubría la tapa y la entreabrí.

 

Pocos pueden imaginarse la de cosas que había en ese artilugio de madera, era un receptáculo de intimidad, de hecho no de una intimidad cualquiera sinó de la de alguien muy cercano a mí. No sé cómo había terminado en mi desván, pero contenía el secreto que con tanto cuidado mi abuelo había guardado durante toda su vida. Había dibujos, fotografías, libros y todas desvelaban, dónde iba cada noche sin falta aquel desconocido tan conocido, marido, padre de cinco hijas, abuelo. Frotándome los ojos no podía creer nada de lo que estaba viendo, empecé a preguntarme si seguía alcoholizado, si se me había cruzado alguna idea obsesivo- paranoica, si estaba ante un trastorno delirante… para aliviar mi ansiedad tomé un trago de la cerveza sin gas de mi mesilla de noche que ni siquiera recordaba cuando había sido abierta. Pues bien, para que salgan de dudas, ni mi abuelo era un ludópata, ni se iba de bares, ni tenía amantes, ni era espía secreto, mi abuelo era existencialista. Cada noche se acercaba al monte donde solíamos pasear los domingos en familia, y desde la parte más alta contemplaba la ciudad, llevando a cuestas todas sus preocupaciones, sus dudas, sus emociones, como quien saca a pasear una piedra. Una vez allí, respiraba, dibujaba, sentía su plenitud y luego volvía a bajar con la misma piedra. Así, día tras día. Aceptando la sublimación de su existencia sin dejarme una herencia de deudas, ni primos por todo el país. En definitiva mi abuelo era Sísifo, y lo digo con carga de prueba. Detrás de una foto encontré la siguiente cita:

 

“Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo, el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos. En el universo súbitamente devuelto a su silencio se elevan las mil voces maravilladas de la tierra” – A.Camus – El Mito de Sísifo.

 

Joder Abuelo, suerte que no eras espía secreto, la caja bajo llave.

 

 

 

Relato de Riastone e ilustración e LazloKovacks.

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