El reloj astronómico


La ilustración es de Lara Herrera

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El reloj astronómico de Praga volvía a funcionar.

A los pies de la casa consistorial, un mendigo pedía limosna con la única mano que tenía. El manco andaba encogido, en parte para conservar el calor corporal, en parte para ocultar el muñón y en parte por temor a los ecos del reloj reparado. Las personas deambulaban después de la diatriba dominical del párroco. Con suerte, las amenazas divinas les habrían ablandado el corazón lo suficiente para deshacerse de algunas monedas.

Entre el gentío, el otoño. Una bella mujer de altos pómulos y andar pausado lo miraba con una sonrisa sin atisbo de congoja empática. Con un leve gesto, le invitó a seguirla. Lo curioso es que deshizo el camino que él mismo hacía para llegar a su hogar.

Abrió la puerta con confianza mientras el tullido la seguía a una distancia prudencial. Temía un castigo postergado para asegurarse de que el reloj astronómico siguiera funcionando, para que el tiempo jamás se volviera a detener. Cuando se atrevió a asomarse por la puerta, vio a la mujer agachada junto a su maestro. Cogía la mano de Hanuš con ternura, con arrullos ininteligibles desde la distancia. El anciano miraba hacia algún punto indeterminado mientras escuchaba pues de nada le serviría intentan contemplar a la dama: sus ojos habían sido inutilizados.

La casa era estrecha y de techo bajo, pero había un orden marcial. El fuego caldeaba la estancia con fervor reflejando las llamas en un reloj perfectamente desmontado y ordenado sobre la mesa. Jakub entro en la casa, dándole privacidad al anciano y a la recién llegada. Su maestro todavía no había tocado el reloj y dudaba que lo hiciera. Hanuš se había visto privado de la vista con una edad ya avanzada, y la advertencia había sido suficiente para no volver a tocar un reloj en lo que le restaba de vida. Escuchó una risa prolongada.

Jakub se giró casi asustado, viendo a su cegado maestro riéndose a carcajada viva. Incluso antes de perder la vista, no lo había visto nunca reírse así. Vio que la mujer le miraba, satisfecha. Se acercó calmada y solo susurró un “tranquilo”, la Sanguijuela de Praga le mordió con fuerza en el cuello mientras su maestro sonreía con la mirada lechosa. Antes de perder la conciencia, vio a Hanuš levantándose torpemente, invitando a la dama a morderle. Todo se volvió negro.

Recordó el día en el que su maestro había terminado el reloj astronómico. Había necesitado de su ayuda con las partes más complejas, pero no pudo dejar de mirar la calidad del trabajo del anciano Hanuš que solo podía adquirirse con veteranía. Los ediles del ayuntamiento hincharon sus papadas de orgullo y llenaron la estancia llena de delicados engranajes con el humo de puros de celebración. Cogieron al experimentado relojero de los hombros y vertieron algo en sus ojos antes de que Jakub pudiera reaccionar: había hecho un trabajo tan excelente que no podían arriesgarse a que se superara en el futuro. El aprendiz solo pudo reaccionar de manera visceral, trabando los engranajes con su propia mano derecha, tiñéndolo todo de carmín y polvo de hueso. Lamentarían aquella injusticia.

Notó unos golpes en el hombro y un sonriente Hanuš le recibió con una mirada azul. Para despegarse se frotó las manos por la cara para hacer tiempo e intentar entender qué había ocurrido. La dama del vestido color otoño ya no estaba.  Miró con extrañeza a los ojos funcionales de su maestro y luego se sobresaltó al encontrarse con ambas manos. Ambos rieron y se abrazaron por primera vez en su historia.

Aquella noche, Hanuš y Jakub hicieron una visita a los ediles. La carnicería salvaje manchó las paredes de la casa consistorial y la historia del reloj astronómico. Iluminada solo por candiles, el otoño los miraba complacida. La sanguijuela de Praga se deshizo en mariposas de sangre para continuar su eterno camino.

Ellos habían construido un reloj y lo habían inutilizado, ella les detuvo el tiempo para siempre.

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