Avaricia

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Hay algo bastante desagradable en enterrar un corazón. No en el acto en sí, pues todos acabamos haciéndolo tarde o temprano, hablo más de esa mezcla de tierra, sangre limpia y sangre sucia. Se forma un emplaste que atrapa tus dedos y te inhabilita la capacidad de manipular cualquier cosa. Hay algunos que son de usar guantes, pero se pierde mucho regusto visceral.

 

Cuando enterré mi propio corazón lo hice a mano desnuda. Sacarlo de la cavidad torácica es bastante aparatoso, tienes que quebrar algunas costillas y me disloqué la muñeca al buscar en mi pecho. Las arterias son muy elásticas y, cuando asoma el órgano, suelen acompañarlo. Tuve que morder para poder soltarlo y sentí como luchaba con sus últimos latidos. Notaba la boca caliente, los antebrazos pringosos, las piernas me fallaban y el pecho se me enfriaba. Tenía que darme prisa.

 

El agujero no tenía que ser muy profundo, solo lo justo para que estuviera protegido de la luz y que una lluvia persistente no lo descubriera. Ahí es cuando viene la incomodidad y el incordio del que os hablaba. Pero supongo que solo es una minucia.

 

Con el trabajo terminado, volví a mi lugar habitual. Esperé sentado, mientras la sangre se secaba, esperanzado en que enraizaría. Notaba el enorme hueco en mi interior, pasaría en cualquier momento. No podía parar de dar pequeños golpes con el pie izquierdo mientras apoyaba los codos en mis rodillas. Se estaba apagando, ¿qué había hecho mal? ¿Quizá no fui lo suficientemente rápido? Me levanté tan rápido que me tuve que apoyar en una pared. No podía aguantar la espera y, si algo salía mal, sabía que no quería que me trasladaran con ese aspecto de mierda. Una ducha me sentaría bien y quizá así vería las cosas de otra forma.

 

Me puse mi ropa más cómoda. La herida del pecho había sanado bastante bien y ya no rezumaba nada que pudiera ponerme perdido. Me volví a sentar, fingiendo calma, me encendí un cigarro. En cualquier momento, podían faltar segundos. Podría hacerme una cafetera para dispensármela en pequeñas dosis de insomnio, pero no podía dejar de mirar aquel minúsculo lugar donde mi corazón extendía infértiles cofias y axones. Es curioso que, siendo un corazón, desarrollara partes de planta y del sistema nervioso. Pero hay que tener en cuenta que primero necesita agua y sentir.

Y… no… sentimos… con… el… corazón.

Dejó de latir en ese preciso instante.

 

No lloré, había dejado también eso de llorar. Solo bajé la mirada y me preparé para pasar una temporada sin corazón. Volvería a crecer y lo volvería a intentar. Quizá había sido demasiado ambicioso en este proyecto y un escritor como yo no conoce sus propios límites. Quizá sería mejor ser avaricioso y guardarse todas esas semillas de mundos extraños dentro de mí. Pero claro, pensar sin corazón no es algo fácil. Volvería a sentir la molestia y volvería a sonreír con desdén ante el nuevo reto. No lo podría evitar.


La ilustración es de Zoraida Zaro

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