El despertar de la Gorgona

 

gorgona

Llevaba más de diez años investigando misterios y sucesos paranormales para una revista de tirada nacional. Mi trabajo consistía en indagar más allá de lo superficial, rascar a fondo hasta descubrir si estaba frente a algo real o ante uno más de entre tantos fraudes.

En la última década había visto supuestas comunicaciones secretas grabadas con equipos caseros, adivinos que amañaban apuestas para estafar a posibles clientes, e incluso, un viajero del tiempo que aseguraba que el Papa era en realidad un extraterrestre enviado para someternos.

Tengo claro que siempre ha habido tarados dispuestos a lo que sea con tal de tener un hueco en el papel. Aunque también he de admitir que he visto cosas que sigo sin poder explicar.

Cuando me llamaron de la redacción todo apuntaba a un crimen de tipo satánico. Dos chicas jóvenes de dudoso oficio, cortes en los vientres, manos atadas en cruz, ojos vendados y cierta parafernalia. Es verdad que no hice demasiado caso a los símbolos concretos y hoy en día la policía ya no te deja fisgonear demasiado. El jefe siempre contaba que antes era más sencillo:

-En los años cincuenta íbamos de la mano de los polis, Romina – repetía una y otra vez – nos pedían ayuda ¿entiendes?, ayuda, y no como ahora, que solo les falta detenernos, ¿qué demonios ha pasado?

Treinta años le decía yo. Y muchos escándalos y muchos dedos metidos en los ojos. Está bien que de vez en cuando se cuestionen decisiones policiales, pero si se convierte en un hábito, está claro que te ganarás su enemistad. Por eso nos repudiaron. Y eso me dejó con dos fotos de las chicas y un montón de acertijos por resolver. Me centré en los tópicos. Dos muchachas ofrecidas a algún demonio. Podría ser para venerarlo o para invocarlo. Daba un poco igual la verdad. Llevo metida en este mundillo el tiempo suficiente para saber que no sirve de nada intentar traer al demonio desde ningún sitio. Ya hay demasiados demonios pululando por ahí.

Escribí un borrador y se lo enseñé al jefe. Me pidió que le diese un toque algo más melodrámatico, más intenso:

-¡Coño Romina! Acaban de matar a dos chiquillas en un ritual y parece que hablas de un partido de fútbol. Dale un poco más de fuerza que sé que puedes hacerlo – refunfuñó sin ni siquiera mirarme a la cara – busca algo sobre las letras esas.

-¿Letras, qué letras jefe? – respondí algo perpleja.

-Ves como estás que no te enteras, lo que hay al lado de las chicas. Debe ser un alfabeto raro.

Mierda. Griego antiguo, era griego antiguo. Debo admitir que estaba muy despistada desde hacía meses.

Mientras conseguía que alguien descifrase aquellas letras para mi, fui al lugar en el que trabajaban las chicas. Hasta ese momento ni siquiera sabía que habían llegado al país ese tipo de sitios. Un escenario, una barra vertical que descendía del techo y una chica, ligera de ropa, que daba vueltas a la barra y se iba quitando las pocas prendas que le quedaban.

Sé que todos estábamos viviendo una nueva época de libertades sexuales y todo eso, pero aún así no me atrevería a confesar que me quedé prendada nada más verla. Puede que fueran sus pechos, sus labios o los tatuajes de serpientes que recorrían su brazo izquierdo. Solo aquella forma de moverse me hacía replantearme mi vida entera. Me hubiera quedado un siglo mirando pero pude contenerme.

Hablé con el dueño, pregunté por las chicas y me invitó a marcharme de manera poco amable. Sé cuando el ambiente juega en contra, así que preferí salir de allí y volver un par de días más tarde a ver si se habían calmado las cosas.

Jaime, el buen hombre del archivo, toda una eminencia en mitología clásica y uno de los tipos más peculiares que he conocido nunca, me pasó la frase:

θάνατος Ποσειδῶν

Significaba “Muerte a Poseidón” y no tenía ni el más mínimo sentido para mi:

-Proviene de un culto a las Gorgonas – dijo Jaime subiéndose las gafas y con media sonrisa resabiada – Poseidón violó a una doncella a la que consideraba más bella que las Diosas. Por ello, Atenea, convirtió a aquella mujer en Medusa, una de las Gorgonas, y desde entonces, siempre que mirase a alguien lo convertiría en piedra.

-¿Un culto que llega hasta aquí, a nuestros días?

-Parece mentira – dijo Jaime antes de soltar una carcajada – ya sabes que de locos está el mundo lleno.

Tenía razón. Así que volví a aquel local movida por un doble impulso, quería saber si alguien sabía algo de un culto de hacía dos mil quinientos años y también quería verla bailar de nuevo.

El dueño resultó algo más amable esta vez, sobre todo cuando le entregué un par de billetes. No sabía mucho del tema:

-Llegaron hace un par de semanas, eran de fuera y apenas las entendía. Me dijeron que querían bailar, las miré bien y bueno – trató de buscar palabras que no me ofendiesen – ya sabes, podían valer.

-¿Y llegaron solas?

-No, vinieron con ella – dijo mientras hacía un gesto con la cabeza hacia el escenario.

Allí estaba de nuevo.

-¿Puedo hablar con ella? – dije deshaciendo un nudo en la garganta.

-Como quieras, pero no la molestes mucho, ahora mismo es mi mejor chica. Todos esos indeseables se quedan de piedra mirándola.

Esperé a que acabase su número convertida en uno más. Era imposible dejar de mirar, podías intentarlo con todas tus fuerzas, tratar de pensar en otra cosa, pero aquel vaivén, la luz reflejada en su piel, era demasiado perfecta.

La abordé cuando se bajó del escenario, me sonrió y me pidió que la acompañase al camerino para tener más intimidad. Me ruboricé al pensar en la idea de estar en un sitio íntimo con ella:

-Vinieron para acompañarme – respondió cuando le pregunté por las chicas.

-¿Acompañarte?

-Sí, se puede decir que eran mis sirvientas. Debían cumplir mi mandato. Su sangre me permitiría despertar al fin. Queda tanto por hacer todavía.

En ese momento se giró y creí que mis ojos me estaban traicionando. Su pelo rizo se había convertido en una maraña de serpientes. Su piel se había oscurecido y tenía un tono verduzco. Sus labios eran rojos como la sangre y a través de ellos se intuían dos colmillos. Tenía los ojos cerrados y aún así podía ver un fulgor violáceo que salía de ellos.

No supe qué hacer. Se acercó y me acarició una mejilla, su tacto era cálido, casi quemaba:

-He visto cómo me mirabas al bailar – me susurró en un oído y todo mi cuerpo se estremeció – pero no puedo dejar que lo arruines ahora.

Me besó, sus labios humedecieron los míos, nuestras lenguas se tocaron tímidas y por un instante me sentí muy, muy, muy lejos de allí.

Y abrió los ojos. La había visto solo dos veces, cada gesto me dejaba paralizada y ahora una mirada suya bastaba para encerrarme en piedra para siempre.

Así fue, toda la eternidad para recordar aquella manera de bailar.

Arte de: Sefa Guerrero.

Podéis ver su obra en: http://sefaguerrero.wordpress.com/

y también en: https://www.facebook.com/Sefaguerrero

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