La dirección de las nubes

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Dicen que el tocón de madera lo trajo Zacarías, guerrero cruzado que sintió las ascuas en la lengua y lo dejó sin habla. Dicen que lo talló un viejo carpintero al que rodeaban los grillos del que no se recuerda su nombre. Dicen que tras terminar su obra, dejó a su creación colgada, colgó un cuadro, colgó su camisa en el perchero y colgó su propio cuerpo en la viga más robusta de su casa. Dicen que como Zacarías no podía hablar, infundió el habla en el tocón; y que como el viejo carpintero no podía vivir, impregnó al tocón de vida. Claro que esto es lo que dicen, y esto no deja de ser una ficción difícilmente creíble.

Pero creedme cuando os digo que es horrible encontrarse a uno mismo colgado por cables invisibles que te atraviesan en diferentes partes del cuerpo, sentir el serrín bailando por tus rojas y que tus ojos, que solo están pintados, no sirven para pestañear. Supongo que fue como todo nacimiento: extraño, terrorífico y desubicador.

Pasó parte de su primer día intentando comprender, pero sobre todo, comprenderse. ¿Cómo averigua alguien su propia existencia? ¿Cómo se sentiría la primera forma de vida? Miró, intentó gesticular y escuchó. Se oía la brisa junto a la pared de la que estaba colgado, los ratones bajo las tablas del suelo y el crujido de la cuerda tensa en la viga más robusta de la casa. Aprendió de sus falsas articulaciones y tensó su inexistentes músculos, consiguió balancease de manera bastante triste para desistir enseguida; evitaré la comparativa porque el narrador adolece de un gusto exquisito.

Parecía condenado a una eternidad contemplativa y llena de dudas, pero con el amanecer llegó una ayuda inesperada. Un pelotón de hormigas se coló por el resquicio de la ventana y comenzó a organizar lo que parecía un rescate premeditado. Mordieron los hilos de pesca para soltarlo de su presa, y sintió como la tensión desparecía y su cuerpo quedaba a merced de la gravedad hasta que cayó al suelo con un sonido sordo, como un monigote destartalado.

Desde su posición, vio como las hormigas comenzaban a rodearle, tanteando con las pinzas de su boca y, entre todo el pelotón, lo levantaron en volandas para sacarlo al exterior. Desde esa posición, quedó cegado por la luz del día y toda su atención se centró en las perezosas nubes viajeras. No sabía dónde le llevaban, pero hacía bastante tiempo que poco le importaba.

La travesía le valió al juguete para deducir la dirección de cada nube en el cielo, pero el viaje cesó con la misma inesperada premura con la que empezó. Hacía tiempo que había desistido de valerse otra vez de sus falsas articulaciones y sus músculos inexistentes, y allí  esperó a que volviera la noche.

La noche trajo el rumor de otras criaturas, las termitas casi lo recibieron con más emoción que las hormigas. El juguete viviente sirvió de comida para todo un nido y como pago del alquiler de las hormigas. Si algo podemos deducir de este cuento es que un mudo y un suicida pueden ser padres, que el que nace triste, muere en silencio y que todos se intentarán aprovechar de ti, incluido el tuétano. Y con todo esto, este narrador, que tantísimo adolece de buen gusto, solo pretende meteros el miedo en el cuerpo para que no os quedéis colgados y mucho menos os dejéis comer vivos, porque está feo.

Arte de: Gema Segundo
Puedes ver más AQUI

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