La niña del diente torcido

juliette web

 

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Por las mañanas dormía, por las tardes se recogía su pelo de lana en un moño dejando libre al aladar y por las noches entristecía. Se movía siempre despacio y hablaba bajito para que no la descubrieran, pero en las raras veces que sonreía, siempre achinaba los ojos y sus labios desaparecían dejando ver su diente torcido. Más que torcido parecía recostado tranquilamente contra viento y marea…cuando a todos los dientes les dieron la clase magistral de verticalidad, él fue creativo.

Su pasión era tejer y tener miedo. Lo que no sabía era que cuanto más cosía, más se descosía, los descosidos eran “descosturas incosturables”. Tenía un agujero tan grande como el mundo y ella era tan pequeña que habría cabido en mi bolsillo. Hubo un día que encontró el hilo que llevaba directo al corazón y tiró…y dolió, pero tiró.

Nunca quiso, ni supo ni entendió el amor, pero de vez en cuando tiraba del hilo de su corazón para recordarse con dolor que existía. Se escondía en bolsillos y siempre, a media tarde, recogía su pelo de lana.

Un muchacho con disfraz de hombre, que no entendía ni de hilos ni de dientes despistados, tuvo la desfachatez de preguntarle por la hora, por el tiempo y por el amor. Ella lo miró de perfil, sin sonreír y con los labios sellados, llevaba su ovillo de pelo de media tarde a punto de entristecer de nocturnidad, y llevaba un medio kimono, medio cárdigan, medio chaleco… no sabría calificarlo, pero ella lo llamaba “la cosa abrigosa”. El niño disfrazado de anciano vio como hilos caían desperdigados desde su ombligo, como gotas rugosas y densas.

El bebé disfrazado de cadáver sonrío, se ató la chaqueta, se ató un cordón de una zapatilla y le ató el cuerpo al corazón. Ella notó el dolor en todas las fibras de lana de su cuerpo. Pero su pasión era tejer y tener miedo, así que tejió sus piernas, sus caderas con salientes y sus dedos meñiques del pie y luego tuvo miedo. El espermatozoide disfrazado de ceniza se encontraba lejos cuando ella lo fue a buscar, con la chaqueta y las zapatillas atadas uno gana velocidad. Ella tuvo miedo de encontrárselo y de perderlo, tuvo miedo de abrazarlo y de soltarlo, tuvo miedo de caer y de levantarse, tuvo miedo de ella y de él.

Pero la niña del diente torcido nunca entendió que el chico sin disfrazar, le había cosido el corazón al cuerpo con su propio corazón. Solo supo que por las mañanas dormía, por las tardes se recogía su pelo de lana en un moño dejando libre al aladar y por las noches entristecía, pero solo a veces.

 

Arte de: Naranjalidad

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