Las voluptuosidades del mal

La ilustración es de Caro Waro
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Las mentiras son como las flores. Dulces mentiras decoran las tumbas y los jardines de muchos de nosotros. Sus raíces se hunden profundas y fuertes en la tierra llena a rebosar de excrementos y cadáveres. Si me dieran a elegir, decoraría cada parcela que me rodea con la frondosidad de los geranios perfumados y de delicadas madreselva. Colocaría las aburridas margaritas entre los dientes de león y reservaría un lugar para las esplendorosas begonias. Me rodearía de un breve pasto de gramíneas con la firme intención de provocarme una alergia de espanto, de ojos inflamados y nariz taponada. Aspiraría sus embriagadores aromas y cerraría los ojos, dejándome llevar por los engaños más sencillos y naturales.

Las mentiras proliferan en los lugares húmedos y necesitan regodearse bajo el calor tierno del sol. Los días áridos nunca les vienen bien. Para poder desarrollarse necesitan la paz placentera de una incipiente primavera hasta conseguir llegar a la perfección en el verano, su cenit tórrido. Las mentiras tienen las patas muy cortas porque no necesitan correr, están frente a nosotros, expuestas y sin dobleces. Son mentiras y lo aceptan, pero su aroma es tan cautivador que nos fascinan y embotan. Las mentiras a veces germinan en nuestros dedos, agarrados a nuestras yemas. Nos obligan a señalar para conjurar el ancestral hechizo de deshacernos de nuestra culpa y echársela a los demás. Yo soy yo y mis circunstancias. Eres un egoísta. No me di cuenta ¿He sido yo? Te quiero, pero…

En ese jardín imaginario de mentiras, plantaría un árbol frutal. Acunaría la semilla en mi vientre y la dejaría alimentarse de mi cuerpo. Crecería hasta asomar sus hojas por mi comisura y, sus frutos faltos de virtud, se llenarían con mi sangre. Tersos, de un rojo ambarino y de un exquisito amargor. Sería el tiesto de mi propia vileza. Pasearía este pecado a ojos vista, sin esconderlo ni disimularlo. Mostraría los jugosos frutos prohibidos de lo que me convierte en humano, de lo que me hace imperfecto y desechable. Podría mostrarlos pero jamás probarlos.

Las mentiras no son como un espejo. ¿Quién eres? Te pregunta el espejo en silencio. Solo te muestra tu reflejo completamente girado, lo que podría parecer una mentira pero no lo es. Nunca has podido ver realmente tu rostro auténtico, pero si el de los demás. Esto nos permite juzgar al resto con rudeza, sin compasión y con la claridad de un vidente. El espejo decide que es mejor esconderte en la imagen reflejada, en la imagen soñada, en la persona rebosante de mentiras que eres. Pero solo te esconde, un espejo es incapaz de mentir.

Las mentiras si que son como un espejo roto. Los pétalos afilados de sus esquirlas tienen un aroma diferente a las flores pero tienen un aroma también. Si rompes un espejo tendrás siete años de mala suerte porque son siete años lo que tarda en regenerarse una mentira y que vuelva a funcionar. Tu rostro verdadero atravesará el espejo, ajeno a tus mentiras, y contemplará con estupor la aborrecible verdad que escondes. No eres tan divertido. No eres tan especial. No eres tan feliz. No eres. La mentira de la inseguridad. La verdad corrupta.

El espejo roto no te culpará por haberlo desflorado. Volverán a crecerle los pétalos de prístina plata y buscará con cariño y paciencia tu rostro verdadero. Lo cogerá con cuidado, arrullando con calidez, y lo regresará al otro lado. Tras siete años de peregrinaje, tu rostro podrá volver mentir y el espejo estará encantado de esconderlo. Podrás acunar muchas más semillas de vileza, regar tu jardín de mentiras de patas cortas, de embriagarte de los aromas que nos alejan y nos transportan. Podrás volver a mirarte en el espejo, aunque nunca será tu verdadero rostro.

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