¿Quién eres?

La ilustración es de Agü Black
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No reconozco al tipo que tengo enfrente. Tiene las cuencas hundidas y los pómulos afilados. Su mirada carece de todo aquello que pudiera categorizarse como vida. Puedo ver, en el rostro ajado de aquel hombre, un agotamiento agarrotado y una ausencia total de pasión. El color gris llena sus poros de una piel vetusta y apagada. Es prácticamente imposible visualizarlo o imaginarlo con algo de jovialidad o júbilo. Es una estatua palpitante.

Me pregunto, en mis cálidos fueros internos, qué le ha podido ocurrir para que se encuentre en semejante estado. Puede haber sido una desgracia inesperada o una larga enfermedad que lo mantuviera postrado durante mucho tiempo, aunque se adivina una mutilación mucho más profunda y perpetua. Cuando me devuelve la mirada, su instinto de supervivencia no le obliga a apartarla. La mantiene firme e inofensiva, sin un atisbo de envidia o enfado. Eso me inquieta. Si me mirara con ojos humanos, podría ver mi plenitud en construcción, mi proyecto de persona que se alzará triunfante sobre una montaña de cadáveres alegóricos; pero no es así. Su impasibilidad refleja un doliente reconocimiento. No le provoco nada porque ve en mí lo mismo que ve en sí mismo. Mi inquietud se tuerce hacia la cólera punzante que borbotea entre los ácidos estomacales. ¿Quién es ese hombre? ¿Quién eres, desconocido? ¿Qué reconoces en mí de ti? Su mutismo provoca que la garganta me sepa amarga, con un reflujo con notas a batería de coche. En su derrotismo se percibe la paz del finado. Mi mirada de cejas en arremetida se deslizan por su contorno, goteando, sin llegar a humedecerlo siquiera. ¿Quién eres?

No me reconozco en ese hombre, mezcolanza de sombra y ausencia. No me reconozco en su huida estática ni en su insultante aceptación. Está solo y pretende que le haga compañía con mi propia soledad. ¡Estás solo! ¡Ese es el castigo de los temerarios que elijen ser y no estar! Ostracismo y silencio. El hombre me sigue mirando con ojos de cristal. Le he gritado, con mi saliva y esputos de cólera y permanece imperturbable. Limpio su rostro con mis manos, simulando una disculpa silenciosa. Mi enfado es prueba suficiente para él. Pero no debo caer en su trampa, si mi enfado le confirma su insidia, mi indiferencia habría sido peor. ¿Quién eres? ¿Cómo te atreves a encerrarme en este laberinto sin salida?

Aprovecho la cercanía para deslizar mis manos, llenas de vitalidad, hacia su cuello tibio. El hombre no aparta sus ojos muertos de mí. Esperaba conseguir un atisbo de horror, de alivio o furia, pero no es así. Acerca su frente a la mía y la apoya. Mi vaho me dificulta la tarea de verlo bien, de observar como su boca se deshace en un rictus. Aprieto mis garras sobre su garganta, deseando partirla como una rama, de hundir mis pulgares hasta desencajarle la nuez, de acabar con su paz del vencido. ¿Quién eres? ¿Por qué no apartas tu mirada de mí? ¿Por qué dejas que te haga esto?

Me corto los dedos con los afilados trozos de su rostro. Mi cólera se evapora dejando tras de sí solo el polvo de un mal sueño. Siento que ese hombre ha conseguido lo que se proponía y el que ha perdido he sido yo. Consiguió encerrarme y empujarme contra la pared, sin capacidad de maniobrar, de obrar según mis convicciones. Me agacho para limpiar el desastre y recojo los pedazos del rostro de aquel hombre.

Sus ojos siguen mirándome.

¿Quién eres?

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