Del Diálogo con las Aves

El cuervo traía en su pico un globo ocular de pupila azul, seguramente humano por el tamaño, no mayor que una canica blanca pequeña. Posado a una decena de pasos, afianzado con sus garras en la barandilla del balcón, al que yo había salido a fumar y contemplar amanecer, él también miraba el perfil de la ciudad inmensa. Al cabo de un rato bajó con un pequeño salto al suelo de la terraza y soltó el ojo como un presente. Partió de inmediato con un batir de alas potente y seguro, abanicándome la cara, hacia el edificio de enfrente. No pude seguir su trayectoria pues su vuelo se zambulló en el patio interior de la finca.


Seguí fumando sin hacer caso de la dádiva. El grajo, me pareció el mismo, volvió tras unos minutos a posarse en la barandilla, con otro ojo en el pico. Detenido allí, altivo, estuvo mirándome fija e insistentemente. Me pareció que me censuraba por no haber aceptado su invitación. Se tragó el
colgajo entero echando la cabeza hacia atrás, convulsa y golosamente.


Despegó de nuevo, pero en otra dirección, al sentir las sirenas de la policía llegando. Varios coches ya se congregaban abajo, salieron vecinos. ¿Qué iba a hacer?. Me agaché y me tragué el ojo regalado de una vez. Desde entonces el cuervo vuelve todos los días. Naturalmente que no hablamos: eso es algo del siglo XIX.

Relato de Pedro Miguel Lucía, Ilustración de Lazlo Kovacks

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