Las plantas nunca mueren en agosto

Cuando llega agosto se quita los anillos que nunca se pone porque se le hinchan los dedos de las manos. La vida se ralentiza, y aparece lo que denomina su tiempo muerto. De repente todo se para, las hojas dejan de moverse y la gente deja de mirarse. El tiempo desfallece y muere, las agujas del reloj se dedican a coser los instantes que no tienen hora y brotan remolinos en su cabello dejando ver lo que antes se ocultaba en las trincheras del pensamiento.

El día a día se hace tan pequeño que cabe en el cajón de la mesilla de noche y no hay suficiente agua en las fuentes para arrastrar todos los miedos. Se emborracha de sol y sudor. Confunde el aburrimiento con la depresión y presume de falsa indiferencia durmiendo largas siestas en sofás ajenos. Es como un post-it en una nevera de plástico amarillento, su importancia radica en la probabilidad de ser olvidado.  Alberto, es un experto en el tiempo de agosto, aunque él no lo sabe.

Las plantas suspiran observándolo, no saben si sobrevivirán a este calor, tampoco saben si es lo qué quieren. Se cuestionan constantemente su existencia citando ensayos de Camus y retorciéndose avergonzadas. Se han autoproclamado existencialistas y por nada de este mundo piensan sucumbir al absurdo calor de verano que las arrastra a un final inminente.

El insomnio ha decidido reinar en el piso y no va a dejar su trono libre ante la amenaza de ninguna pueril infusión de manzanilla. Alberto se levanta de la cama y descubre un submundo de cosas mágicas que se esconden en las intransitadas horas de la madrugada. Aunque el tiempo sigue parado, su actitud es más serena, quiere aprovechar las horas cedidas. Las plantas siguiendo su ejemplo trazan agujeros de gusano por los que se tele transportan a otros cielos con otras nubes. Alberto decide escuchar ese disco que estaba olvidado en la esquina inferior del mueble. Por alguna extraña razón, hoy es el día en que merece ser escuchado. Cuando la aguja roza el vinilo, agosto le regala el mejor espectáculo del mundo vegetal jamás visto. Las ramas se mueven al compás y le regalan movimientos que recuerdan al vaivén de una ola. Por un momento, Alberto consigue acelerar el tiempo, y todo vuelve a su ritmo habitual. Las plantas agradecidas le enseñan lugares escondidos de otros universos y viaja a rincones mágicos que cualquiera juraría haber visto en sus mejores sueños. De repente, todo se vuelve gris y un insoportable pitido parece perseguirle desde el más allá.

Abre los ojos y apaga la alarma del móvil, quiere dormir cinco minutos más. Una hoja sigue bailando entre sus cabellos y es que lo que él no sabe es que las plantas nunca mueren en agosto.

 

 

Ilustración de @Lazlokovacks y texto de @Riastone.

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