Almuerzo


La ilustración es de Sara Ruiz

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— ¿Cómo está?

— Pues… igual.

— Bueno, déjala dormir a ver si para el almuerzo se anima. Le gustan mucho los almuerzos.

— ¿Estás llorando?

— Si, claro, ahora me voy a poner yo a llorar. No tengo otra cosa mejor que hacer.

El anciano se alejó del quicio de la puerta con lágrimas contenidas. Se mordía fuerte el bigote colgante para evitar hipar. La señora de mediana edad lo miraba con sorpresa en las cejas y ternura en las comisuras. Mientras se colocaba el moño y alejaba ella misma una lágrima de sus ojos, sonó la puerta de la calle abriéndose.  La señora fue corriendo al encuentro mientras el anciano se escabullía levantando sus escuálidas piernas asomando bajo el camisón.

— ¿Cómo ha ido?

Cómo única respuesta, el niño lanzó su mochila colorida contra la pared, se cruzó de brazos mientras se dejaba caer en el sofá. Esa escena habría ganado mucho si la funda del sofá no hubiera saltado y hubiera atrapado al niño como una red de pesca lanzada con precisión.

— No ha podido ir tan mal.

— ¡¿Qué no ha podido…?! — Resopló contra la trampa mortal de la funda. —¡¿Qué no ha podido ir tan mal?!

— Eres un perfeccionista, seguro que ha ido bien.

— …

— ¿Qué ha pasado?

— He hecho llover.

Desde la habitación donde el anciano se escondía se escuchó su risa cascada y con malicia, delatando su faceta de espía.

— ¡Encima se ríe! ¡Pues que mañana vaya él si tan bien se le da! ¡Jod…!

— ¡Eh! Nada de palabrotas. Sé que tienes la sangre alterada y una faceta malvada, pero no voy a permitir que…

— No eres mi madre.

— Y menos mal, jovencito.

— … y, ¿Cómo está?

— Igual.

Ambos agacharon la cabeza.

Almorzaron el silencio. La señora había hecho castañas asadas, ensalada de calabaza y granada, tarta de manzana e higos secos. Mientras el niño y la propia señora comían en silencio, el anciano esperaba tranquilamente, con las manos cruzadas, a que todo quedara completamente frío. Tenía esa forma curiosa de comer. No lo hubieran admitido nunca, pero lanzaban miradas furtivas, esperando verla entrar a medio bostezo. No ocurrió.

Los tres se congregaron de nuevo a la entrada de la habitación.

— ¿Y esos? — preguntó el niño.

— No lo sé, solo se ha presentado el pingüino — contestó la señora.

— Dijo que se llamaba Hunter — dijo el anciano sonriendo y saludando al pingüino de manera efusiva.

— ¿Günter?

— No, no, Hunter…hu…hu, no Gu.

— Raro.

El anciano se encogió de hombros, el niño también, la señora e incluso el pingüino. Es bastante extraño ver a un pingüino encogerse de hombros.

Los días continuaron. Las sustituciones no fueron nada bien. La señora levantó un viento helado sin querer y el anciano hizo que granizara al estornudar. Hacía cinco días que había pasado el Solsticio y por cada día pasado, una cana nacía en el pelo de la joven. Durante esos días habían ido llegando más inquilinos que querían hacerle compañía. Una burbuja enorme de agua, cual tsunami a cámara lenta, había ido a pegar contra su ventana para que incluso los animales acuáticos pudieran velarla. Es imposible negar que el niño se quedó patidifuso cuando un tiburón tocó amablemente a la ventana para poder estar más cerca. Ahora tenían que vivir con unos cuantos centímetros de agua en toda la casa, pero se acostumbraron rápidamente.

A pesar de llevar tanto tiempo juntos, de haber tenido sus desacuerdos y sus rencillas, nunca se habían separado desde el “Tratado Transitorio”, un documento lleno de jerga legal soporífera que marcó los turnos anuales. Aparentaban normalidad, sabrían que acabaría despertando y recuperando la monotonía. Nadie vio el corazón latiente apoyado delicadamente en la cama, solo tenían ojos para sus párpados apretados que se negaban a abrirse.

Si alguien se hubiera acercado a ese corazón habría oído las largas tardes en la calle, las conversaciones aderezadas con risas y sin prisa, la arena pegada, la ropa pegada, los bailes pegados. Habría oído ese helado que te mancha las manos, vacaciones, el sonido de las chicharras y chistar de los pájaros migratorios. Pero nadie vio ese corazón. Quizá, al final, dejemos de verlo todos. Quizá nos estemos haciendo mayores para escuchar ese latido pausado y cálido.

Quizá nunca vuelva a despertar.

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