Música que no cesa

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El día que Julia recibió una carta con matasellos de Argentina, rememoró una melodía que creía haber olvidado. La melodía de un acordeón que siempre sonaba triste, pero que un día quiso sonar alegre. En ocasiones, la omnipresencia de la cotidianeidad entierra algunas vivencias del pasado en lugares recónditos de la memoria. Pero basta que ocurra una pequeña casualidad, como la llegada de una carta inesperada, para que en la mente se rescate un recuerdo aletargado. Experiencias que incluso la propia Julia desconocía que recordaba, de repente resurgían nítidas y cercanas.

La carta que Julia había recibido era de Juan, el niño que andaba hecho un harapo por el patio del colegio en el que ambos compartieron juegos durante un otoño de hace quince años. El niño al que nadie quería arrimarse porque no siempre olía bien, nunca llevaba ropa nueva, y siempre se sentaba solo en cualquier esquina, aceptando de mal grado el estigma que le habían otorgado, deseando estar en cualquier otro lugar. Aquel niño que, antes de que el invierno llegase, huyó sin que nadie volviese a saber nada más de él. Era la primera vez que Julia tenía noticias suyas desde el día en que ella lo ayudó a desaparecer.

Julia conoció a Juan de la forma más simple, invitándolo a participar en un juego. Él rehusó. Prefería quedarse solo en su apartado banco. Ella insistió. Intuía que, en el fondo, él deseaba tener un momento de liberación. A los demás niños no les hacía gracia que Juan se les hubiese unido, pero accedieron a continuar el juego todos juntos. Julia se alegró al comprobar que Juan no tenía herida su capacidad para disfrutar de un sencillo momento de diversión.

Sus casas estaban lo suficientemente próximas como para que Julia pudiese escuchar desde su ventana la triste melodía de acordeón que sonaba desde la casa de Juan cada anochecer. El padre de Juan era acordeonista. O, por decirlo con precisión, lo había sido. La enfermedad que se había llevado la vida de su esposa meses atrás había matado también su habilidad para tocar notas felices. Sin trabajo, abandonándose a la deriva en la corriente de los días, era un hombre que se había dejado sepultar por la hosquedad. Ya ni ejercía el papel de padre para Juan. Lo único que sabía hacer ahora era tocar esa pieza lastimera en la primera hora oscura de la noche.

Julia pensaba que cualquier persona que estuviese el tiempo suficiente bajo el influjo de esa melodía acabaría sucumbiendo sin remisión ante la tristeza, por eso cerraba su ventana siempre que esa música dolorosa comenzaba a sonar. Se preguntaba si Juan podría protegerse contra esa persistente y nociva influencia. Recordaba que hubo una vez, sin embargo, que el acordeón llegó a sonar vivaz y jubiloso. Aunque tan solo fue por un instante. Tras una brusca interrupción, la afligida melodía de siempre volvió a conquistar el silencio de las sombras.

Los días siguientes, Julia comprobó cómo la negrura se instalaba cada vez más en Juan. No se manifestaba ya solo en su espíritu apagado, sino también sobre su piel en forma de cardenales y contusiones. Volvió a sus rincones solitarios, abstraído y maquinando algo tan secreto que solo a él le importaba. Julia trató de que se refugiase de nuevo en los juegos del patio. Pero esta vez Juan le pidió algo a cambio, que dejara escondida una maleta vacía junto al árbol del tronco doblado, a mitad del camino que unía sus casas. Julia pensó que quizá eso era lo mejor, o lo único relevante, que podía hacer por él. Así que accedió.

Al día siguiente, cuando pasó junto al árbol camino del colegio y vio que la maleta que había escondido la noche anterior ya no estaba, comprendió que ese podía ser el día en que viese a Juan por última vez. Julia corrió hasta las vías del tren y allí encontró a Juan, esperando, con la maleta y un par de bolsas por todo equipaje.

—¿Por qué has venido? —preguntó Juan.

—Quería despedirme.

Juan asintió y enseñó la maleta.

—Gracias por la maleta, habrás tenido que dar explicaciones en casa. No sé si te la podré devolver.

—No te preocupes, nadie la va a echar en falta.

—Tienes que ir al colegio, o descubrirán que me has ayudado —sugirió Juan, a quien no le resultaban fáciles las despedidas.

—¿Adónde irás? —inquirió Julia, obviando el consejo de Juan.

— No lo sé. Lejos de aquí —contestó Juan mientras se encogía de hombros.

—¿Y qué vas a hacer?

— Buscaré un trabajo.

El sonido del tren interrumpió la conversación y ambos se dijeron adiós con la mirada. Juan se apresuró para alcanzar alguno de los vagones. Julia se quedó viendo cómo el tren se perdía en el paisaje hasta que su presencia ya solo se podía intuir por la imagen de una columna de humo que se elevaba hasta el cielo.

Nunca se volvió a escuchar el atormentado acordeón al anochecer. En el pueblo, la desaparición de Juan fue tema de conversación los primeros días. Pero se fue olvidando de forma muy natural. A nadie le afectaba demasiado que un desheredado hubiera desaparecido.

En la carta que Julia acababa de recibir, Juan reiteraba su agradecimiento por la maleta que le había prestado quince años atrás. Una maleta que Juan había utilizado a modo de salvavidas. Dentro del sobre, acompañando a la carta, una fotografía mostraba a Juan posando junto al resto de integrantes de lo que parecía una agrupación musical. Sonriente y firme, con un aspecto envidiable, Juan sostenía un acordeón entre sus manos. Un acordeón que nunca más volvió a sonar triste.

 

La ilustración es obra de David Sierra Listón, a quien podéis seguir en su blog o en Instagram.

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