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El gatito seguía sentado sobre las patas traseras, con los ojos redondos muy abiertos, mirando con esa perplejidad inocente de los cachorros, hasta que el hombrecillo terminó de escribir en la chapa del pequeño batiscafo. Como el gato no sabía leer, el hombrecillo dio unos pasos hacia atrás y con la lata de pintura y el pincel todavía en las manos, pronunció en voz alta el nombre de la embarcación:

-Perlita.

El gato había visto cada mañana al hombrecillo levantarse al amanecer para trabajar en aquella máquina de su invención. El cobertizo donde se hallaban estaba todavía lleno de herramientas, tornillos, rollos de cable y piezas de repuesto que el gatito había investigado por las noches, palpando con sus zarpas y olfateando con curiosidad. Sobre la mesa de trabajo, en las paredes, se amontonaban y pendían desde hojas con diseños dibujados, grandes planos delineados con precisión, secciones de los mecanismos con notas e indicaciones, hasta gráficas sobre el funcionamiento del mar.

Llevando ya un rato de pie frente al batiscafo, pensativo, el hombrecillo dejó el bote de pintura encima de unos papeles de periódico que había en el suelo y levantó una mano. El gatito movió con nerviosismo la cabeza, con la pequeña boca haciendo una u hacia abajo y los bigotes estirados. Cuando el hombrecillo tiró de una cuerda que colgaba del techo, el pequeño cobertizo se abrió como una flor, chirriando como cuatro puertas al abrirse. Los paneles de madera se tumbaron en el suelo. La brisa salina y la luz del sol se sintió alrededor, hinchando de algodón el aire.

La nave recién acabada descansaba encima de unos raíles de madera que bajaban por una enorme duna directos al mar. El hombrecillo trepó hasta la escotilla de entrada. Desde allí arriba contempló por un momento el paisaje, notando como se encendía un motorcillo dentro de su pecho: sólo el horizonte se extendía alrededor, como un círculo de libertad.

-Vamos. Sube gatito.

Giró el volante de la escotilla y esperó a que el gatito subiera de un salto.

-¡No tengas miedo! ¡Vamos, entra!

Y el gatito saltó nuevamente, desapareciendo por el hueco de la escotilla. Después entró el hombrecillo, que cerró por dentro antes de empezar a bajar peldaño a peldaño, mientras seguía hablándole al gato:

-¡Qué te parece!¡como verás también he pensado en ti! Tienes tu camita y tu plato para la comida -comentaba al bajar-.¡Pero qué es esto!

Se encontró con que el interior de la nave estaba plagado de huellas diminutas: ¡el gato había tenido tiempo de enredar con la pintura antes de entrar en la nave!

-¡Ja, ja, ja!¡No esperaba la decoración!- y acarició al gato, rascándole tras las orejas.

Con el mismo buen talante, el hombrecillo se sentó en la cómoda silla de mando, de cuero rojo tachuelado, y accionó todo tipo de palancas, botones, ruedines, fuelles y bocinas… ¡Y la nave se movió! Notó que el rumor del motorcito se hacía más fuerte, esta vez fuera de su pecho, acompañando el movimiento de la nave. Utilizando unos brazos articulados exteriores, la nave se liberó de los topes que la retenían y se deslizó, raíles abajo, adquiriendo en su descenso más y más velocidad. Bajo los pies del hombrecillo, unos pedales no paraban de girar, manteniendo al gatito ocupado en seguir el movimiento arriba y abajo con nerviosismo.

-¡Ja!¡Está todo pensado! -gritaba entusiasmado el hombrecillo-. La bajada produce electricidad que se almacena en las baterías. Puede que en algún momento nos toque pedalear, pero lo tengo todo pensado para aprovechar la Gran Corriente… ¡ya tenemos para empezar nuestro viaje!

El mar mostró su envés, forrado de tela blanca, en el momento en que la nave atravesó la superficie. Daba la impresión de ser una canica arrojada en la bañera de Arquímides.

***

Cuento breve inspirado en una ilustración de Pablozeta para su proyecto “Metamárfora” (metáforas sobre el már) que puedes conocer en su cuenta de instagram y página de facebook.

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