La memoria de la piel

jandro-desnudo

Se había prometido no volver a posar, y sin embargo allí estaba, con su sonrisa congelada, desnuda y a solas en casa del pintor. ¿Por qué lo estaba haciendo? Era como si su piel tuviese deseos propios totalmente ajenos a ella, quería liberarse del peso de la ropa y sentir la luz de vez en cuando. La arrastraba a situaciones como aquella cual amiga irresponsable buscando divertirse a toda costa.
Notó un roce en las costillas y se apartó de un salto, ahogando a tiempo un grito. El gato se encaramó en la estantería, igual de sobresaltado que ella, bufó y erizó el lomo.
—Tranquila, señora Merino, no se preocupe —dijo el pintor con una voz que tenía las notas graves de un instrumento poco usado—. No hace nada.
—Guada —corrigió ella— llámame Guada, por favor. Y no me trates de usted.
—Guada —asintió—. Ignórale, es muy curioso. Candi, baja de ahí.
El gato le lanzó una mirada de desprecio, pero bajó de la estantería.
Ella trató de volver a posar. Estaba tensa, sin fuerzas para mantener la sonrisa.
—¿Puedes subir un poco más la pierna? Un poco más… así, muchas gracias.

Guada recordaba tiempos en los que posar desnuda era puro gozo. Se volcó en sus primeros trabajos con furor adolescente, cautivando a los fotógrafos de sus primeras sesiones. Más tarde descubrió la pintura, su pasión. Lo hacía con el cuerpo, con el alma, y cada cuadro que llevaba parte de ella era como una pequeña estrella de orgullo en su firmamento moteado de luz. Los proyectos para los que se prestaba eran cada vez más atrevidos, más ambiciosos. Era cuestión de tiempo que ocurriese algo, se lo había dicho todo el mundo.
Ese algo llegó en un estudio apartado, con un pintor novato, prácticamente un crío. No ofrecía mucho, pero era tan adorable que Guada no había podido resistirse. Pero él no iba sólo con la idea de pintarla.
Nunca supo ponerle nombre a lo ocurrido aquella tarde. Salió del estudio temblorosa, extraña, con algo oscuro asentado en el pecho. Cuando trató de hablarlo, recibió la terrible confirmación de lo que ya le rondaba la mente.
Era lo que se esperaba de ella. Al fin y al cabo, se había desnudado en privado para un hombre. ¿Quién no interpretaría eso como una insinuación?
Todo cambió entonces. Un deseo sombrío y doloroso se le enredó en el cuerpo y la partió en dos. Cuando se vestía para abandonar la cama de un desconocido, lo hacía con lágrimas en los ojos, pero no podía resistirse a una invitación, por inquietante que resultase. Disfrutaba de ofrecer su cuerpo, de una forma culpable y contradictoria.
Hasta la llamada, una tarde de invierno, que la llevó a la calle Tetuán, a la casa que parecía una postal navideña.

—¿Puedo preguntarte por esa pulsera? —El pintor miraba con curiosidad hacia su muñeca, a la única prenda que no se había quitado.
—Es… un recordatorio.
Pero era mucho más que eso. Era un regalo, y horas de llanto, y felicidad melancólica. Era un instante frente a la chimenea, con la ventana nevada de fondo. Era unos ojos verdes y una sonrisa cautivadora, era soledad y abandono. Aún quería volver junto a aquella chimenea, sentir esas misma caricias. Soportaría el dolor si podía conservar esos momentos. Los recuerdos quemaban, le sacaban la vida del pecho.

—¿Te encuentras bien?
—¿Eh? —Guada dio un respingo—. Sí, sí, claro… ¿por qué?
—Vamos a dejarlo por hoy, si no te importa… creo que los dos necesitamos un descanso.
Guada se vistió rápidamente, avergonzada. No estaba a lo que tenía que estar… no podía.
Él se había ido hasta el fondo de la sala a lavarse las manos, y Guada aprovechó que estaba de espaldas para mirarse al espejo. Era cierto que no tenía buena cara. Ojeras marcadas, cansancio… se preguntó fugazmente si aquello se notaría en el cuadro.

—Eres preciosa.
Guada se giró y vio que se acercaba a ella, sonriente.
—Quiero agradecerte que hayas venido —dijo en apenas un susurro, tendiendo su mano hacia ella.
Guada fue a estrecharla, pero no recibió un apretón sino una caricia en las yemas de los dedos. La miraba con intensidad cruda, de una forma que Guada había visto demasiado a menudo. Se acercó a ella, y posó la mano libre sobre su cintura. Olía a madera barnizada. Guada recorrió sus rasgos, cada pequeña arruga, cada mota de pintura, y bajó por su camisa abierta, por sus brazos de color tostado, sus manos…
Empezó a palpitar. Siempre era así, un latido por dentro, un calor que le brotaba del vientre y se le derramaba por todo el cuerpo, una humedad entre las piernas, a la vez deseada y odiosa. Ahí estaba su piel de nuevo, pasos por delante de ella, erizándose, recibiendo el contacto de un hombre desconocido, invitándole a entrar. Una mirada y un suspiro y él captó el mensaje. Escuchó a su cuerpo sin llegar a ver el terror agazapado en sus ojos, esa parte prisionera sin voz que sufría en silencio sus aventuras de mujer loba.
Al acercarse a besarla, sus dedos subieron por su brazo, rozando la pulsera.
La miraba a los ojos mientras se la colocaba en la muñeca con dulzura. Para que te acuerdes de mí siempre, había dicho… como un  hechizo. Como una maldición. El placer de sentirle sobre ella, seguido del abandono. El frío, tan intenso y negro que creía morir, mezclándose con palabras de amor al oído.
Miró al pintor, y vio en sus ojos pardos un reflejo de la mirada verde con la que aún soñaba a veces. Vio esa misma sed salvaje que parecía insaciable hasta que dejaba de serlo.
Su cuerpo lloraba en oleadas de calor, y la tristeza se convertía en lujuria, su pecho buscaba el placer agónico de sentirse deseada, usada, abandonada. Se retorcía ya de anticipación ante el dolor que sabía que vendría, que venía siempre.
Fue el reflejo en la ventana lo que la detuvo. Se vio en sus brazos, imaginó sus manos desnudándola poco a poco, y sintió asco. Tan débil, tan presa de sus impulsos incontrolables, tan incapaz de cumplir promesas.
Salió corriendo sin darle tiempo a decir ni una palabra. No iba a volver a posar para nadie, nunca.

Cuando el pintor terminó de lavarse las manos y se volvió hacia ella, descubrió que estaba hablando solo. Su gato estaba asomado a la puerta abierta del estudio, pero cuando él se acercó, sólo vio el pasillo vacío.

 

 

 

La ilustración es de Jandro González. Puedes ver más en su perfil de Facebook.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Interesante.
    La ágil lectura me llevó a imaginar más de lo que en realidad sucedía, mientras leía.
    volveré. Un saludo.

    Le gusta a 1 persona

  2. Eva Duncan dice:

    ¡Muchas gracias! Me alegro de que te haya gustado :).

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  3. Muy bueno. Tuve un instante de confusión con los tiempos, pero lo has hecho encajar Muy bien 🙂 Saludos!

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