Sinfonía melancólica de otoño

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Ada trajo las castañas poco después del amanecer. Recorrió el pueblo con paso alegre, bailando, saltando las vallas y haciendo cabriolas por los jardines, dejando frente a cada puerta los delicados paquetitos de hojas hechos con esmero. Nadie se acercó demasiado para no asustarla, pero mucha gente se asomó con disimulo a la ventana para verla corretear, enfundada en su abrigo rojo y con su bufanda verde ondeando tras ella como las alas de una ninfa. Los niños reían, encantados, mientras los mayores sonreían con benevolencia. Todo el mundo esperaba con anhelo la llegada de las castañas. Esa noche, todo el pueblo se reuniría en la plaza para asarlas y compartirlas. A veces, Ada se acercaba un poco a la lumbre y estiraba las manitas, buscando calor, pero se marchaba dando saltos de gamo si alguien se acercaba. Aunque cada vez toleraba más la cercanía. Incluso ella, que parecía no acusar el paso del tiempo, empezaba a hacerse a las costumbres del lugar.
Muchos de los vecinos recordaban su llegada, igual que recordaban los tiempos en los que no había castaños, ni regalos, ni otoño. Al principio habían tenido miedo de los vientos fríos que vinieron enredados en las ramas de los árboles, de los troncos retorcidos y oscuros que se habían asentado en la estepa, convirtiéndola en una espesura sombría. Pero ya no eran capaces de imaginar su vida sin aquel momento mágico.

Era diferente al principio. Su llegada les había parecido el fin del mundo. Venía encaramada sobre las ramas altas de un árbol maltrecho, medio calcinado, que avanzaba arrastrando las raíces y tambaleándose, al frente de un bosque de árboles casi secos. Desde el pueblo observaron fascinados cómo los árboles arraigaban junto al río con la parsimonia de los seres antiguos. Los ignoraron, esperando quizás que no fuese más que un sueño, pero pasaron los días y el bosque seguía allí, cada vez más oscuro y amenazador.
Empezó a llover, y llegó el frío, un frío que nadie había sentido antes. Su eterno verano dio paso a una luz de tonos grisáceos, que en aquel momento parecía augurar una catástrofe. Qué lejanos quedaban aquellos días de angustia en los que la única solución posible parecía ser talar aquellos árboles o quemar el bosque. Tras los primeros días de pánico, nadie volvió a mencionar las reuniones bajo techos llenos de goteras, con los vientos helados ululando por las calles. Les daba demasiada vergüenza haberse planteado un acto tan terrible, pero hasta que lograron entenderse con el bosque, parecía una lucha a muerte.
Cuando la niña se presentó en el pueblo, todo cambió. No hablaba, pero les enseñó a protegerse del viento y a cortar leña, hizo desaparecer las goteras de las casas sin que nadie supiera nunca cómo, y trajo el primer obsequio de los árboles, aquellos frutos tan peculiares como desconocidos, que saciaban el hambre y ahuyentaban el frío. Entendieron entonces que no querían hacerles daño, sólo refugiarse en tierras tranquilas, recuperarse.
A ella le pusieron el nombre de Ada, que pareció encantarle, y llamaron a los frutos castañas, y otoño a los días de frío y lluvia.

Ada trajo vida al pueblo, una energía inexplicable que lo bañaba todo. Cantaba cuando paseaba por el pueblo, y cuando volvía al bosque. Su voz conmovía y sobrecogía como la visión de un árbol milenario. Algunas noches se oían voces profundas y poderosas que cantaban con ella, aunque nadie se había atrevido aún a averiguar de dónde salían. Había una canción que repetía todos los años, al anochecer del día en el que traía las castañas. Se pasaban el año entero esperando aquel momento. Se hacía el silencio en la plaza del pueblo. Sólo se oían el crepitar de la hoguera y los susurros del viento. Y a los lejos sonaban voces que retumbaban como cavernas, entonando una melodía cargada de una tristeza cálida que prometía un final feliz, como unas palabras tiernas de despedida. Se unía el trino dulce de Ada, y durante unos instantes, todos sentían cambiar el aire, como si abrieran una ventana a otro mundo. Esa noche ya bastaba para que todo lo demás mereciese la pena. Por eso, cuando los cantos de cigarra daban paso al aire fresco de la tarde, cuando el otoño pintaba el cielo de blanco y los charcos empezaban a hacer sus nidos por las calles, ya no sentían miedo ni pena.

Ada volvió al bosque con las mejillas sonrosadas de emoción. Saludó a cada árbol por su nombre, parando aquí y allá para hacer una caricia, dar un abrazo, trepar por los troncos de los más juguetones… Tardó en llegar hasta el más antiguo de ellos. Se acurrucó entre sus raíces, reposando la cabeza sobre él.
El castaño recordaba los tiempos en los que moraba bajo otras estrellas, pero sus recuerdos eran cada vez más confusos y vagos, ya empezaban a parecer sueños, o quizás antiguas pesadillas. Sentía esa memoria desvanecerse en los demás también, dejando solo un dolor sordo que les acompañaría toda la vida, asentado en sus raíces.
La corteza polvorienta que había soportado las asperezas del viaje había caído hacía tiempo, y la nueva tierra había sanado sus heridas, la agonía del viaje largo y penoso de seres que nacieron para la quietud. Cuando sentía el sol amable sobre sus hojas, la savia que fluía por todo su cuerpo, esparciendo la vida de aquella tierra hasta sus ramas cansadas, aún le asaltaba cierta añoranza, pero estaba vivo, y estaba a salvo, y eso bastaba.
Sentía el cuerpo diminuto de la pastora de árboles sobre sus raíces. No podía estarle más agradecido a la guía, la salvadora de su gente. Sacudió las ramas, llamando la atención de los demás, llenando el bosque de susurros de hojas. La pequeña se incorporó, riendo, y empezó a cantar. Y así empezaron su larga despedida, una sinfonía de voces que parecía entretejer sueños y realidad. Cantaban como agradecimiento, como celebración, como promesa, sabiendo que pronto el frío les sumiría en un letargo del que saldrían tarde o temprano, como hacían siempre.

La ilustración es de Ana Cobos. Podéis ver su trabajo en su página web, anacobos.com, o en su perfil de Domestika.

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