Un buen día para morir

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No había caído en la cuenta de que usar agua oxigenada solo valía para las prendas recién manchadas. La sangre seca difícilmente salta, había que aprovechar cuando aún estaba húmeda…aunque claro, entre envolver el cuerpo en plástico, esperar a la noche, cavar, transportar 90 kilos de peso muerto (já) y volver a tapar el agujero; uno no estaba para pensar en lavar la ropa. Había pensado en enterrarla junto al cuerpo o incluso quemarla, pero era una de sus prendas favoritas y era un engorro. Frotó en la pila y, pese a que el agua corría roja, la mancha se negaba a irse.

 

Los días pasaron entre el trabajo, evitar el contacto femenino para no sacar a colación su relación traumática con su fallecida madre, pasear a Sparky, evitar la pulsión de volver a matar, comer en silencio, ponerse hasta arriba de tranquilizantes para poder dormir…la maldita certidumbre de la monotonía de un ciudadano medio con algunas taras sociales y mentales. Nada preocupante.

 

Esa mañana se preparó su habitual tazón de cereales llenos de fibra, con leche de almendra natural y ecológica. Se sentó en su enorme y vacía mesa, se hizo con el mando calculadamente colocado a trece centímetros del borde y entonces la tele estalló en gritos, sirenas y llanto: el apocalipsis había llegado. Su naturaleza de témpano hacía que no se percibiera ninguna reacción en su semblante, pero por dentro era un hervidero de risas y tensión. La sangre manchaba los escaparates, los parricidios, fratricidios y matricidios estaban siendo noticia en horario infantil y él no podía apartar la mirada. Los cadáveres andaban con lentitud y determinación…las bajas en los ciudadanos solo engrosaban sus filas del ejército de las tinieblas. Su contención se agotó y se puso de pie en un movimiento seco. A sus cereales les daría tiempo a ponerse blandos y pastosos…que desperdicio.

 

Abrió su armario de las herramientas. Ordenadas meticulosamente en armas de filo, fuego y material fungible (cuerda, esparadrapo, telas, cable de pescar, balas…) por tamaño, peso y modelo. Hacía tiempo que había colocado una luz escondida para iluminarlo cuando abriera las puertas y darle el aspecto de arca de la alianza. Su panacea, su paz y su sino; todo en un solo armario. Se pertrechó de arriba a bajo, preparó un macuto con comida y también le dio tiempo a reírse al imaginarse al presidente dándole una medalla al valor por la labor tan sangrienta que pretendía llevar a cabo con precisión y saña.

 

Antes de salir, miró por la puerta del jardín interior. Vio a Sparky con alguno de sus juguetes en la boca, aunque no le sonaba de nada. No le dio ninguna importancia y comenzó a hacer una revisión de todo lo que llevaba encima. Balas, bengalas, pilas, un par de cuchillos, linterna, granadas…

 

El error venía de lejos, ¿Quién en su sano juicio compraría granadas? Por muy asesino en serie que seas no necesitas granadas, ¿Para qué las vas a usar? No tiene ningún sentido. Nuestro querido psicópata quiso comprobar que una de las anillas estaba bien sujeta, y claro que lo estaba…pero vamos, tampoco es que sea una lata en conservas, está tan duro como necesita estarlo. Sparky entendió la situación justo cuando oyó el “click” que hizo la anilla al separarse de la granada. Pero no os alarméis, la explosión de la casa de nuestro asesino solo fue una de tantas. Al final toda la humanidad cayó bajo el yugo zombie, no tardaron ni un par de meses. No quedó nadie, ni buenos ni malos…ni corruptos, honrados, enfermos, ricos o creyentes. Nadie. Qué queréis que os diga, a mí me parece un final magnífico.

La ilustración viene a cargo de Gonzalo. Puedes ver más AQUÍ y AQUÍ

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