Voluntad

tatuaje

– Bienvenido de nuevo.

Espera, ¿qué? Derramé la espuma del café sobre el escritorio y ni siquiera me preocupé de no haber manchado el teclado, de evitar el cortocircuito que se produjo. La luz azul que salió de entre las letras o el discretísimo crash que sonó bajo mis manos y que indicaba que efectivamente el portátil había sufrido daños, o incluso el hecho abrumador de que la pantalla continuase activa después de un breve fundido en negro no me sorprendieron tanto como aquel saludo. Era él.

– Pero qué demonios…

Yo conocía a aquel tipo. Llevaba meses viéndome con él, pero de otro modo, de uno completamente distinto. Irreal. Había soñado con sus brazos tatuados, con su mirada penetrante. Había jugado a juegos incomprensibles siguiendo sus instrucciones y había sentido el miedo que produce ser consciente de que estás disfrutando de algo que no está del todo bien. Había caminado por terrenos áridos y por avenidas infestadas de luces, de pantallas de LED con anuncios surrealistas de alucinógenos electrónicos que se activaban voluntariamente con la mente. Había viajado al futuro y al pasado y él siempre acababa presentándose con su aspecto anacrónico, siempre acababa poniéndome a prueba con su voz metálica. La misma voz que ahora me hablaba desde dentro de mi ordenador.

– Deberías poder verte esa cara de sorpresa. Ha merecido la pena venir hasta aquí.

Aquí dónde. Tras él, la nada blanca. Y sin embargo, sí, aquí. Podía verme reflejadas las pupilas minúsculas en su monóculo. Eché la silla hacia atrás. Hasta hacía escasos segundos, yo estaba navegando en busca de material para la tesis. Miré el reloj, la taza semivacía, el portátil humeante y otra vez al hombre que aparecía en mis sueños. ¿Demasiado café, tal vez? ¿O todo lo contrario? Eso era: me habría quedado dormido.

– Sabes que no –respondió a unas preguntas que sólo había planteado en mi cabeza. Sonrió por primera vez-, como sabes, también, para qué he vuelto.

– No puedo. Aquí no. No si estoy despierto y…

Me temblaron la voz y las manos, negué con la cabeza repetidas veces. No, no, no.

– Claro que sí. Lo estás deseando –dirigió el monóculo hacia la ventana y la señaló con el mentón.

Mi cuerpo desobedeciendo a mi mente. Mi cuerpo levantándose de la silla, caminando hacia donde me indicaba a pesar de la orden rotunda: no, no, no.

Yo (¿yo?) junto a la ventana ya, observando la noche arriba y el vacío abajo.

– Ahora.

Arte de: Alicia Grande

Puedes ver más en: Behance – Alicia Grande

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