El lobo y la golondrina

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Cuenta la leyenda que, en unas montañas recónditas, habitaba el ser más terrible del que se tiene constancia. En el asentamiento militar de los Golondrinas Negras reinaba el silencio impuesto por necesidad. Solo se oían los tintineos de las armaduras, ya fuera por el movimiento leve o por las frías corrientes de aire que asolaban las montañas en el invierno perpetuo. El comandante estaba sentado frente a una machacada mesa de madera, en la carpa más grande, con los dedos apoyados entre sí frente a su adusto rostro. Miraba con ojos de acero un plano somero de la región, aunque era demasiado caótico como para adivinar caminos o sendas transitables. Las coníferas se agolpaban unas sobre otras y las vías que abrían por la mañana, quedaban sepultadas con la nieve de la noche. El comandante se levantó de su asiento, cogió las armas necesarias y salió de la caldeada carpa. Sus soldados aguardaban con el aliento contenido a que su superior ordenada su siguiente paso, pero el comandante no dijo nada. Caminó haciendo que crujiera la nieve manchada de barro, atravesó los troncos afilados que servían como agresivas empalizadas y abandonó el campamento. Los soldados se miraron entre sí, con el mutismo obediente del que carece del peso de la responsabilidad.

El comandante caminó con ferocidad entre los árboles guardianes. La caza se había extendido demasiado y extenuado cada pizca de voluntad de sus tropas. El silencio había sido necesario para no espantar a la presa, pero estaban perdiendo el arrojo del valiente. La espera eterna para una única oportunidad estaba desgastando sus filos. Se ocuparía él mismo, con sus propias manos si fuera necesario. Doblegaría cualquier resquicio de resistencia y espantaría al azar para lograr su objetivo. Se acuclilló bajo un árbol centenario, cargado de nieven en sus ramas y respiró con disimulo. La nube de vaho podría delatarlo y quería minimizar el riesgo. Dejó que la nieve lo cubriera lentamente, extendiendo el frío invernal sobre su piel. Su mirada seguía siendo de acero, pero había relajado la visión para tener un mayor campo visual y poder percatarse de cualquier movimiento, por pequeño que fuera.

La noche llegó con molesta calma. El rojo del atardecer arrancó los matices marrones de los troncos que pronto se tiznaron de negro. El comandante estaba cubierto de nieve, asemejando una roca más de aquella agreste montaña. Entonces, una tenue luz. Era blanquecina, con tintes azulados y amarillos. El enorme animal pastaba de las propias copas de los árboles, bebía la nieve helada y sus cuernos desgastados rascaban contra los troncos, volcando algunos en el proceso. Tenía un pelaje albino e iridiscente, grueso para soportar las bajas temperaturas. Su hocico se alargaba casi en forma de garfio y sus ojos de herbívoro resplandecían con el mismo tono que su pelaje. El comandante había dejado de pestañear y devoraba a su presa con los ojos. Esperaba el latido correcto de su corazón, el que le impulsara a salir de su escondrijo con ansia cazadora. Alzó una de las lanzas, lentamente, y la lanzó con un poderoso empuje de hombro. El arma silbó a través de la noche e hirió al animal, haciendo que soltara un quejido de ciervo, aunque mucho más grave. El comandante se levantó entonces, espantando al nieve de sus hombros y con otra lanza preparada en su mano. La lanzó mientras corría entre los árboles y volvió a golpear a su presa. El animal derribó una decena de árboles, asustado y dolorido. Se lanzó a través del bosque saltando con sus cuatro largas patas, abriendo vías anchas que el comandante aprovechó. Dos lanzas más silbaron y acertaron. El comandante apretaba los dientes, haciendo que su boca sangrara por la tensión. Tenía que derribarlo antes de que se alejara más.

El gigantesco animal amplió sus saltos de huida. Parecía flotar entre salto y salto hasta que estos ganaron altitud. Una altitud sobrenatural que le hizo escalar el cielo nocturno plagado de estrellas. El comandante lanzaba las lanzas con la férrea intención de dar muerte a aquel fastuoso animal, pero no pudo salvar la altitud. Las lanzas caían sin acertar en el blanco. El animal se alejaba cada vez más, a través del cielo nocturno, y el comandante rugió de pura frustración. El rugido se extendió, convertido a uno de dolor, de pena y de maldición.

Su pena sería eterna, condenado a vagar en aquellas agrestes montañas, castigado a ver a su presa cada noche fuera de su alcance y a la que solo podría gritar.

Volvió al campamento y sus hombros lo lancearon y él se defendió con uñas y dientes. Había dejado de ser un hombre.

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