¿De dónde vienen los niños? – Morrocotudo Johnson VIII

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Estaba retirado. Hacía mucho tiempo que no viajaba a la ciudad, pero bastó un solo mal augurio para que me calara mi sombrero ajado y cargara con mi vieja maleta hasta la estación de tren. El tren resopló una nube de vapor, como un agotado corredor maratoniano que hace un descanso antes de volver a poner en marcha. Subí al vagón y dejé mi maleta y mi sombrero en mi asiento antes de dirigirme al vagón restaurante. Mientras caminaba, revisé mis anotaciones sobre el mal augurio que había presenciado. Entrecerré los ojos por mi clara miopía, intentando leer lo que había apuntado, hasta que me resigné y cogí mis gafas Quevedo para intentar tener fresco mi propio recuerdo. El vagón restaurante estaba poco concurrido, lo cual era normal porque el tren aún no se había puesto en marcha, y encontré al barman lavando un vaso con un impoluto paño de manera metódica.

—¡Ah! Señor Johnson, que sorpresa verle por aquí —dijo el barman con una deslumbrante sonrisa.

—Estoy tan sorprendido como tú, querido amigo —dije mientras tomaba asiento.

—¿De nuevo a las andadas? —preguntó con delicadeza.

—Eso me temo. Uno puede elegir dejar este trabajo, para rara vez el trabajo deja a uno en paz —dije pasándome la mano por el pelo escaso y canoso. ¿Cuándo me había hecho tan viejo? Me atusé mi afilado bigote como una forma de intentar recordarme joven.

—Me alegra que haya vuelto, señor Johnson —dijo el barman con diplomacia —. ¿Me dice su augurio?

—Ah, sí, perdona —respondí volviendo a colocarme las gafas y mirando mis notas —. Un llanto infantil, un nenúfar podrido y… ¿Qué pone aquí? Cinco… ocho gotas de agua golpeando sobre una piedra.

El barman sacó un grueso libro forrado en piel y con las marcas del uso habitual. Consultó una extensa lista de augurios mientras iba asintiendo lentamente.

—Tenemos el nenúfar podrido. Un espíritu japones en tierras extranjeras. Por aquí… —dijo pasando las hojas del libro rápidamente — tenemos las gotas de agua. Aunque solo habían llegado a dos.

—¿Qué quiere decir? —pregunté con curiosidad.

—Burbuja temporal. Pensamos que cada gota representa una década adelante o atrás.

—Bueno, mientras sea una burbuja temporal tampoco hay problema. Estará aislado. ¿Pone qué clase de Yōkai será?

—Si está fuera de Japón quizá haya perdido su identidad —respondió el barman encogiéndose de hombros.

—Bueno, habrá que improvisar —dije levantándome y dejando un doblón de oro sobre la mesa.

—Por cierto —dijo el barman interrumpiendo mi marcha —. En el libro no dice nada de un llanto infantil.

Me giré hacia él y asentí con una confianza que había comenzado a perder. Era extraordinario recibir un augurio con tantas señales, pero de nada valía si las señales eran poco claras o no teníamos constancia de ellas.

El tren comenzó a arrancar perezosamente. Llegué a tiempo a mi asiento antes de que comenzara la aceleración impulsada por magia arcana. Cruzaríamos el Atlántico por el fondo marino. Los nazis serían incapaces de detectarnos a esa profundidad. El camino entre Inglaterra y Estados Unidos era un viaje relativamente breve, pero duraba lo suficiente como para preparar un plan de ataque. Estaba viejo y cansado, así que tendría que golpear como una maza y desear que funcionara.

En la llegada me esperaba mi cochero habitual, que me habló con la misma elegancia y reconocimiento que el barman del tren. Después de tantos años me había granjeado cierta fama y respeto. Me dejó junto a un callejón custodiado por la policía que intentaba apartar a la gente curiosa, aunque si se hubieran asomado no habrían visto nada fuera de lo habitual. Un simple callejón mugriento sin más. Pero si mirabas con ojo experto, se podía percibir una delicada vibración en una de las paredes. Ahí solían esconder los monstruos sus nidos. Dispuestos en la normalidad de la ciudad y sin ser percibidos. La mayoría optaba por abrir una dimensión de bolsillo, o quizá un portal a algún páramo agradable para sus estándares. Una burbuja temporal con tantas capas era algo poco común. La atravesé mientras apretaba mi maletín contra el pecho y agarraba mi sombrero para evitar que se me cayera.

Cogí una bocanada de aire, con una mezcla de sorpresa y necesidad. Nunca había atravesado un muro tan denso como aquel. Me recuperé todo lo rápido que pude ante un posible peligro inminente. Miré a mi alrededor, con la intención de hacer un reconocimiento del lugar, pero me detuve al primer vistazo. En el mirador de una ciudad que parecía sacada de los relatos de Julio Verne, el Yōkai preparaba un caldo de olor embriagador en un pequeño puesto de madera a la sombra de una noche estrellada y bajo los ojos de Orión. Avivaba la llama con su propia mano mientras el fuego chisporroteaba también en sus ojos y en su coronilla. No fui capaz de reconocer su especie. Su cuerpo era traslucido y su rostro parecía una máscara ceremonial de madera vieja. Sus ojos llameantes se apagaron con un chasquido y sus cuencas huecas se giraron hacia mí. Lancé mi maletín al suelo y, con un movimiento practicado durante décadas, lo abrí de una perspicaz patada. Agarré algo de raíz de hinojo y de soja clarificada con carbón. Introduje la raíz en el matraz de la soja y me dispuse a lanzárselo a aquel monstruo.

—Señor Johnson. Puede sentarse antes de asesinarme si lo desea —dijo con una voz grave, ominosa, pero a la vez entrecortada… como si estuviera perdiendo la señal de alguna suerte de transistor. Me senté claro está, aunque con mi granada mágica apretada en mi mano —. Siento haberle convocado así, pero mi tiempo aquí está llegando a su fin —dijo mientras removía el caldo con un cucharon de madera. Lo olió durante un momento, acercando el aroma con un movimiento de una de sus traslúcidas manos.

—¿Convocado? —pregunté con notable confusión.

—Uno aprende algunos trucos después de algunos miles de años —dijo el Yōkai con lo que parecía una sonrisa tras aquella máscara de madera. Comenzó a servir un bol de aquel caldo claro y humeante. Le añadió algunos ingredientes más: unos gruesos fideos hervidos, verduras al dente y un huevo en su justa cocción. Me lo colocó enfrente con elegancia.

—No necesitaba que me molestaran. Estoy retirado —dije con cierto enfado.

—Precisamente porque está usted retirado. Creo que es el único de la organización que ha llegado a hacerlo.

—Así que te marchas y quieres que arregle este despropósito —dije señalando a mi alrededor, refiriéndome a la burbuja temporal —. ¿Acaso me ves cara de barrendero? —dije apretando mi granada de soja e hinojo.

—Ojalá fuera tan sencillo —dijo el espíritu flotando a un lateral de su pequeño puesto, recogiendo una cesta de mimbre tapada con una manta y poniéndola sobre la mesa. Destapó la cesta y ahí estaba tú, pequeño. Un niño desubicado en el tiempo. Humano, pero con esencia del otro lado. Enfermo, pero indestructible y con un destino oculto hasta para los ojos más ducho.

—Vaya, papá. Solo te he preguntado de donde venían los niños —dijo Morrocotudo Johnson.


Nota del autor: Podéis leer toda la saga de «Morrocotudo Johnson» Justo AQUÍ

¡Feliz lectura!

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