Maravillas en la granja

Un granjero besaba a su esposa con una tranquilidad férrea. Era ese tipo de calma voluntariosa que surge de una fe inquebrantable en que todo transcurrirá como es debido, como suele pasar, como sería previsible y tolerable. Nada parecía contradecirlo según repetía las tareas que acostumbraban a ocupar su tiempo, siempre en el mismo orden y ejecutadas de la misma manera. Cuando se quiso dar cuenta ya estaba dirigiéndose al huerto rastrillo en mano.  

No había nubes en el soleado cielo que cubría al granjero. Ni un atisbo de preocupación en su afable cara bronceada. Canturreaba mientras removía la tierra con un ocasional chasquido de dedos para darse ritmo, como la criatura puramente cotidiana que adoraba ser. Qué inoportuno fue aquel bulto borroso que atisbó en el horizonte, saliendo por entre los enormes troncos del bosque que bordeaban el pueblo. Un sacrilegio en el santuario de aquel hombre miope, que apenas podía adivinar a qué venía la interrupción.

Se andaba cubriendo del sol haciendo visera con la mano, pero aun así le sorprendió ver frente a su figura perfectamente corriente una bruja de pactos enana y agotada, que cargaba sobre su bastón de madera el despojo pálido que quedaba de lo que había sido hace horas una peligrosa asesina a sueldo.

¿Qué haces aquí fuera? La voz del granjero no sonaba como solía, era más áspera y profunda, pero allí nadie se dio cuenta. La bruja jamás había conocido otro registro suyo y la sicaria se encontraba demasiado inconsciente como para plantearse siquiera si ese era su tono de voz habitual. Su cara también había cambiado. Su gesto era estricto inequívocamente, puede que algo más, quizás amenazante sea la palabra.

Cumple tu pacto de lealtad, bruja maldita, continuó. Pero las palabras parecían caer sin nadie que las recogiese ni quisiese contestarlas. En su lugar, la pequeña maga sacó sus brazos cubiertos de finas líneas negras y extendió sus garras hacia él. En susurros graves y cifrados comenzó a conjurar sin pausa, arrancando una mirada de terror de la cara iracunda del granjero. Éste las dio la espalda y corrió desesperadamente hacia su casa, donde su mujer se encontraba ajena a toda magia o cualquier otro tipo de locura. Corrió con todas sus fuerzas, pero no fue suficiente.

A medida que las palabras precisas eran pronunciadas, con la fría crueldad que rezuma la venganza, el cielo comenzó a oscurecerse. La asesina gemía mientras sus heridas se cerraban poco a poco y su piel recobraba el color. Lejos, en la casa, la esposa del granjero parecía desvanecerse como un fantasma. Su silueta, cada vez más translúcida, se balanceaba mientras barría alegremente el suelo de madera. Cuando la bruja hubo terminado y se hizo el silencio, en la vida del granjero solo quedaban una casa vacía y un cielo encapotado.

La sangre goteaba por la piel de la hechicera tras dibujarse en ella las runas del nuevo pacto. Permanecía en silencio, estática, exhausta como para sentirse aliviada y sucia como para sentirse victoriosa. A sus pies había caído la sicaria en algún momento del conjuro y se palpaba confusa el cuerpo buscando lesiones que ya no estaban. ¿Qué has hecho? No había nerviosismo en su voz, tan solo una curiosidad feroz. La bruja tardó unos segundos en contestar.

Ya soy libre, dijo.

Relato de rakelmforero.

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