This flight tonight

Ilustración de freeillustrated

Se paró en una gasolinera a repostar, y por un momento se preguntó si seguir adelante. Las dudas no la habían asaltado cuando planeó robar las llaves del coche de su padre para huir de casa, ni tampoco durante todo el tiempo que había tardado en ahorrar un pequeño fajo de billetes para financiar su fuga. 

Esa madrugada se había deslizado hasta el garaje en la hora de la noche en la que todo estaba ya en silencio, y lo había hecho con pleno convencimiento y dispuesta a dejar todo atrás. El único testigo de su fechoría fue el farol que colgaba sobre la puerta de la casa. Un farol que emitía una luz mantecosa y febril, y que sus padres mantenían siempre encendido durante la noche para disuadir a posibles visitantes nocturnos de hacer acercamientos indeseados a su hogar (atraía, eso sí, a unos cuantos insectos). Esta vez, sin embargo, el farol sirvió para iluminar el camino de su huida. El inicio de un ansiado nuevo capítulo, a miles de kilómetros de distancia, con otro nombre y otro aspecto, con la esperanza de encontrar algún trabajo y empezar una vida como quien estrena un vestido. Llevaba horas conduciendo, siempre hacia el oeste, y todo había ido según lo esperado.

Pero ahora, mientras rellenaba el depósito de combustible, se dio cuenta de que estaba tensa. Tenía la sensación de que no estaba yendo lo suficientemente rápido, a pesar de que era la primera parada que hacía en lo que llevaba de trayecto. En lugar de actuar como si tuviese todo el tiempo del mundo, como si se hubiese liberado de una opresión que la había mantenido atrapada durante un período tan largo como su vida, se sentía dominada por una prisa injustificada. Sus pensamientos bullían acelerados, y su corazón latía como si estuviese enfermo de impaciencia. Le resultaba frustrante no encontrarse tan complacida como imaginó que debería sentirse llegado ese momento. Al fin estaba poniendo en práctica lo que siempre había deseado, pero era como si eso fuese insuficiente. Tenía la impresión de que aquello que perseguía huía de ella a una velocidad mayor de la que ella estaba empleando en perseguirlo. Algo no iba bien y no sabía qué era. 

Había anhelado una fuga así desde hacía mucho tiempo. Recordó su primer intento, tras una discusión de niños con su hermano; se había marchado de casa a los ocho años con la firme determinación de no volver. Aquella aventura no duró mucho. Ni siquiera llegó a salir del pueblo. En cuanto tuvo hambre y comprobó que no llevaba encima dinero ni para comprarse una bolsa de chucherías, volvió a casa. Sus padres no habían sido conscientes de su intento de fuga, y ella se prometió que lo volvería a intentar en algún otro momento. Fue a los catorce años, echando mano de su bicicleta y de una mochila con provisiones. Pero volvió a ser un fracaso. Recorrió varios kilómetros antes de que a sus piernas comenzasen a fallarle las fuerzas. Cuando se encontró en medio de la nada, extenuada, y con el frío del atardecer presagiando una experiencia nada apetecible, prefirió desistir. Tuvo que volver a casa en un autobús de línea, y tragarse un nuevo fiasco en sus aspiraciones. Al menos, en esa ocasión tampoco había regresado tan tarde a casa como para tener que dar explicaciones.

Ahora, tres días después de su vigésimo primer cumpleaños, y once horas después de haberse fugado de casa, se subía al coche que le había robado a su padre y se disponía a continuar la fuga que mejor había preparado nunca, y la que más lejos había llegado. ¿Pero entonces por qué sentía ese desasosiego? ¿Acaso había arraigado en ella con tanta fuerza la osada obstinación de una niña de ocho años como para embarcarse de forma tan reiterada en la realización de un capricho propio de la inmadurez? ¿O realmente estaba intentando satisfacer un deseo que respondía a una necesidad genuina? Incluso el espejo retrovisor le lanzaba lo que se podía interpretar como un mensaje de ánimo. “Los objetos en el espejo están más cerca de lo que parece”, decía la frase impresa con letras negras junto al borde inferior. Se inclinó hacia afuera para ver su propia imagen reflejada tras el mensaje. Se había vestido igual que una chica que había visto en una revista. Llevaba un conjunto texano que la invitaba a pensar que podía conquistar cualquier cosa que se le antojase. “Estás más cerca de conseguirlo de lo que crees” le decía el retrovisor, jugando a ser una especie de espejo mágico pero de una clase que solo comunica mensajes positivos. Era de agradecer la buena intención de esa frase tatuada sobre el cristal pulido. Pero la verdad es que se había instalado ya en ella una semilla de duda.

Giró la llave del contacto y volvió a la carretera de nuevo. Las horas transcurrían con parsimonia igual que lo hacía paisaje ante sus ojos. Condujo de nuevo sin pausas hasta que llegó al final, y detuvo el coche frente a la entrada de la casa. Todo estaba oscuro otra vez, salvo por la esfera de luz sebosa que el incombustible farol continuaba emitiendo. A los ocho años le había fallado el dinero, a los catorce le había fallado el medio de transporte, y ahora… ¿qué era lo había fallado ahora? Ojalá lo supiese. La puerta se abrió y los rostros de sus padres aparecieron con una expresión que, sumergida en aquella burbuja de luz pálida, aunaba a un tiempo rasgos de preocupación y de enfado. Esta vez no iba a poder evitar una conversación sobre lo que acababa de hacer. Apagó el motor. Y mientras bajaba del coche, su mente trataba de construir alguna historia que resultase más convincente que la verdad.

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