Rasguño

La ilustración es de Melania Badosa
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¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Nos mudamos a nuestro nueva casa con los aires de primavera. Era un lugar tan amplio como nuestro amor. Llenamos cada rincón con nuestra felicidad, pues carecíamos de los medios necesarios para vestir la casa de hogar. Teníamos tantas habitaciones que las conversaciones siempre marchaban por los derroteros de tener descendencia abundante y rebosar nuestros corazones con ellos. No voy a negar que era reticente a ello. Apreciaba la libertad que nos brindaba el único sustento de nuestro amor, pero por las noches se me reblandecía el corazón con las palabras susurradas de mi mujer. Su sonrisa se ocultaba en el juego de sábanas y su piel alimentaba mi ansia de felicidad. Pero llegaba la noche cerrada, lugar donde mi soledad se veía acompañada por la respiración calmada de mi esposa. Las vigas viejas crujían y me hacían abandonar nuestra cama en busca de la calma que jamás encontraba. Bajaba por las escaleras, con los pies desnudos para poder dar pasos furtivos y mis manos siempre encontraban aquel desperfecto en la pared. Un rasguño profundo que cada día tapiaba. Llenaba aquel recoveco con masilla, con cemento enfoscado, con espuma densa… pero cada noche, mis manos volvían a toparse con aquella grieta. Notaba la humedad de aquella herida abierta en nuestra casa y una corriente cálida me respiraba en la palma. Me quedaba frente aquel rasguño durante largas horas. Acariciaba sus rizados labios con la intención de averiguar su naturaleza, pero el sueño me atrapaba y se me agarraba a las piernas y hacía que me picaran los ojos. Volvía a mi cama con pasos inintencionados y caía cautivo del sueño más incómodo que jamás he tenido. Entre la bruma podía escuchar la respiración calmada de mi esposa y también la húmeda y pesada respiración de la casa.

Durante el día volvía a llenarme de gozo junto a mi esposa. La madera del suelo se calentaba por el sol que se colaba por las ventanas y planeábamos nuestro futuro sentados en el suelo mientras comíamos fruta de temporada y pan caliente con mantequilla. Pero cada día que pasaba, la falta de sueño me fue desgastando el humor. Empecé a ser olvidadizo y a no estar atento a la conversación. Llegó el invierno y con él, las noches tempranas. Los grajos colonizaron el árbol centenario de nuestro jardín, ahora desnudo por el frío. Lo vistieron con plumas negras y picos afilados. Mi esposa notó mi cambio de humor y temperamento. Me sentaba en las escaleras, contemplando disimuladamente aquel rasguño en la pared. Me fui consumiendo lentamente. Mis huesos se dejaban notar a través de mi piel y una barba rala y descuidada me cubrió la cara. Las ojeras moradas me maquillaron el rostro pálido y los escalofríos eran el único movimiento recurrente y enérgico de mi cuerpo. Me arrastraba hasta nuestra cama y llené aquella habitación con el hedor a enfermedad. Ella hacía guardia en un sillón incómodo, custodiando mi sueño como un ángel dorado. Pero siempre acababa por caer rendida y yo podía arrastrarme con penuria de nuevo hasta aquel rasguño. Susurraba en aquella grieta palabras de amor indeleble. Quería que me arrebatara todo lo que me separara de su cálido aliento, de su consuelo más sincero. Quería que me tragara y devorara mi carne para convertirme también en aliento. Y entonces me respondió. Me respondió también con su amor correspondido y su hambre. Quería liberarse y volar con las alas de los grajos y besarme con los labios de mi mujer. Quería anidar en mi pecho y contemplarme hasta la ceguera.

Y eso hice, agentes. Aunque me veáis ahora consumido, ya estoy mucho mejor y siento su amor en cada rincón de esta casa. Ya no oigo su aliento en aquella grieta en las escaleras, sino en el cuerpo de mi mujer sentado en ese sillón. Los grajos se dejaron atrapar como si yo fuera un pastor de aves y mi esposa no puso pega alguna cuando arrimé los grajos a su boca. Se los tragó hasta darles un hogar en sus entrañas. Sus ojos descansan en el primer cajón de la mesita de noche. Los quiere reservar para contemplarme a mí y solo a mí. Así que todo está bien ¿Cómo puedo estar loco? ¿No ven que simplemente es amor?

El primer párrafo del cuento está sacado directamente de «El corazón delato» de Edgar Allan Poe.

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