La falsa coleccionista

La ilustración es obra de Margarita Martínez, a quien podéis seguir en Instagram y Behance.

Antes de conocer la verdadera historia de la joven Jara, la no tan joven Fermina había cometido la equivocación de tomarla por una coleccionista. Este tipo de error era muy extraño en Fermina, ya que acostumbraba a intuir en tiempo record, y con abrumadora precisión, la personalidad de quienquiera que se dejase ver más de una vez por sus dominios. Había desarrollado esta habilidad tras años regentando una coqueta tienda donde vendía una variedad tan amplia de plantas que unos ojos inexpertos la tomaría por infinita. Esos eran sus dominios, los pasillos de una tiendita que había sobrevivido a décadas de cambios en el paisaje urbano, y que se mantenía, incólume, en el mismo lugar y con el mismo aspecto de siempre, sin más cambios que los obligados para reponer las existencias de plantas. Era una especie de refugio que ofrecía a diario una muestra de lo bello que podía ser el mundo, y donde Fermina reinaba con habilidad experta e imbatible.

La primera vez que Jara entró en la tienda, Fermina no sabía absolutamente nada de ella, como era lógico. Se limitó a observar su comportamiento con la esperanza de obtener alguna pista acerca de sus inclinaciones en materia de floricultura. Hacía eso con todas las personas que entraban en su establecimiento: las dejaba merodear sin acercarse a ellas ni atosigarlas con sugerencias o recomendaciones. Les concedía tiempo y espacio mientras ella se formaba su propia idea sobre la persona en cuestión, al tiempo que iba hilvanando una estrategia de ventas para intentar convertir esos visitantes casuales en clientes recurrentes.

Sin embargo, Jara desafió las habilidades detectivescas de Fermina más de lo que nadie había conseguido hasta entonces. Poca cosa pudo concluir de esa primera visita de Jara. Se trataba de una muchacha aparentemente retraída. Había hecho contacto visual para saludar silenciosamente al entrar, con su mirada quebrada y su rostro prieto. Después, se paseó durante un buen rato entre los estantes, oliendo algunas flores, tocando con meticulosa delicadeza otras, pero siempre manteniéndose a una distancia prudente del resto de la gente. De repente, apareció junto al mostrador desde donde Fermina observaba. Llevaba una maceta de margaritas que pagó con aséptica presteza y sobrio protocolo. Acto seguido, se marchó sin más demora, dejando a Fermina sin la posibilidad de intercambiar alguna palabra.

Esto limitó notablemente las habituales maniobras que Fermina solía llevar a cabo. A diferencia de lo ocurrido con Jara, con otros clientes sí había podido intuir desde el inicio cuál era el botón que necesitaba pulsar para que sus intereses mutuos se alineasen, y terminar entablando una provechosa y fructífera relación para todas las partes (especialmente fructífera para la cuenta de beneficios del negocio). Pues “el cliente a quien Fermina embelesa, siempre regresa”.

Entre los éxitos de los que Fermina se sentía más satisfecha podríamos citar el caso de Juliana, y como a Fermina le bastó intuir el uniforme de cocinera que asomaba bajo su abrigo para entender que las plantas comestibles iban a ser sus favoritas. Hoy en día Juliana nunca se va de la tienda sin llevar consigo un poco de anís, eneldo o vainilla. El caso de Diana no es menos reseñable. Las ínfulas que demostró el día de su aparición convencieron a Fermina de que tenía que recomendarle el tipo de flores que más atraen a los insectos. Era evidente que deseaba ser el centro de atención y no le importaba ser rondada por bichería de toda índole. Aunque, por supuesto, después era estrictamente exquisita para decidir quién estaba al nivel que su altanería requería y quien no. Así y todo, Fermina consiguió con mucho mérito cultivar en ella una gran afición por los dedales de oro, las zinnias o las lavandas, entre otras. Luego estaba Adrián, un caso perdido. Era incapaz de mantener vivas las plantas que se llevaba de la tienda, pues su mente dispersa y atolondrada siempre hacía que tarde o temprano se olvidase de regarlas. Así que Fermina encontró en él a alguien ideal para dar salida a su catálogo de cactus.

La segunda visita de Jara se desarrolló siguiendo el mismo guión de la primera, con la única salvedad de que salió de la tienda con unas buganvillas en lugar de las margaritas de la anterior ocasión. Fermina dedujo entonces que Jara debía ser una especie de coleccionista, pues tenía trazas de primar la variedad por encima de cualquier otro particular. Así que, previendo una futura visita, cambió el orden en algunos de los estantes para dar mayor protagonismo a las flores que Jara no había visto aún con tanto detalle.

En la tercera visita consiguió Fermina al fin trabar conversación con la huidiza joven, aunque hay que admitir que la casualidad jugó un papel más decisivo que el don de gentes del que Fermina tan orgullosa se sentía. Aprovechando un momento en que se había quedado mirando unas jaras, Fermina se aproximó con paso ágil y silencioso para preguntarle “¿Qué te parecen estas jaras? Serían todo un acierto para el alfeizar de tu ventana, si estás buscando algo de ese estilo”. Jara, como primera impresión, se sorprendió de que supiese su nombre alguien con quien hasta ese momento apenas había hablado. Pero enseguida se dio cuenta de que Fermina se estaba refiriendo a las flores, y entonces no pudo reprimir la carcajada. Ese día Jara se quedó con aquellas jaras y Fermina se quedó más satisfecha con la breve conversación surgida en torno a las flores que con el ingreso derivado de su venta. Aunque el hecho de obtener ingresos de las ventas nunca es algo que vaya a hacer infeliz a Fermina, de eso no hay duda.

En la siguiente ocasión que Jara visitó la tienda, a Fermina se le presentó una disyuntiva irresoluble. Si esta vez Jara escogía una planta diferente, reforzaría la idea de que era una coleccionista, pero también significaría que la recomendación de Fermina no había tenido el éxito esperado. Y si escogía de nuevo las jaras, siguiendo la recomendación de Fermina, pues entonces la hipótesis de que se trataba de una coleccionista no se podría seguir sosteniendo. En cualquier caso Fermina se enfrentaba con una incómoda verdad: su forma de juzgar a la gente no era infalible. Y en esta ocasión, cualquiera de las opciones implicaba al mismo tiempo un acierto y un desacierto por parte de Fermina.

Al final, las jaras fueron las opción elegida. Jara repetía ramo y, por tanto, Fermina tuvo que descartar que se tratase de una coleccionista. Además, en esta ocasión sí que habló Jara con profusión, hallándose ya más cómoda y en confianza con Fermina. La verdad sobre Jara era que vivía con una gata, y que esa gata tenía la indeseable costumbre de emprenderla a dentelladas con cualesquiera que fuesen las flores que Jara llevase a su casa para decorarla un poco. Cada vez que arruinaba un ramo, Jara probaba con flores diferentes la siguiente vez, pero la historia siempre se volvía a repetir. Hasta que llevó las jaras. Con las jaras la gata ni se había inmutado. Por algún motivo, resultaron ser las únicas flores que no sufrían los arrebatos gatunos de su compañera de piso.

Fermina se rió mucho con la anécdota relatada por Jara, y ambas compartieron teorías para explicar el proceder tan enigmático del animal. A saber:

  1. Dado que las flores tenían el mismo nombre que su dueña, la gata había consumado una magnánima muestra de respeto hacia su ama al dejarlas intactas; aunque esta teoría implicaría aceptar que los conocimientos de botánica y de lenguaje que ostentaba esa gata eran incluso superiores a los de algunos seres humanos.
  2. El ansia devoradora de la gata había decaído de repente, y simplemente había sido causalidad que se hubiese manifestado tras la llegada de las jaras; aunque para confirmar esta teoría habría que volver a poner al alcance de sus colmillos alguna de las flores que ya habían sufrido sus ataques con anterioridad, y ver si reaccionaba de la misma manera.
  3. Todas las flores constituían un remedio eficacísimo contra el mal aliento, excepto las jaras, que o bien eran completamente inocuas para ese propósito o bien actuaban justo al contrario que las demás y fomentaban directamente el mal aliento.

Jara se despidió tras un buen rato de cháchara, aunque prometió volver a por más flores en el futuro. Y Fermina no pudo evitar que la sensación de triunfo que sentía no fuese tan auténtica como la que había experimentado con otros clientes. Después de todo, la relación con Jara había sido más cosa de la suerte que de su pericia de experta florista. Así que quizá debería empezar a plantearse que sus tácticas y estratagemas no eran tan macanudas como siempre había creído.

Se preguntó Fermina qué pensaría de sí misma si fuese ella la que entrase en la tienda. ¿Qué pensaría la Fermina florista, acodada tras el mostrador, al ver a esa otra Fermina aparecer y deambular entre los coloridos pasillos que con tan buen tino había decorado? ¿Qué recomendación le haría para intentar captarla? Solo se le ocurrió pensar en una planta carnívora. En realidad se veía como una planta carnívora, intentando atraer insectos todo el rato para abrir sus fauces y atraparlos de forma inmisericorde. Y, para su sorpresa, era una recomendación que no le gustaba. Si alguien se lo hubiese propuesto, hubiese rechazado la idea, a pesar de que en el fondo reconocía que era lo que mejor encajaba con ella…

Se hubiese quedado enredada en ese bucle de pensamiento durante horas si no fuese porque alguien acababa de entrar en la tienda. Era un hombre alto y desgarbado que parecía tener cierta afinidad con las plantas silvestres. Así que Fermina se sacudió, saludó con ensayada afabilidad desde el mostrador, y se quedó observando con disimulo pero voluntad implacable.

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