Gatete

La ilustración es de Agü Black
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Despertar siempre era lo peor. Dormía en un agujero en la pared, sobre una rejilla de metal y tapado con una manta que se había fabricado con retazos que se había ido agenciando con los años. De cojín, una mullida piedra. No había más. A pesar de que era bajito, tenía que dormir encogido en posición fetal y cuando el ralentí le despertaba, se dejaba caer de morros al suelo. Se levantaba como un resorte y procedía a realizar el concierto para solista de crujidos de articulaciones. Estiiiiiiraba y contraía haciendo sonidos de esfuerzo y satisfacción. Nunca había podido tocarse la punta de los pies con las manos y el barrigón que se le había ido instalado con el tiempo, no le ayudaba en nada. Se atusaba el bigote frondoso y canoso, se peinaba los mechones de la nuca y se palmeaba la calva para terminar de despertarse. Hora de trabajar.

Puede que ahora los nuevo modelos vinieran con encendido eléctrico, pero el suyo ya pecaba de vejestorio. Abrió una tapa, la cual hizo un quejido por la oxidación, y descubrió el motor. Apoyó el pie y tiró de la cuerda. Siempre gripaba cuando hacía frío, pero hoy parecía que era un día de suerte y ronroneó como nunca. Poco a poco se fue encendiendo el sistema, los inyectores se movieron ganando velocidad y las bombillas desnudas parpadearon hasta quedar encendidas. Vaya cochambre. Estaba todo lleno de goteras y no había ni un solo rincón acogedor o meramente bonito. Todo pura utilidad. Suelos de rejilla metálica, paredes de hormigón sin pintura, sistema eléctrico y de agua agarrado al techo y a la vista para facilitar las reparaciones. Suspiró mientras se rascaba la frente. Con la uña del dedo pulgar, hizo una muesca en una pared junto a un montón de muescas más. Era la mejor forma de contar los días, rigiéndose por su horario estricto que le permitía dormir las horas óptimas. Dieciséis horas repartidas convenientemente en siestas y descansos más largos. Nunca eran suficientes, pero había que trabajar y no podía hacer otra cosa.

Mientras la instalación terminaba de arrancar, el sonido grave de un latido, parecido a un bombo, inundó todo. Tenía que llegar a la cabina antes de que terminara el encendido, no había tiempo que perder. Subió por unas resbaladizas escaleras verticales y se llevó tal susto que casi las desciende de morros.

—¿Qué carajo? ¿Quién eres? —dijo el operario veterano con el bigote encrespado por el susto.

—¡Ah! Hola, soy Bsbs… —dijo un muchacho joven que le miraba con jovialidad. Esa mirada dio paso a la confusión —¿No le avisaron que vendría?

—No, muchacho. A mí no me avisan nunca. ¿Qué haces aquí?

—Pues soy el alumno en prácticas y yo… ¡oh! —Bsbs se levantó del asiento con rapidez, se cuadró e hizo el saludo militar —. ¡Piloto Bsbs se presenta al primer servicio, señor!

—¿Eres militar? —dijo el veterano mientras intentaba volver a peinarse el bigote.

—¿Usted no?… ¡¿Usted no, señor?!

—La última vez que lo miré, no. ¿Desde cuándo los pilotos son militares?

—Hay una guerra abierta. ¡Ratas y Halcones, señor!

—Para con eso de “señor”, me estás incomodando mucho. Llámame Purr

—Sí, señor Purr.

—El señor Purr es mi padre.

—De acuerdo, colega Purr —dijo Bsbs sonriendo.

—Tampoco te pases —dijo Purr levantando las cejas mucho.

—Perdón —dijo Bsbs encogiéndose notablemente.

—A los mando, Bsbs ¿Has conducido alguna vez uno de estos? —dijo Purr sentándose frente a los controles. Bsbs se le unió y miró cada botón ojiplático.

—No, pero vi uno en un museo y lo… ósea ¡no! No digo que sea viejo ni nada, es decir ¡No, señor! —dijo Bsbs muy incómodo.

—Tranquilo muchacho. Sé que Lola no está en su mejor momento, pero aún puede dar guerra —dijo Purr acariciando los mandos.

—¿Vamos a entablar combate, señ… coleg …Purr?

—Cada día es un combate, muchacho. Vamos a por comida —dijo Purr empujando los mando hacia delante —Ve tomando notas y, si te portas bien, te dejaré llevarla un rato. ¿Has traído una manta?

—No ¿una manta? —preguntó Bsbs confuso. Purr solamente se rió.

La gata Dolores salió de su escondrijo entre cartones. Tenía cicatrices por todo el cuerpo, ya no escuchaba tan bien, ni veía con claridad. El olfato, sin embargo, lo tenía finísimo. Cuando vives en la calle, es importante espabilar. Se encaramó a la ventana de un salto y olisqueó en busca de una presa. Algunos pequeños mamíferos pensaban que las noche los amparaba. No sabían lo equivocados que estaban.

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