El puerto del bosque

La ilustración es de Beatriz Rebollo
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En un bosque sin nombre de Europa había un puerto. Estaba construido entre las ramas de los gruesos árboles, escondido tras pasar un túnel natural. La vegetación parecía cuidada en aquella parte del bosque, los caminos estaban delimitados y algunos puestos de comida humeaban a pesar de estar desiertos. Cruzó ese túnel al atardecer y por pura curiosidad, hacía poco que se había mudado a la ciudad para intentar empezar desde cero y el aroma de la comida era tan seductor… luego tendría tiempo para pagar. Baba Yaga lo maldijo por tomar lo que no era suyo, por comer la comida destinada a los dioses.

Cuando cayó la noche y se lo llevaron a las cochiqueras, pudo ver a las sombras tomando consistencia. Sus escoltas eran una mezcla de humanos y castores, pero esas sombras…esas sombras parecían los dioses. Algunos ocultaban su rostro tras máscaras de madera o sus cuerpos bajo telas recias. Caminaban con calma calculada mientras subían al puerto entre los árboles. Baba Yaga era la anfitriona, los recibía con una sonrisa metálica de vendedora mientras sus subalternos se afanaban en agujerear los billetes. Desde su jaula, vio a la bruja sorber disimulada por su nariz azulada. Entre reverencias, sacó un mortero que amplió con un movimiento de muñeca y la vio remar hasta su despacho, presidiendo el propio puerto.

Imploró por su vida, pero sus gruñidos se mezclaron con los de otras víctimas de la trampa de la bruja. No cesaría de intentarlo, a pesar de que aquellos extraños humanos-castores lo ignoraran, ocupados en acomodar a los dioses, en mantener la limpieza en cualquier pequeño rincón. El puerto era tan amplio como para mantener a centenares de dioses en habitáculos personales. Un techado para alejarlos de la molesta luz nocturna, viandas en buenas cantidades e incluso algún espectáculo de variedades en tono moderado. El barco arribó a puerto.

Si alguna persona hubiera estado en el puerto, entre las copas de los árboles hubiera visto aparecer una suave distorsión, como las ondas típicas del agua. Habría visto primero unas extrañas luces hasta que el barco hubiera sido visible. Una embarcación plana, de dos plantas, llena de farolillos atracó frontalmente en el puerto. Dejó caer suavemente un puente levadizo y los dioses comenzaron a embarcar. Los trabajadores se afanaron en acomodarlos y los despidieron al partir a unas merecidas vacaciones a unos exóticos baños termales.

La oficina de Baba Yaga se levantó sobre unas gigantescas patas de pollo y se marchó para solucionar un problema logístico con uno de los barcos. No podía permitir que los piratas asaltaran sus embarcaciones, sería algo inaceptable para el negocio. Pidió a una de esas extrañas personas con facciones de castores que le tuviera lista la cena para cuando regresara. Los vio llegar y les gritó como un loco, primero de pena y luego de rabia. Ojalá en ese extraño bosque sin nombre hubiera habido una niña valiente que le hubiera salvado.

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