En las ruinas de Telsanut


La ilustración es de Patricia Casarrubios (Patcas)

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En las ruinas de la antigua ciudad de Telsanut golpeaba el calor. Las excavaciones se cobijaban bajo algunas sombras artificiales, apuntalando las improvisadas trincheras que intentaban impedir el avance de las arenas. Descubrieron la cámara tras casi un mes de incesante trabajo, justo cuando el sol se ocultaba tras las dunas.

El equipo celebró el hallazgo con vino casero y una cena humilde pero llena de risotadas. Quizá empujadas con el alcohol o por la sincera felicidad de los descubridores. La gente se fue retirando, huyendo del frío nocturno. Las conversaciones se mantuvieron como rescoldos, pero todo acabó por quedar en silencio.

En la cámara recién abierta, Ankh-Amunet salió de su propia tumba. El sarcófago tenía cuatro capas, pero un ingenio de ruedas dentadas y poleas permitía abrirlo desde dentro, como un escarabajo al desplegar sus alas. La mujer aún notaba los aceites esenciales en su piel y un vacío en su caja torácica. Mientras Ankh-Amunet abandonaba la cámara funeraria, solo se oía el latido leve de su corazón dentro de una de las vasijas funerarias.

El desierto seguía tal y como lo recordaba. Indomable y engañoso. Mutable y voraz. El frío nocturno hizo tiritar a la mujer, hacía mucho que sus ropas ceremoniales se habían descompuesto, pero sonrío ante aquel escalofrío que llevaba tanto sin sentir. Recordando de manera consciente el cómo andar, se internó por los restos de Telsanut. Los recuerdos de sus compatriotas hicieron que otra de sus vasijas, la de la masa encefálica, vibrara de pura nostalgia. Su corazón lejano se aceleró y sus tripas rugieron hasta hacer peligrar la integridad del recipiente. Y entonces los vio.

Un numeroso grupo de hombres y mujeres habían ocupado las ruinas de su ciudad. Se guarecían en algo parecido a las jaimas y había un sinfín de objetos que era incapaz de identificar. Un carromato sin anclajes para los caballos, multitud de herramientas metálicas que deberían costar una fortuna, hasta una cocina con engranajes sin aparente utilidad. Ankh-Amunet se coló en una de las tiendas y se quedó un buen rato mirando a los invasores. Respiraban y se revolvían en sueños. Tocó a uno de ellos y pudo entrever un trazo de su sueño. Inhaló con la paz de los retornados. Se sentía una intrusa entre aquella sensación de vida que se derramaba en casa segundo que se dejaba atrás. Tendría que esforzarse para acostumbrarse al nuevo presente. Robó una humilde túnica y esperó.

Amaneció en las ruinas de la antigua ciudad de Telsanut. La momia de Ankh-Amunet descansaba cerca de la tienda, con los labios sellados para guardar los secretos del más allá. Los arqueólogos quedaron perplejos mientras que los oriundos del lugar huían asustados ante la evidente maldición que acababa de caer sobre el campamento. Nadie descubriría cómo había llegado la momia hasta las tiendas, como tampoco se explicarían la aparente frescura de los órganos en las vasijas canópicas. Y jamás conocerían el dolor de la retornada a la que se le negó su vuelta.

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