Un pañuelo en el viento

La imagen es obra de Pierre-Auguste Renoir

La mujer entró en la cafetería sin aliento. Llevaba un pañuelo en la mano y lo apretaba con fuerza. Pensó que ya no tenía edad para hacer según qué cosas. Eso de quitarle un pañuelo de la cabeza a otra persona y huir a paso ligero era más propio de niños que de alguien que tuviese los años que ella tenía. ¿Y cuántos años eran los que ya tenía? Pues los suficientes como para no recordar casi nunca la cifra exacta. En un momento como ese, después de haber escapado con tanto apuro tras hacerse con el pañuelo, y con el miedo de que alguien la pudiese haber tomado por una ladrona, su cabeza no estaba para pensar en nada que no fuese el recorrido que debía hacer. Su prioridad había sido no desorientarse durante el trayecto que siguiera hasta allí.

Había llegado hasta la puerta del establecimiento casi asfixiada. Aunque, si lo pensaba, tampoco tenía sentido tanto sofoco por el asunto del pañuelo. Al fin y al cabo estaba haciendo una buena obra. Mientras recuperaba el resuello echó una mirada al interior. La luz se colaba con dificultad a través de los amplios ventanales manchados por el polvo, otorgándole a la estancia una atmósfera algo apagada pero aún así cálida. El sonido de la cafetera se imponía de vez en cuando al alboroto que llegaba desde afuera, de una plaza que hervía de gente. Todo aquello le era familiar. A pesar de las prisas consiguiera acertar con el camino.

Despejó cualquier duda cuando reconoció a su hija sentada en una mesa al fondo. Estaba mirando su teléfono móvil, con ese aura de ausencia que a menudo envuelve a quienes sacan ese aparato del bolsillo para no quitarle el ojo de encima. Se sentó a su lado exhibiendo una satisfecha sonrisa.

—Hola niña, mira que he encontrado —dijo, como quien se sabe en posesión de una primicia capaz de captar la completa atención de cualquiera, al tiempo que dejaba caer el pañuelo sobre la mesa.

La hija alzó la vista del móvil y quedó desconcertada durante un instante, como si la cosa no fuese con ella.

—Es tu pañuelo, ¿no te das cuenta? —insistió la mujer.

Ella hizo ademán de querer hablar, pero no le salieron las palabras. Esbozaba una sonrisa tímida mientras miraba el pañuelo con curiosidad.

—Cuando venía de camino, me fijé en que lo llevaba otra muchacha por la calle. Pero este pañuelo es único, no puede haber otro igual. Lo hice yo misma a partir de un viejo vestido de tu abuela, ¿recuerdas? Así que se lo quité de la cabeza a esa ladrona, quienquiera que fuese, y me di prisa en venir aquí, para devolvértelo.

La mujer concluyó su relato con una carcajada entre avergonzada y triunfal. Pero la hija continuaba mirando el pañuelo con gesto dubitativo, con el recelo de quien se encuentra con algo inesperado aunque no del todo extraño. 

Esa mueca le trajo recuerdos a la mujer. Su hija no solía recibir con aprecio algunas de las cosas que ella le entregaba. En ocasiones había llegado a expresar un rechazo casi patológico. Sobre todo había ocurrido en el pasado, cuando se trataba de prendas de ropa usada o, como en el caso del pañuelo, de reciclar algo viejo para darle un nuevo uso. 

La mayoría de las veces, se trataba de remiendos que ella misma había cosido con sus propias manos, durante noches en vela con la aguja y el hilo, aprendiendo sobre la marcha las habilidades necesarias para llevar a cabo tales arreglos.

La mujer siempre había sospechado que esa manía de su hija se había debido a una voluntad innata de apartarse de las elecciones que una madre imponía a su hija, un impulso de rebeldía que se había manifestado de esa manera como podía haberse manifestado en relación con cualquier otro tema. Pero, durante años, había censurado esa actitud por considerarla un hábito indeseable. Puede que su hija no lo entendiese entonces, pero esos trabajos de costura caseros habían supuesto a la familia un ahorro muy importante en épocas en que las finanzas domésticas no habían ido bien.

Se sorprendió recordando de repente esas escenas. No comprendía por qué acudían precisamente esas y no otras. Se trataba de simples situaciones cotidianas que no habían sido especialmente memorables por nada en particular, aunque con el paso de los años habían terminado por conformar una extensa colección de pequeñas batallas cotidianas. Era como si esos recuerdos estuvieran codificados en ese trozo de tela que apretaba en su mano, y su memoria hubiese podido reproducirlos sólo tras haber recibido la combinación adecuada de estímulos. En primer lugar, haberse encontrado el pañuelo de una forma tan inesperada y extraña; y, acto seguido, la evocadora mueca de su hija al contemplarlo.

No le extrañó, pues, que su hija no se entusiasmase ante la recuperación del pañuelo. Pero ya no se lo reprochaba. No estaba tratando con una niña. Su hija era ahora toda una mujer, y su relación con ella se mantenía en otros términos. Ya no era una niña inquieta necesitada de cuidado y atención. Su relación era de igualdad, no de dependencia. O al menos así lo creía ella.

—Pero mamá, ¿se puede saber qué haces aquí? No hace ni cinco minutos que nos hemos marchado. ¿Cómo es que vuelves por tu cuenta y sin avisar, mujer?

No era su hija quien había hablado. La mujer se giró y descubrió que la voz procedía de otra muchacha que había aparecido a su lado. Su expresión era de enfado y tenía la respiración acelerada. La mujer miró alternativamente a las dos muchachas.

—¿Te estaba molestando? Es que a veces se desorienta —se disculpó la muchacha que acababa de llegar, relajando su incomodado rictus.

La miró con curiosidad. Tenía un aire familiar. Se parecía a su hija, aunque se la veía menos jovial, con un aspecto que emanaba cierto hálito de cansancio.

—No, no, qué va… No es molestia —respondió la joven desde el otro lado de la mesa, antes de volver a centrar su atención en el teléfono móvil.

La muchacha que acababa de llegar cogió a la mujer del brazo y se inclinó un poco para ayudarla a levantarse del asiento.

—Anda vamos, mamá. Me distraigo un minuto y huyes de mi lado, como una niña inquieta —dijo, adoptando ahora un tono más amable—. ¡Pero tienes tú mi pañuelo! —añadió con sorpresa—. Pensé que lo había perdido en la calle, con el viento que hace hoy.

La mujer se irguió mientras asentía tímidamente con la cabeza. Notó como el viento venía a su encuentro según salían por la puerta. Un golpe de aire recorrió el brazo con el que sujetaba el pañuelo. La ráfaga consiguió arrancar la tela de su mano, que voló hacia el cielo agitado por la ventolera, a merced de las corrientes que se colaban a cada poco en la estrecha calle. El pañuelo se contorsionaba entre repentinos soplos, alejándose cada vez más. Y sintió como si con él fuesen también sus recuerdos y memorias, barridos por una fuerza invisible e implacable.

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