Pera en almíbar


La ilustración es de Patricia Casarrubios (Patcas)

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La pera en almíbar es un postre exquisito. Por un momento, los crujidos de los fundíbulos desaparecieron, solo existía el dulce placer derramado. El monarca exprimía lo que sabía sus últimos momentos con plena consciencia. La vejez le había enseñado a valorar esos pequeños instantes. Sabía a hogar. Sus ojos velados por las cataratas distinguieron la figura de la reina madre al otro lado de la larga mesa, tan anciana como él, aún bella en su corazón.

Pasos metálicos se acercaban a la estancia, rompiendo ese momento íntimo.

—Padre, los trabuquetes han abierto brecha en las murallas.

—Creía que te habíamos dado una educación consecuente a tu posición.

—Perdona, padre. Los fundíbulos han abierto brecha en las murallas.

—Lo sé, hijo. Puede que los años hayan mermado mi vista, pero no mi oído. Repliega las fuerzas a la torre del homenaje. Podemos mantener una posición firme.

—Padre, nuestras fuerzas han desertado.

El rey notó un golpe bajo el esternón. Entre las vísceras. Justo en una zona indeterminada del organismo donde residía la moral del que se creía justo. Había conquistado, galopado, asestado golpes y vestido cicatrices. Pero también había reconstruido, escuchado y actuado. Tenía casi la certeza de que le recordarían por su sabiduría o su piedad. Había cargado el peso de todo un reino bajo unos hombros hoy cansados. Y ahora, nada. Ese peso había desaparecido. Se sentía flotar hacía la indeterminada libertad, rodeado por un reino derrocado.

—Alza tu espada, hijo. Protege a la corona y… que Dios esté contigo.

El príncipe tragó una respuesta demasiado sincera. Apretó las mandíbulas mientras se bajaba el yelmo y marchaba hacia la puerta de la estancia, presto para la defensa de su rey.

Los invasores entraron como el monzón. Pese a la desbocada locura que les impregnaba de la batalla, trataron a los ancianos reyes con deferencia. Al príncipe se le decapitó en reconocimiento al valor mostrado. La reina fue exiliada a un pequeño convento y al rey se le dio la elegante salida del veneno. El reino cumplió el luto antes de coronar al siguiente monarca.

Fue uno de los planes más complicados de elaborar.

La reina madre había cocinado las peras en almíbar como en casa. Había usado la misma receta que los llevó al trono.

Su hijo llegó al pantano el primero, tras cerciorarse de que su decapitación no había levantado sospechas. La reina fingió muerte por melancolía antes de unirse a él. Y el rey bebió la adormidera en presencia de la nueva corte. Escapar fue fácil debido a su tamaño real.

La familia de sapos volvió a casa. Habían aprendido que no debían mezclarse con los humanos, la ambición no volvería a ser cosa de anfibios, ni siquiera por el beso de una doncella. Pero lo que les parecía inaceptable, hiriente incluso, es que el nuevo rey fuera una mediocre mosca disfrazada.

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