Misirlou


La ilustración es de Tania Téllez

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El tren volvió a detenerse junto al mismo pantano. Habían pasado algunos años desde aquel día en el que la recogieron de manera premeditada. El tiempo pasa de manera extraña cuando viajas en el tren de las brujas itinerantes. A veces despacio, otras a la inversa, pero el tiempo siempre nos alcanza a todos, incluidas las brujas.

Misirlou seguía siendo una niña. Según la gárgola había algo extraño en su interior, algo que dormitaba justo detrás de sus glóbulos oculares. Quizá siempre fuera una niña, quizá siempre lo había sido.

Misirlou se detuvo en la puerta del tren anormalmente largo. Miró hacía el exterior, convencida de que el cruce de caminos le sonaría, pero no. Parecía que todo aquello había ocurrido hacía toda una vida. Pero no le extrañó nada que hubiera tres figuras esperándola.

Mabel se acercó con paso envejecido a Misirlou. Había sido su mentora, madre, amiga y confidente. Había conocido su furia de bruja y sus recetas deliciosas. Ahora solo quedaba en ella una mirada cegada por la edad, unos oídos estropeados, unos gestos temblorosos y una sonrisa colmada de orgullo.

 —Toma, para el camino.

—¿Arroz con leche?

—Sé que es tu favorito.

—¿Con cianuro con aroma cítrico?

—¡Por supuesto! Soy una chef reconocida y tengo una reputación que mantener.

—Eres la mejor.

Misirlou le dio un abrazo largo a Mabel antes de saltar del tren. Sabía que la gárgola no le diría nada, pero notaba su mirada clavada en su espalda. Sin girarse, la aparente niña, le dio la oportunidad de repetir su chascarrillo una última vez.

—Gárgola, ¿Sabes que nunca me has dicho tu nombre?

Misirlou oyó a todo su aquelarre reír. Con la contenida risa de las despedidas, sabiendo la respuesta de la gárgola, pero deseando que la dijera.

—Y nunca lo haré. ¿Acaso ves alguna otra gárgola por aquí?

La eterna niña asintió y levantó la mano sin girarse a modo de despedida y para ocultar las lágrimas. Era hora de ponerse a trabajar.

En el cruce de caminos distinguió por fin las tres sombras. Laguna, la maldita por Olokun. Néfula, la djinn tremendamente malcriada. Teseo, el minotauro resolutivo y diligente. Qué valor tenían presentándose ahí.

—Hola, Misirlou. Cuánto tiempo sin vernos.

—Más del que crees, Laguna.

—¿Cómo ha ido tu…?

—Necesitamos tu ayuda— interrumpió Néfula

—No me hables, djinn.

—¿Aún estás cabreada por haber asaltado el tren?

—Teseo, sostén la lengua de la asquerosa djinn o se la corto yo misma.

Teseo se interpuso entre las dos mientras Néfula bajaba la cabeza atribulada. Laguna mantenía una postura aparentemente relajada, pero Misirlou podía ver la inquietud decorando su mirada.

—Somos incapaces de encontrar a Morrocotudo. Creemos que con la promesa que te ata a las brujas itinerantes, serías capaz de encontrarlo.

—…y matarlo.

—Bueno, al menos intentar matarlo. Te lo impediríamos

—¡Vaya! Suena a una gran oferta.

—Te deberíamos un favor.

Misirlou sonrío como solo son capaces de sonreír los reptiles.

—Trato hecho pues. Morrocotudo Johnson está justamente detrás de vosotros. Cobraré mi favor en el momento más inoportuno posible. Un placer.

La bruja se marchó con paso tranquilo. Laguna, Néfula y Teseo se giraron al unísono. Morrocotudo caminaba hacía ellos con su perpetua sonrisa y desenfado. Ni siquiera se preguntaron el porqué Misirlou le atacó. La respuesta era muy sencilla: Ella sabía que ese no era el auténtico.

La niña dejó que cayera la noche sin luna. Se hundió en las aguas del pantano. Reclamaría ese lugar como suyo. Extendería su esencia entre las raíces de los nenúfares y los búhos serían sus ojos. Se alimentaría de los incautos y cultivaría su magia entre el musgo y la humedad.  Susurró los hechizos al borde de las bocas de las botellas, hechizos antiguos y malintencionados.

Un banco de peces pobló el cielo nocturno del pantano. Buscarían al auténtico Morrocotudo, en silencio y ocultos. Cuando Misirlou lo encontrara, cumpliría su promesa a las brujas itinerantes. Ejecutaría el último paso para convertirse en una bruja de pleno derecho: acabaría con Morrocotudo Johnson.

Nota del autor: Creo que los cuentos de “Morrocotudo Johnson” se me están yendo un poco de las manos. Os insto alegremente a que leáis el resto de cuentos para poder enteraros de todos los pormenores. Justo AQUÍ

¡Feliz lectura!

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