El cielo por montera


La ilustración es de Laura Rubio

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La celda era extrañamente espaciosa. La luz vespertina se derretía por las alfombras, iluminando la decoración sobrecargada de porcelana y madera. El alimento no escaseaba y no faltaban los sitios donde recostarse en la paz de lo seguro. El infierno, a veces, tiene una bella y dulce cobertura.

Diego de la Vega ansiaba el beso del viento, las calles tortuosas con el olor de comidas exóticas, la sensación de una vida vibrante y el peligro incipiente. Pero, por encima de todo eso, ansiaba de nuevo la compañía de su otra mitad.

Durante las mañanas, sus carceleros se ausentaban. Diego trazó un plan intrépido, un plan que hubiera fracasado sin la intervención de Firulais Manresa, un preso conformista y acomodado. Diego sospechaba que su compañero forzoso llevaba mucho tiempo ahí encerrado y que, gracias a los paseos vigilados por el exterior, lo mantenían en la dulce resignación. Un caso de síndrome de Estocolmo de manual. Pero Firulais vio la pasión fogosa en los ojos de Diego, el peligro afilado de alguien que aún conservaba el cielo por montera. Le recordó sus días de infancia, en una celda mucho menos amable que en la que se encontraban ahora, donde el hacinamiento y las peleas por la poca comida le volvieron paranoico y peligroso. Sabía que, si Diego de la Vega se quería marchar, lo haría de cualquier modo. Un superviviente es mucho más peligroso que cualquiera, está dispuesto a hacer lo que haga falta.

Sus carceleros abandonaron su puesto a la hora habitual, Firulais Manresa asintió con complicidad y Diego se acomodó en su testa. El impulso le propulsó hacia una pequeña ventana abierta que, a pesar de las estrecheces, le permitió conseguir la ansiada libertad.

Diego de la Vega era libre. Corrió por el simple placer de notar las tejas irregulares y la brisa huracanada por su frenesí desbordante. ¿La volvería encontrar? ¿Cuánto tiempo tendría que sobrevivir hasta poder volverla a ver? Las preguntas le obligaban a acelerar la carrera, a saltar entre tejado sin ningún cuidado.  

Hasta que de pronto… Esperanza.

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