Bajo la nube

blanca-lidia

La ilustración es de Blanca Vila, a quien podéis seguir en Facebook, o en Instagram.


Recuerdo la última vez que estuve con Claudia. No fue una ocasión especial en absoluto. Habíamos estado en su casa cenando pizza y viendo vídeos de chorradas en Internet. Una manera muy improductiva de invertir el tiempo. Cuando me marché de su casa esa noche, me despidió con un “hasta mañana”, envuelto en esa musicalidad tan delicada que ella imprime a su voz. O imprimía. Ya no sé que pensar. Creo que la paranoia está empezando a ganarle la partida a mi juicio.

Esa noche fue la última vez que escuché su voz, pero por extraño que parezca hemos seguido en contacto, aunque solamente a base de intercambiar mensajes. Lo cierto es que por aquel entonces ya había observado en Claudia cierta manera de comportarse que, a la vista de los acontecimientos posteriores, bien pudo haberme resultado premonitoria.

Su creciente obsesión por el selfie.

Su afán por seguir el contenido generado por los influencers.

Su tendencia a documentar en redes sociales cualquier cosa que hacía o pensaba.

Su desesperado deseo de querer estar en todas partes, solo para poder contarlo, y al mismo tiempo angustiarse por la indecisión de no saber a dónde ir para conseguir el mayor impacto en sus publicaciones.

Una vez se había rumoreado que iba a aparecer un actor famoso en una fiesta, y allá que se fue Claudia, a pesar de que no había visto ninguna película suya. Solo por el potencial retorno en forma de likes y comentarios que podría llegar a tener si publicaba algo desde esa fiesta.

Tenía una relación de amor odio con las redes sociales. Defendía que el móvil era el símbolo de libertad personal definitivo, herramienta perfecta para la diferenciación y la construcción de una marca personal. Y, a la vez, se quejaba de que las normas de las redes sociales no tenían sentido, o maldecía cuando no le monetizaban los vídeos, y otros muchos lamentos sobre cuestiones que yo no terminaba de entender muy bien.

Pero el caso es que llevaba meses sin charlar cara a cara con ella. Y vivíamos en la misma ciudad. Actualizaciones de estado, fotos y stories no me faltaban; pero una simple y banal conversación frente a un café hacía mucho tiempo que no tenía.

Así que decidí ir a buscarla a su casa. Sin avisar, intentando jugar con el factor sorpresa a mi favor. Me acerqué al bloque donde vivía y esperé a que entrase en el portal algún vecino, para colarme en el edificio y ahorrarme la llamada a través del portero automático. Quería llegar hasta la misma puerta de su casa, que no tuviese excusa para no hablar conmigo.

Timbré y me abrió la puerta una mujer que no conocía de nada.

Di un pequeño respingo y la mujer me dedicó una mueca de asombro. Permanecí unos segundos en silencio, mirando a uno y a otro lado, fijándome en los colores del pasillo, en el relieve de la puerta, en el número del piso, en las cenefas del felpudo… Era como haber entrado en un universo paralelo donde todo era idéntico a lo que yo conocía, salvo la presencia de aquella mujer.

“Esta es la casa de Claudia…” dije lentamente, sin utilizar siquiera una entonación interrogativa. La mujer me dijo que no sabía quién era Claudia, y que esa casa era suya. Al parecer, según pude deducir de la corta conversación que mantuve acto seguido con la señora, la anterior inquilina –Claudia– se había mudado y ahora ella era la nueva inquilina. Pero me aseguró que no había llegado a ver a Claudia en ningún momento.

Salí a la calle y le puse un mensaje a Claudia, intentando que mi tono de enfado fuese lo más explícito posible. ¿Cómo que se había mudado sin avisarme? Esto ya era el colmo. Me respondió pocos minutos después, confirmándome que ya no vivía allí y mandándome una ubicación, que deduje que sería la de su nuevo domicilio. Solo que, en lugar de una dirección postal, se trataba de unas coordenadas GPS.

Decidí acudir a la localización a pesar de no entender muy bien a qué estaba jugando Claudia. Las indicaciones me condujeron a un anodino lugar, en medio de un descampado. Llegué a imaginarme a Claudia saliendo de un búnker subterráneo, afectada por alguna clase de esquizofrenia paranoide, o manía persecutoria, invitándome a unirme a ella en su firme convicción de aislarse de la civilización y de toda su nefasta influencia, o algo así. No le pegaba nada, la verdad; pero es que ya no sabía que pensar… En cambio, lo que vislumbré, a lo lejos, fue un ciclomotor que se aproximaba. Se paró cuando llegó a donde yo me encontraba. El motorista me entregó un paquete, sin bajarse del asiento, y volvió a irse por donde había venido.

Dentro del paquete solo había un papel que tenía impresa la dirección de una página web y unas claves de acceso. Accedí con las claves desde mi móvil, sin pararme a pensar demasiado en lo que estaba haciendo, y lo que encontré fue una especie de sitio web donde había un montón de fotografías en las que aparecíamos Claudia y yo. Eran unas memorias en formato digital muy extensas. Prácticamente estaba toda nuestra historia en común. Pero echaba en falta algunos momentos. Momentos que yo recordaba pero de los que no existían imágenes porque nadie las había capturado. Escenas que solo podían estar en mi cabeza o en la de Claudia. Como aquella noche de pizza y risas en su casa.

En la pantalla también se veía un cursor intermitente, esperando a que yo teclease algo. Así que me lancé a escribir.

– ¿Que es esto?

– Es mi identidad, pero personalizada para ti.

– ¿Claudia?

– Sí 🙂

– ¿Pero donde estás?

– Aquí mismo, en tus manos. Allá donde tu vayas.

– Pero ¿qué?, en mi móvil.

– Donde siempre me podrás encontrar. En todas partes, y a la vez en ninguna. Pero siempre disponible.

– Esto es un poco tétrico. ¿No podemos vernos de una forma normal?

– Ahora estoy aquí. Una identidad personalizada para quien quiera contactar conmigo. ¡En todo momento!

De repente apareció una nueva fotografía. Era yo en ese mismo instante, con una expresión de desconcierto absoluto. Había sido capturada con la cámara del móvil justo en ese momento. Pero yo no había hecho ninguna foto.

– He sido yo.

Entonces, una nueva imagen, esta vez de una sonriente Claudia, apareció al lado de la mía, como simulando que estábamos en el mismo lugar. Se me pasó por la cabeza que estaba viviendo en un sueño extravagante e incomprensible, y que en algún momento todo se evaporaría y volvería a la realidad. Pero no.

De algún modo Claudia había hecho realidad su deseo de ser omnipresente, pero a mí todo aquello me parecía una especie de magia negra, consecuencia de algún tenebroso encantamiento. Con el tiempo Claudia alcanzó éxito y notoriedad en el universo digital. Yo, y cualquiera, podía recibir señales de ella en todo momento. Pero ya no la volví a ver jamás.

Y no me consta que nadie la hubiese vuelto a ver nunca.

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