Menuda

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Amy estaba harta de tener que aguantar el escaso tacto con el que la trataban por ser de un tamaño inferior a la media. Y es que los diminutivos a modo de apelativos cariñosos habían perdido su gracia a los 5 años. Todo lo que hacía, decía o generaba a través de su diminuto cuerpo por muy asqueroso o deplorable que fuese, resultaba ser adorable, lo cual le restaba toda credibilidad. Podía estar hablando de política exterior que todos la trataban como si hubiese salido de un película de dibujos animados.

Sus enfados parecían deliciosos berrinches de una cría de caballito de mar y sus amenazas provocaban carcajadas entre sus seres queridos, cortándoles la respiración en múltiples ocasiones.  La situación era insostenible, el detonante se produjo cuando en el supermercado no pudo comprar sus galletas favoritas ya que estaban situadas en la balda superior y al pedir ayuda a un hombre que pasaba, la miró con media sonrisa y no le acercó el tesoro chocolateado. Hasta aquí había llegado la discriminación, podía soportar no sonar del todo creíble pero que se le arrebatara su derecho a comer galletas de chocolate por tener un cuerpo menudo, eso era imperdonable.

No le quedó más remedio que elaborar un malvado plan contra todos aquellos que habían mostrado algún tipo de ternura cruel. Amy no estaba a favor de la venganza pero sí de la equidad, de la dulce equidad. El ojo por ojo no era su estilo, pero si el ojo por oreja, así que decidió dotar a todos sus enemigos de un extra de la cualidad de la que tanto presumían y de la que se aprovechaban. Hacerles pequeños hubiese sido extremadamente previsible, poco cómico y a la larga aparatoso. Así que optó por una alternativa más suculenta, gracias a su elevado conocimiento sobre las redes de distribución acuíferas de la ciudad vertió en estas, hormona del crecimiento aliñada con helio para que llegara a todas las casas donde se encontraban sus adversarios. La comedia se abría paso a modo de grifo a chorro. Pasados unos días, ni muchos ni pocos, solamente unos cuantos, sus rivales empezaron a crecer, a agrandarse, era tal el tamaño de esos seres que sus hogares no pudieron soportar sus dimensiones y en la paredes comenzaron a dibujarse sinuosas grietas. Cabezas enormes resquebrajaban muros, pies olorosos asomaban por los tabiques de los edificios y manos rencorosas mostraban su opinión a través de los ladrillos.

Amy se paseaba con una sonrisa de oreja a oreja, regodeándose con aquel paisaje apocalíptico ornamentado con voces agudas que proferían los más grotescos insultos. Y es que no hay nada más gracioso que un gigante con voz de pito.

Y sí, diréis, ¿por qué Amy no uso su intelecto para ser más alta? Pues verán, primero porque aquí nadie ha dicho que a Amy no le gustara tener las medidas de un ratón y segundo, y no menos importante, por la comedia. Así que ya saben si alguna vez visitan una ciudad llena de gigantes con la voz más irritante y menos imponente que han escuchado nunca, sabrán de quién son enemigos.

Relato e ilustración de Riastone.

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