El día de los abetos

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Faltando pocos días para la navidad, a nuestro héroe se le ocurrió la idea de grabar un nuevo vídeo. Avisó a Óscar, el cámara, y los dos cogieron un autobús con destino a un pequeño pueblo que celebraba esa noche el día de los abetos.

Bajaron de el autobús en la plaza del pueblo, al anochecer, cuando todo estaba ya dispuesto. Las pequeñas casitas se acurrucaban alrededor, cerrando la plaza y las baldosas de piedra a duras penas se veían por la nieve cuajada. Los laterales estaban ocupados por una hilera de puestecitos de artesanía y productos del pueblo y delante del ayuntamiento se había montado un pequeño escenario con el atril para el pregón del alcalde. Como todos los años, el fabricante de luces, benefactor del pueblo e hijo predilecto, saldría a decir unas palabras. El comerciante había sabido sacar partido a la principal materia prima que poseía la región, los abetos, y viendo cómo en estas fechas cada vez más personas venían de la capital para llevarse un buen árbol de navidad con el que adornar sus casas, pensó que sería buen negocio vender el lote completo: árboles, adornos y luces. Y así hizo su fortuna, llegando a engalanar grandes ciudades de todo el mundo con bombillitas muy pequeñas.

Owen ya estaba nervioso, como siempre antes de grabar. Pensaba que si hacía un buen trabajo, quién sabe, podrían ficharlo en una cadena de televisión de verdad y olvidarse de Youtube.

Tras la desdeñosa cuenta atrás de Óscar, nuestro querido reportero sacó su micrófono de la funda y lo empuño orgulloso, sonriendo con tanta ilusión que se le hincharon las mejillas. Luego tomó aire para hacer su entradilla de la forma más elocuente y enérgica posible:

-¡Hooooooola a todos!¡Sooooooy Owen Stream! -ejem-, y hoy estoy aquí para contaros que… ¡Qué!¿Qué?!¡¿Qué?!

Owen tuvo que parar al ver que Óscar le hacía un montón de señas que no comprendía.

-¿Has comprobado la grabadora del micro? Creo que no está encendida. Te estaba avisando.

¡Maldición! Se había olvidado de cargar la batería de la grabadora acoplada al micrófono. ¡A lo mejor Óscar tenía un cable para enchufarlo directamente a la cámara!

-¿No? ¿¿¿No lo tienes???¡¡¡Pues voy a por pilas!!!

Y salió corriendo, dejando tras de sí una estela blanca de papeles sueltos antes de que Óscar pudiera decir nada.

-¡Pero, que está empezando!

La plaza se había llenado de gente, reunida frente al escenario para oír el pregón y los vendedores de los puestos trajinaban yendo de aquí para allá con cajas de mercancías y otros útiles. Owen corría a través del público y golpeaba al pasar a no pocos niños con el extremo de su bufanda, tratando de sortear a la multitud, cuando el alcalde inició su discurso. Óscar se ciño el abrigo, encogiéndose de hombros, y empezó a grabar la  perorata. Los copos comenzaron a caer silenciosamente, como confeti destacado sobre el celofán de la noche cerrada justo cuando el sonido de los aplausos dio paso a las palabras del comerciante, que, orgulloso del nuevo alumbrado, se preparó para accionar la palanca para el encendido de las luces. Las cabecitas de los espectadores formaban un pelotón de ojos abiertos y, subidos a los hombros de sus papás, los niños aguardaban mirando con la boca abierta.

-Solo espero que nos de tiempo a volver en autobús -susurró para sí. -¿Pero dónde está este chico?

El mar de personas comenzó a agitarse. Un repentino tumulto se movió hacia donde se encontraba Óscar, que aun así no se apartó del visor de la cámara. De pronto Owen surgió del interior de la agitada marabunta y alzó la mano triunfante. 

-¡Las pilaaaaaaaas!¡Ya tengo las pilaaaaaaaas!

Una de las suelas resbaló con un chirrido y Owen se deslizó sobre uno de sus de los zapatos náuticos como si de un patinador artístico se tratase, recorriendo así varios metros. El gesto de Óscar fue instintivo: se giró cuando advirtió que algo estaba pasando y encuadró perfectamente la escena, siguiendo la trayectoria de su amigo hasta que un señor que llevaba una caja de adornos navideños se le cruzó por delante y ¡PLAF!

¡El interruptor había sido accionado! Un relámpago iluminó la plaza en el mismo instante en que el espumillón saltaba por los aires, salpicado de destellos. Otras tantas bolas de navidad y piñas doradas salieron despedidas en todas direcciones al tiempo que Owen caía por detrás de un banco, agarrado al pobre señor. Se oyó un gran ¡OOOOOOOOOH!, pero Owen no pudo ver nada pues la caja de cartón le había caído encima, tapándole la cabeza. Mientras gateaba, estirando las manos en busca de las páginas de guión que había perdido en su loca carrera, alguien tropezó con él y cayó al suelo, y otra persona a su vez le pisoteó la mano al pasar.

-¡Aaaay!¡Pero qué ha pasado!¡Óscar!¡Dónde estás!

Se apresuró a quitarse la caja de la cabeza y vio que la plaza se había convertido en un caos. El corpulento Óscar resistía ante los empujones de un montón de personas apelotonadas, presas del pánico. Su cuerpo estaba haciendo de tapón, impidiendo que una docena de personas pasara por encima de Owen.

-¡Ve al escenario!¡Te veo allí! -consiguió decir el cámara con la voz apretada por el esfuerzo.

Las bombillas chisporroteaban en el cuadro de luces y justo cuando Owen giró la cabeza, el mismísimo alcalde pisaba en falso al borde del escenario y hacía mil aspavientos para no perder el equilibrio.

  -¡Date prisa! ¡No se cuanto tiempo más podré resistir!

  El escuálido Owen corrió lo más rápido que pudo. Consiguió agacharse para librarse de un agarrón, luego girar con destreza para esquivar al gentío y pegar un salto en el momento justo, evitando sumarse a los que ya se arrastraban por el suelo. Poco después de que Owen saliera corriendo, Óscar deshizo la presa y salió tras él. No le costó abrirse paso usando una de sus manazas mientras que con la otra sostenía su cámara al hombro. Y de esta guisa, consiguieron llegar al escenario a tiempo y poner a salvo al alcalde. Desde allí arriba, Owen miró alrededor. Respiraba grandes bocanadas para recuperar el aliento.

-¡Mis ojos! -se lamentaba el alcalde. -¡Dios mío, no puedo ver!

Todos los habitantes del pueblo se habían quedado ciegos. Aquí y allá la gente se empujaba y palpaba a manotazos, deambulando aterrorizada, chocando entre sí e intentando orientarse en medio de un remolino de cuerpos y voces.

-¡¿Pero qué haces?!- le gritó Owen a su compañero, pasándose una mano por la frente.

-Un plano general.

Óscar continuó grabando, impasible, con un ojo oculto tras el visor.

Cuento perpetrado a los textos y a los lápices por Manuel M. López. Visita su portfolio e instagram.

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