Yomi

Yomi_Berliac

Abro los ojos. Recorro con la lengua el paladar agrietado. Tengo los labios entumecidos y por las comisuras, salta un hilo de sangre cuando intento abrir la boca. La cierro y vuelvo a tocarme el paladar. La sangre se mezcla con la saliva seca.  Así una y otra vez. Necesito agua pero casi no puedo moverme por el peso de las sábanas. Ayer debí acostarme tarde, otra vez.

Será mejor que me levante o no acabaré. Cada vez cuesta más y eso me hace ir más lento. Me está matando estar todo el día aquí encerrado.

Desde el baño huelo los restos de la cena de anoche y al salir tropiezo con un montón de ropa sucia. Te has vuelto a ir sin recoger.

Preparo café a menos de dos milímetros del minibar y la televisión. Digo en voz alta que creo que sigue sin funcionar mientras muevo el dial por un desierto blanco de cadenas perdidas. Enciendo un Mild Seven Light y pongo el cassette con la selección de jazz que hiciste de esos temas que te ponía tu padre los domingos en el coche.
Estiro las sábanas y lavo los cubiertos, alguna taza y los fuegos. Me termino el café mientras el piano de Duke Ellintong se entona. Subo el volumen. Barro los apenas cinco metros que tiene la habitación y quito el polvo de la librería. Me subo a una silla y abro la ventana para ventilar. Me quedo ahí arriba. La ventana está pegada al techo y el hueco no tendrá más de medio metro de largo y quizá un palmo de alto. Cuelga con una cadena que hace que no pueda abrirse nunca del todo. No me había fijado en esas manchas secas del marco. Rasco una de ellas con la uña.

Ya ni recuerdo el día que entró el sol por la trampilla. Enciendo otro cigarro y me quedo mirando hacia lo poco que puedo ver del exterior. Sigue oscuro. Salta Chet Baker con su Almost blue y pienso en tus brazos; mientras, el humo es aspirado a través del ventanuco como un séquito fúnebre sin fin, consumiendo las hojas, quemándome la yema de los dedos.

Salta la cinta y le doy la vuelta. Miles Davis. Otro pitillo y empieza todo.

Escucho el andar cansino de unos pies descalzos arrastrándose por la moqueta del pasillo. Se para. Veo la sombra de los neones tras la puerta. Unos dedos arañan la madera de la puerta con cuidado, danzando con pequeños golpes rítmicos. Aún está oscuro y comienza el rito.

Agarro mi brazo derecho y lo acerco a mi boca. Empiezo primero rasgando la epidermis con movimientos monocordes de fricción. Se abren los poros y es el momento de usar los incisivos; las dentelladas son precisas y el brazo es un reguero de sangre tibia, óxida y brillante que encharca la alfombra. Llego a los tendones y uso los colmillos, luego el hueso y los molares. Como un perro con su juguete favorito, insisto, insisto e insisto. Molares, colmillos, incisivos. La sangre oscura ya. Colmillos, molares, incisivos. Y el brazo queda colgando por unos hilos fibrosos que arranco con un tirón seco.

Dejo mi brazo cercenado en la mesa y me arrastro hasta el futón. La ofrenda está lista. La puerta se abre a mi espalda. Un idioma de insectos inunda el departamento posándose en mis hombros; apago el cigarro y me recuesto sobre los despojos de de mi torso.
Desde la trampilla te veo agachada, con la cabeza pegada a la ventana, gritando sin voz, como si estuvieras debajo del agua, con los ojos encendidos y sangre seca en la cabeza. Desesperada extiendes el brazo para intentar tocarme. Sonrío y te digo que no pasa nada. Duke Ellintong otra vez. Solo tengo que dormirme para volver a verte.

Abro los ojos. Recorro con la lengua el paladar agrietado. Tengo los labios entumecidos y por las comisuras, salta un hilo de sangre cuando intento abrir la boca. La cierro y vuelvo a tocarme el paladar. La sangre se mezcla con la saliva seca.  Así una y otra vez. Necesito agua pero casi no puedo moverme por el peso de las sábanas. Ayer debí acostarme tarde, otra vez.

Será mejor que me levante o no acabaré. Cada vez cuesta más y eso me hace ir más lento. Me está matando estar todo el día aquí encerrado.

Ilustración de Berliac. Podéis seguir su trabajo en Facebook, Twitter e Instagram.

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