La caverna luminosa

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Cuando estuve en la caverna, la criatura que descubrí allá abajo clavó su mirada en mí. La imponente amenaza de su gran tamaño me paralizó. Daba la impresión de que estaba esperando a que yo hiciese algo. Pero yo no sabía qué hacer.

Había llegado hasta allí después de una fuga sigilosa y ‒al menos así lo creí yo en aquel momento‒ secreta. Mi padre había decidido que, tras cumplir mis dieciocho, tenía que comenzar mi instrucción en la academia militar del Reino, tal como él había hecho a mi edad cuando era Príncipe. Antes que él, mi abuelo había hecho exactamente lo mismo. Eso fue algunos años antes de que hubiese estallado la guerra entre nuestro Reino y nuestros antiguos vecinos de Morada Prístina. Mi abuelo era el Rey cuando esa guerra empezó. Pero mi padre era quien ocupaba el trono cuando la guerra llegó a su fin. Pasó a la historia como el monarca que había ganado la guerra, y había conseguido anexionar a nuestro Reino los territorios de Morada Prístina. Mi padre era admirado y reverenciado por el pueblo. Nadie se atrevía a llevarle la contraria. Era absurdo proponérselo. Cualquiera que osase cometer tal desfachatez sabía de antemano que su postura no prosperaría nunca.

Así pues, en lo que a mi inmediato futuro concernía, yo llevaba todas las de perder. Lo que yo quería era llegar a ser un sabio de las ciencias, como Magrez. De todos los consejeros que mi padre tenía, Magrez era a quien yo más admiraba. Quería atesorar su invaluable erudición,  su conocimiento de la Naturaleza y de los secretos del Universo. Pero mi padre opinaba que yo debía recibir la instrucción militar. Mis perspectivas no eran, por tanto, muy alentadoras.

Fue Magrez quien me habló del árbol de la caverna. A Magrez le gustaba contar esa historia, y otras muchas. Habitualmente era un hombre discreto, pero se entusiasmaba cuando tenía ante sí a alguien de mi posición prestándole atención. Según él, ese misterioso árbol crecía en un singular emplazamiento en el que confluían las respuestas y las incógnitas, y revestía de una serena clarividencia a quien lograba ponerse bajo su influjo. Él encontró allí su revelación.  Supongo que nunca imaginó que sus palabras me calarían tan hondo como para que decidiese aventurarme a perseguir en solitario las sugerentes promesas que sus relatos me evocaban.

Dejé el Palacio por la noche y caminé durante un día entero orientándome por las vagas referencias que recordaba de las historias de Magrez. Tenía intención de no volver a casa, encaminar mis pasos hacia los antiguos territorios de Morada Prístina, y quizá encontrar allí un lugar en el que quedarme. Me desesperaba la idea de seguir viviendo en un entorno tan poco estimulante. Y por si eso no fuese suficiente, el papel que mi padre había reservado a mi hermana mayor terminó por colmar mi indignación. No solo no le exigía transitar los rígidos itinerarios que a mí me imponía, sino que le había encomendado que ejerciese una estrecha vigilancia sobre mí, para evitar que yo me desviase de mis obligaciones. Mi hermana era en realidad mi hermanastra. Mi padre siempre había sido discreto acerca de su origen. Circulaban rumores de que era una hija ilegítima. Pero a nadie en el Reino se le pasaba por la cabeza decir eso abiertamente. Mi padre le tenía mucho aprecio, y mi hermana le era muy leal. Yo parecía ser el único que no estaba a gusto con el papel que le había sido otorgado.

Tras haber caminado todo el día, al anochecer vislumbré un resplandor que se reflejaba en unas rocas. Me acerque y descubrí que esa claridad procedía de un orificio que había allí en el suelo. Al asomarme pude ver que a varios metros de profundidad crecía un árbol, justo en el centro de lo que se adivinaba una gran caverna abovedada. Sin duda había encontrado el lugar del que Magrez me había hablado. Aseguré una cuerda y comencé a descender hacia el interior de la caverna.

Fue entonces cuando noté la presencia de algo en lo que no había reparado hasta el momento. Me encontré con la inquisitiva mirada de una criatura enorme que no apartaba su atención de mí. Estaba allí colgado, a merced de un monstruo, y el temor se apoderó de mí. Pensé que si seguía descendiendo le estaría dando motivos a esa criatura para atacarme. Quise volver a subir. Pero las fuerzas me fallaron. Quizá alguien que hubiese recibido un entrenamiento militar, pensé, no tendría problemas en trepar por una cuerda como la que me sujetaba.

La manera en la que todo terminó no es algo que me sienta orgulloso de relatar. Mi hermana apareció en la entrada de la caverna y fue recogiendo la cuerda hasta sacarme de allí. Cuando estuve a salvo, aunque me invadía una dolorosa vergüenza, le di las gracias. Ella me dijo que no había motivo para que le agradeciese nada. Me confesó que mi padre la había rescatado durante la guerra. Era una niña de Morada Prístina que se hubiese muerto de hambre de no haber sido por mi padre, que la acogió como a un miembro más de la familia. Por tanto, se sentía en deuda con nosotros.

Acabé volviendo a mi hogar. Comencé mi instrucción militar. Aunque no olvidé mi estancia en la caverna.

En una ocasión, durante el curso, tuve oportunidad de preguntarle a Magrez cómo había logrado penetrar en la caverna pese a la presencia de la criatura. Me dijo que ninguna criatura habitaba en la caverna. El caprichoso relieve de las paredes, junto al particular juego de luces y sombras que allí se originaba, provocaban esa impresión a quien entraba en aquel lugar. Pero una vez se alcanzaba la base del árbol, la supuesta criatura se desvanecía. Desde aquella posición se evidenciaba que no había nada allí abajo, a excepción del propio árbol. Cualquier otra percepción se debía sin lugar a dudas a una sugestión provocada por un peculiar efecto óptico.

Al finalizar el curso quise volver al lugar donde se encontraba la caverna. Pero por más que busqué, no pude hallar la abertura de entrada. Quizá por aquel entonces mis aspiraciones ya habían cambiado y se encontraban en algún otro lugar. Pero ese lugar todavía me es desconocido.

 

La ilustración es de Pablo Broseta, a quien podéis seguir en Facebook, Twitter, Instagram, Behance, o en su página web.

 

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