Una mañana de enero

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“Canta para París
y para Siena,
tú que crees que el tiempo no es asunto
de tilos y palomas,
mi viejo capitán de plomo herido.”

Luis García Montero

 

Aquí estoy, buscando ese trozo de mañana entre eternos en descomposición que me miran sin piedad y retan al tiempo con dignidad. Te hubiera gustado enseñarme todos los frescos e incluso las esculturas, como una lista de victorias al futuro que te prometieron en la universidad. Justificar tantos años de no hacer nada. Yo hubiera imitado el interés.

A pesar de todo, estás conmigo, al menos en parte. No me imaginaba estar aquí y que no ganaras de alguna absurda forma. He traído unas cuantas de tus piezas de terracota y un par de sanguinas en papel de estraza. Esas que me gustaban y tú me obligabas a tirar cada mes que rompías a llorar. Las esconderé en las grietas de la galería norte y sabré que estás aquí, que formas parte de Siena cuando me pueda la vida o el egoísmo y venga a ahogar el grito. Que serás eterna solo para mí y que formamos parte de esta realidad en la que no soy y tú no eres.

 

Salgo de mis pasillos y los murales me reciben con olor a estalactita. He llegado a una estancia que no tiene salida. La gente la mira desde el nexo y se va al no descubrir nada en particular, otra habitación espejo de las anteriores. Es aquí.

Me cuesta un poco encontrarla en la entropía de motivos florales, ornamentos y escenas de médicos, pero ahí están, los amantes; enlazados y separados por siempre.

El fresco no es más que unos centímetros más grande que nuestra lámina y está enmarcada en un trozo de una escena mayor. Con menor protagonismo que el que le dimos o me hubiera gustado pensar. Una línea en un capítulo de transición, unos lugareños más, alejados del foco de la multitud y las cámaras de los japoneses.

Me quito las gafas y huelo la creta que supura orden fractal. Creo vislumbrar en ella tu certeza de aquella mañana y casi sospechar que, tras la bruma, están las costas de Ítaca.

Matices vívidos y tonos de mil nombres que no existen, trazos de grafito bajo las capas superiores al huevo, pequeñas grietas pero profundas y difíciles de restaurar. Los cianes y negros, como el mar que no atravesé. Las líneas son surcos de esparto y los amarillos son color hueso sin pulir. Capas y capas de pigmento adherido que ocultan verdades a medias y mentiras de certeza.

Descubrir la naturaleza del muro me confirma que no hubo respuestas en aquella escena arquetípica de amantes que no entendimos interpretar. Que aquello que vivimos nos acabó por devolver a nuestro turno en la cola del precipicio y que no teníamos alas porque nos las arrancamos a gritos.

Yo, como esa mano que choca contra un cristal invisible o que teme romper a su gemelo.

Tú, ajena a mí y a mi palidez.

Ignorante yo, que no veo que no eres más que el reflejo de unos suspiros en un cruce de caminos.

Ignorante tú, que cruzaste a Bizancio.

Y la vida nos tragó. Ardiente con la cena fría, el pan duro y las medianoches de espera. Semanas perdidas entre los filósofos de uno, los suspiros hondos atravesados y los amores pasados que florecen en la caliza. Los arquitectos del otro, las ondulaciones de vidas pasadas no vividas y de futuros errados. Días de huida de la enfermedad húmeda del dormitorio, del plan sin estrategia con la sombra de los días y el gota a gota de lo cotidiano. Horas de escape de los bailes de salón con el perchero, del volumen hasta desaparecernos por la puerta del baño. Minutos hasta encontrarnos la cama vacía en las mañanas de luz.

Muy poco deseo para tanto amor, me dijiste. Tenías razón, el vestido era color siena.

 

Llegué rendido y paciente a la planta subterránea de Santa Maria della Scala. Casi dos días de viaje en dos trenes baratos, uno rápido, tres autobuses y un taxi en el que me dejé tu libro. Una mochila con el día puesto, una noche anterior con resaca de vino torpe de arrabal y un suspiro creciente que destrozaba mi pecho a dentelladas frente a las Quimeras de Atocha.

Siena fue una promesa no pronunciada. Y ya sabes que no me gusta ser impuntual a mis recuerdos.

La humedad y la música de cuerda renacentista me abrieron al laberinto de salas y pasajes excavados en la roca. A los arcos de medio punto que te gustaba machacarme cuando ponías los documentales de la RAI, a los corredores rojizos de piedra vista y al affresco que venía a buscar. Sí, he estado practicando mi italiano.

Camino por las galerías gemelas aprovechando el silencio de mis habitaciones vacías y lo temprano de mis pasiones. La viola acompaña mis pasos y el eco sordo de nuestro surco se hace fulgor.

 

¿Recuerdas? Aunque nunca fuimos serenos ni limpios, teníamos nuestra lámina colgada con chinchetas en la entrada del dormitorio como un Grial apócrifo.

Nuestra paz de entreguerras. Nuestro páramo exótico. Nuestro arjé velado por el escaso sol que la corrala filtraba por el tejado. Tú te reíste cuando te lo traje a casa desde el Rastro. Lo desplegué con drama infantil y saliste con tus tecnicismos pero, al final, te la quedaste. Incluso, con el tiempo llegaste a defenderla de las visitas de arquitectos y filósofos.

Yo la llamaba Gli amanti e imitaba el italiano que me costaba aprender por aquel entonces. Pero tú te ponías sería, casi ensimismada, mientras acariciabas el papel barato en una danza de abeja y manos blandas. Y me hablabas de la Suite Verve de Picasso. De monstruos con máscara que observan a mujeres dormidas. De Susanas y viejos en la laguna. De arlequines cruzando países por melancolía.

Te gustaba terminar diciendo que entre nosotros no sabías quien sería el monstruo y quien llevaría la máscara. La tragedia sería que fuera el mismo.

Me asaltan, más de lo que me permito reconocer, los primeros días que nos reencontramos. Desde la cama, veíamos la lámina iluminarse con la mañana creciente. Era nuestro reloj sin manecillas y gemidos. Luego, hablábamos con un tempo que pertenecía a las rocas. Forzando el nada que hacer y un café a medias.

Una mañana de cama y enero me dijiste que el vestido de la mujer era terra di Siena con tu perfecto acento. Te miré muy serio, aguantando la risa y te dije que como mucho era naranja. Y fantaseaste con subirnos al primer tren e ir a Siena y ver el fresco original solo para hacerme callar la boca. Creí que te estabas quedando conmigo.

Salgo del museo y el peso de la sombra de la fachada cae sobre gran parte de la piazza del Duomo, como la luz de la corrala iluminando el rectángulo oscuro y las fisuras de las chinchetas sobre la madera agrietada que dejé en Madrid.

Aprieto el paso y la lámina de doce euros envuelta en un cilindro de plástico rígido se tambalea en la mochila. El mismo papel de poco gramaje que rozabas y el mismo siena mal reproducido.

El sol velado me ciega y me recuerda que es otra mañana de enero.

 

Ilustración de Pablo Auladell perteneciente a La puerta de los pájaros (Impedimenta, 2014).

También podéis seguir su trabajo en Facebook y en Vadé l´acrobat.

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