El último golpe

Juan Alberto Hernández Romero

El 30 de octubre de 1974, en un estadio de Kinshasa, Muhammad Ali, contra todo pronóstico, derrotó a George Foreman en uno de los combates más emblemáticos de la Historia. Consiguió el título mundial de los pesados, consiguió relanzar de nuevo una carrera que todo el mundo daba por terminada y engrandeció la leyenda que había empezado con el oro olímpico muchos años atrás.

Han pasado 42 años desde entonces. Ali murió como un símbolo de negritud, de lucha social y de fuerza. Foreman, a pesar de la depresión en la que estuvo sumido durante dos años, consiguió sobreponerse, se convirtió en un gran campeón y fue el referente indiscutible antes de la era Tyson. Hoy en día es un tipo carismático al que todos quieren y admiran.

Pero a veces la historia no es como nos la cuentan. Cuando Muhammad Ali aterrizó en Zaire se ganó enseguida el cariño de la gente. Su guerra abierta contra el gobierno estadounidense, su fuerza al hablar e incluso su carácter fanfarrón, consiguieron llegar a la población del país y también a Mobutu. El dictador, un tipo terrorífico, le ofreció una visita privada con su adivina personal, una bella joven a la que llamaban Mita Aminu.

En una habitación prácticamente a oscuras, iluminada únicamente por una serie de hierbajos que ardían en un recipiente de cobre, Mita le dijo a Ali que iba a perder el combate y que su carrera terminaría allí mismo, ya no se volvería a subir a un ring y toda su carrera se vería empañada por un combate que nunca debería haber aceptado.

Ali entró en colera, con tono bravucón replicó cada palabra de la adivina, se burló de sus supuestos poderes y se marchó enfurecido.

Días más tarde empezó a sentir miedo. Cada vez que se cruzaba con Foreman en el gimnasio en el que entrenaban, cada vez que le veía golpear el saco o miraba de reojo los combates de entrenamiento con Larry Holmes, algo le removía por dentro. ¿Y si aquella adivina tenía razón? ¿Y si había volado hasta la otra parte del mundo para ver cómo acababa su carrera?

Fue entonces cuando ocurrió. En uno de los lances con su sparring, George recibió un mal golpe que le abrió una ceja. Había que posponer el combate. Tres semanas nada menos. Ali perdió la cabeza cuando se enteró, pidió que se anulase, habló con Don King y le propuso una pelea contra Frazier, repartirían sus 5 millones y lo de Foreman se haría en otro momento. Pero no se podía hacer nada, no se le puede decir a alguien como Mobutu que todo se cambia sin más.

Durante las dos primeras semanas el miedo de Muhammad creció, soñaba cada noche con golpes que le tiraban a la lona, soñó que en torno a una mesa con un gran banquete se sentaban Sonny Liston, Joe Frazier y Floyd Patterson y el plato principal era él, desnudo, en posición fetal y con una manzana podrida en la boca. En el sueño volvía a ser Cassius Clay, le habían concedido una medalla al valor por haber ido a Vietnam a matar gente y Elijah Muhammad le despreciaba por ser un Tío Tom.

Su pavor se convirtió en una consigna: “voy a bailar y a bailar y a bailar y Foreman no me podrá alcanzar porque es demasiado lento”. Anunció a todo el mundo su estrategia, porque en realidad no le quedaba otra. Si aprovechaba su rapidez quizás tendría una mínima esperanza.

Tres noches antes del combate, Ali dio un paseo por las calles de Kinshasa, la gente le seguía y coreaba sin cesar: “Ali, bumayé, Ali, bumayé”, pero aquello ya no le levantaba el ánimo. Fue entonces cuando a lo lejos, parada frente a una vieja cabaña de madera reconoció a Mita Aminu. Se acercó hasta ella y le preguntó:

¿Tenías razón, verdad? Este es el final.

Ella le miró compasiva, esbozó media sonrisa y afirmó. Y entonces el campeón lloró. En medio de las calles de un país muy extraño para él, rodeado de gente que le idolatraba y frente a la mujer que había predicho su desgracia, lloró. Una lágrima por cada ojo.

Pero no está todo perdido, ¿sabes? Aún hay algo que podemos hacer.

Mita cogió su mano y le metió dentro de la cabaña. Se desnudó, se tumbó sobre un camastro y abrió sus piernas muy despacio.

Debes beber de mí, si lo haces te ofreceré algo que puede cambiar tu historia.

Ali nunca comprendió muy bien lo que ocurrió allí dentro. Completamente desesperado, atormentado por todos sus demonios y al borde de la locura, se arrodilló, levantó las caderas de aquella mujer y hundió su rostro entre sus muslos. Bebió durante horas el líquido que nuca dejó de manar, sintió como Mita se removía de placer y la oyó balbucear vocablos incomprensibles.

Al terminar el ritual, Mita, algo avergonzada, sujetó a Ali por las sienes y le dijo:

Ya está, lo hemos conseguido. No bailes, no te muevas, resiste cada acometida, cada embestida de tu oponente. Ahora podrás hacerlo.

El resto es historia. Ali no bailó la noche del 30 de octubre. Había anunciado al mundo que lo haría, había fanfarroneado sin parar sobre la lentitud de Foreman, se burlaba, le llamaba La Momia y por eso lo iba a marear con su danza vertiginosa.

Pero no lo hizo, se echó contra las cuerdas y aguantó cada puñetazo. Notaba cada golpe como nunca los había sentido, sabía que cualquier otra noche le habrían derribado. Esa furia. Esa potencia imposible. Habría caído antes del tercer asalto sin remedio. Pero algo le cubría, algo le permitía mantenerse en pie. ¿Sería la bendición de Mita Aminu? ¿Realmente había extraído poder de aquel líquido viscoso? Eso sólo lo sabían Ali y Aminu y ninguno de los dos vive ya.

Lo que es seguro es que en el octavo round, con un Foreman totalmente agotado de golpear un muro; Ali salió de las cuerdas, enganchó una combinación que hizo retroceder a su rival hasta el centro del ring y allí le asestó un derechazo. Un golpe que hizo que el sudor saliese despedido de la cabeza de Foreman como una explosión, un golpe que valía tanto como su leyenda. Ese golpe. El último golpe.

El Arte maravilloso es de Juan Alberto Hernández y le podéis seguir aquí.

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