Bautízame de pecado

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Iba ser la obra de teatro más importante de todos los tiempos, pero acabó siendo un colosal fracaso desde el mismo día de su estreno. El 23 de abril de 1951, en El Capitan Theatre de Hollywood Boulevard, tenía lugar el primer pase de “Bautízame de pecado”. Este proyecto constituía el primero de una serie de montajes con los que el director teatral Phillip Sprenger, de origen holandés, pretendía recrear los pasajes más emblemáticos de la Sagrada Biblia, adaptándolos a su peculiar visión artística. La acción de este primer capítulo se centraba en los personajes de Adán y Eva durante su estancia en el Jardín del Edén.

La ambición del proyecto estaba por encima de todo lo que se había hecho hasta la fecha. Para este primer montaje, el propio Sprenger se había reservado el papel de Dios Creador, dejando clara la percepción que tenía de sí mismo. Para los papeles de Adán y Eva había contado con dos de los actores más populares del momento: George Perkins, acostumbrado a hacer papeles de galán en las películas de los estudios RKO, y Vera Mandsfield, que por aquel entonces era conocida simplemente como “La Belleza”. En un primer momento se había anunciado que los actores harían sus interpretaciones completamente desnudos. Las entradas se agotaron en cuestión de minutos tras su salida a la venta. Pero finalmente, debido a la censura imperante en la época, los actores tuvieron que utilizar unas escuetas telas.

Cuando se descorrió el telón la noche del estreno, la primera impresión del público que había acudido a El Capitan fue de absoluta fascinación. Habían recreado un jardín de ensueño utilizando vegetación real y varios animales aparecían en escena, perfectamente integrados en el entorno y comportándose con total normalidad. El primer personaje que intervino fue Sprenger, en el papel de Dios. Sprenger comenzó a dar forma al barro que iba recogiendo del suelo con sus propias manos. En un instante fugaz, la figura que estaba moldeando se transmutó como por arte de magia en el mismísimo George Perkins, en carne y hueso. El público no pudo disimular la emoción ante tal sorpresa, y un murmullo de asombro recorrió todo el teatro. Era la creación de Adán más fidedigna que nadie había presenciado jamás. A esa escena siguió la de la creación de Eva, una despampanante Vera Mandsfield. Y a continuación siguió el momento en el que Dios prohíbe a sus más recientes creaciones probar el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Todo lo que sucedía era de un realismo tan escrupuloso que muchos de los espectadores se restregaban los ojos de pura incredulidad. La platea mantuvo un tenso silencio mientras contemplaba cómo una serpiente de verdad  se deslizaba sobre el cuerpo de una admirablemente imperturbable Vera Mandsfield, enroscándose y retorciéndose de manera repulsiva mientras parecía susurrar algo al oído de “La Belleza”.

El momento en el que Dios descubre la desobediencia de Adán y Eva, y les reprende por haber comido el fruto prohibido, no se desarrolló sin embargo como todo el mundo hubiese esperado. Según el guión original, Adán culpa a Eva, y cuando Dios le pregunta “¿qué es lo que has hecho?” ella traslada las culpas a la serpiente diciendo “la serpiente me engañó y comí”. Pero cuando Sprenger hizo la pregunta durante la función, lo que Mandsfield respondió fue “comí el fruto prohibido, estaba delicioso y me gustaría probarlo otra vez”. Sprenger y Perkins intercambiaron una mirada de desconcierto. Lo que sucedió a partir de ese momento fue más o menos como se describe a continuación:

—Eva… ¿qué estás diciendo? Os he prohibido comer de ese fruto —improvisó Sprenger, atropelladamente, tras un extraño silencio.

—Pero no me ha sentado mal. Es un buen fruto.

Una mujer de entre el público se puso en pie y comenzó a aplaudir mientras gritaba “¡pues claro que sí Eva, cómete otro si te apetece!”. La gente le exigió  silencio, pero la mujer repartió miradas fulminantes a su alrededor como única respuesta.

—Pero cómo que… —replicó Sprenger—. Habéis traicionado mi confianza. Me debéis obediencia. ¡Soy vuestro creador!

Perkins, con cara de pasmo, contemplaba el principio del desastre desde una posición privilegiada.

—Ya, y como he sido la última llegar, tengo que cargar yo con las culpas, ¿verdad? Pues Adán es un acusica, y tú para ser tan superior eres un poquito caprichoso.

La mujer del público volvió a aplaudir y esta vez nadie se atrevió a decirle nada.

—¡Cómo? ¡Esto es intolerable! ¡Vuestro comportamiento merece que os expulse del Paraíso! —gritó Sprenger, iracundo.

—Pues mira, muy bien.

Vera Mandsfield se bajó del escenario y atravesó el patio de butacas en dirección a la salida. El estupor fue general, exceptuando a la mujer del público, que desde su butaca seguía jaleando a Mandsfield mientras salía del teatro. Testigos en el exterior aseguraron que la actriz se subió a un taxi y abandonó el lugar.

Tras el incidente, la producción se canceló y nunca más volvió a ponerse en marcha. Phillip Sprenger cayó en desgracia. Las crónicas de la época colocaban el naufragio de su proyecto entre los descalabros más destacados de la historia. Nunca volvió a dirigir en los Estados Unidos y se cuenta que acabó trasladándose a Europa, donde se enroló en una compañía de teatro itinerante que operaba en la región de los Montes Balcanes. George Perkins siguió encasillado en sus papeles de guaperas en la RKO hasta el cierre de la compañía, a finales de la década de los cincuenta. Las malas lenguas cuentan que acabó sus días regentando una atracción de feria en el muelle de Santa Mónica. Vera Mandsfield recibió un sinfín de propuestas para participar en los proyectos de los cineastas y dramaturgos más prestigiosos del momento. Dejó de ser conocida como “La Belleza” y se convirtió en una de las actrices más influyentes Hollywood.

 

El arte es de Noemí Penela, a quien podéis seguir en Facebook y en su Blog.

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