Marejada en la habitación

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El papel estrujado nadaba haciendo largos sobre el gres de su habitación. El material sensible lo guardaba bien alto, bien arriba; pero el suelo era un oleaje de hojas. Cuando los folios hacían el pequeño vaivén similar a los de una marejada, se adivinaban cáscaras de naranja y pomelo apelotonadas en una esquina, a modo de costa turística. Las partes blancas de la piel amargaban las dunas en la esquina sudoeste pero, insisto: la mayor parte de su habitación eran cuartillas arrugadas en movimiento enfurecido.

 

Allí mismo plantó sus raíces, la celulosa de palabras magulladas harían de ella un espécimen a envidiar: fina, abrupta, correcta, sibilina, elegante, felina… los adjetivos se esconderían de ella por miedo a tener que definirla. El material sensible sería su Sol, obligándola a estirarse, a enmarañarse en las paredes si fuera necesario, para alcanzarlo. Puede que con el tiempo tuviera que desarrollar corteza, espinas, finos dientes carnívoros o aromas pero; si algo tenía claro, era que sus hojas debían ser de morera…con ese verde fluorescente y tacto mullido. Acogería a una pareja joven de gusanos de seda. Los gusanos de nailon hacen mucho más ruido al masticar y quería estar tranquila.

 

Tenía mucho miedo del invierno, de las placas de hielo en sus vocablos, en su sustrato. Olvidarse de hablar, escuchar crujidos, quejidos ajados y quedarse muy muy quieta…con miedo, con frío. Clavaría las raíces más hacia abajo, hasta que salieran por el techo de la señora Juana, su vecina enlanada y enlacada. Quería gotear la tinta de los ultrajados folios en algún café de media tarde y regalarle a la mansa señora una oblea sagrada de amor propio y enfurecida opinión.

 

Como convencida planta de interior, aspiraba a ser de exterior. Aspiraba a ser extranjera en su propio cuerpo para conocerse, reconocerse y desconocerse. Era muy importante tener paciencia, pues una persona no crece sin riego. A veces serían con sus lágrimas, otras con las ajenas…aunque una regadera de momentos es bastante más efectivo: le atan un diente de leche al pomo de una puerta, su madre comienza a bailar una canción de la radio y acaban todos bailando, un libro ha perdido la tapa y le hacen la reanimación cardiopulmonar con celo y maña, el jarrón del pasillo se ha roto, el despertador ha sonado, ha sonado, ha sonado, no ha sonado, ha sonado…

 

Y quizá llegaría el día en que diera frutos, de piel tersa y dulces. Colgando de sus brazos, entre tallos de las flores que fueron. Quizá llegue un día a ser tan alta que llegue hasta el lugar de los materiales sensibles y se dé cuenta de que no eran para tanto, de que asustan pero prácticamente todo en este mundo tiene cosquillas. Un día quizá encorve el tallo, pero seguirá mirando hacia arriba…queriendo llegar siempre más allá, queriendo ser más real.

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El arte es de la maravillosa Vanessa Arraña, podéis ver más cosas AQUÍ

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