Flor dormida

Wilting Flower

Se encontraron en el andén de la estación. Tenía las manos entumecidas, revestidas de un color morado. Su aspecto era casi etéreo, con el vapor saliendo desde sus labios pintados como si anhelara otra boca en la que entrar, hasta llegar a confundirse con las expiraciones del tren: ansiosas, desesperadas. Le reconoció enseguida. Un calor tibio invadió su cuerpo mientras se arrastraba hacia él con paso tembloroso. Café tras café, dejó que las manecillas del reloj de la estación se marearan hasta que se hizo de noche. Pero en ningún momento miró hacia sus manos: con la aspereza de las piedras utilizadas para eliminar pieles muertas, terminaban en unas muñecas vestidas únicamente con delgadas líneas azuladas. Era una confesión silenciosa: aquel hombre de mirada envejecida por el aire y el tiempo, no llevaba reloj.

Los inocentes paseos por el parque y las pipas desgranadas en los bancos, dieron días más tarde paso a la intimidad de las salas de cine y a la imagen evocadora de ambos en su cuarto, imagen que, cada vez con más frecuencia, se repetía en su cabeza.

Se entregó a él una mañana en que los señores no estaban. Ya había terminado las tareas y se acababa de servir un té con leche mientras leía una noticia en el periódico sobre un apuesto joven que había sido arrojado al metro unas semanas atrás.

Los golpes de su corazón ya se habían apoderado de su cuerpo antes de que apareciera en la puerta. El bombín calado y las pequeñas gotas en la flor de su solapa, anunciaban el temporal que más tarde se desencadenaría. Las manos temblorosas le hicieron derramar el té al recoger la taza, manchando la fotografía del joven asesinado en el metro.

Su piel se erizaba sin remedio ante cada caricia del amante, pero sus besos se distanciaban perezosos entre los minutos que pasaron juntos. Testigo mudo en su historia, descansaba sobre la mesita entre dos hojas de un libro, la nota que había encontrado en el bolsillo de su abrigo semanas atrás al volver del mercado:

“Cada mañana veo pasar en mi reloj los minutos hasta que apareces. Te espero mañana en la Estación del Norte a las tres de la tarde. Llevaré puesto un bombín y un clavel en la solapa.”

Sólo al releer esas palabras una vez el amante hubo abandonado el cuarto, pudo entender su propio nerviosismo. Dos puertas más allá, sobre la mesa de la cocina, dormía en una fotografía manchada de té su misterioso admirador; un bombín ajado junto a su cuerpo inerte, una flor manchada en el ojal de su solapa, y un reloj en su muñeca que nunca volverá a contar los minutos.

El arte es de atahirART

y encontraréis más en: http://atahirart.deviantart.com/

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