Las modas

Cutopia

“Das veintidós pasos sin detenerte, inhalas tres veces, expiras una y continúas. Das una media vuelta sobre ti mismo y luego cuatro medias vueltas más sin que llegues a terminar en el mismo sitio. Por último te echas al suelo, recoges un puñado de tierra roja y lo soplas hacia tu izquierda. Si lo has hecho todo bien y no tienes mácula, entonces podrás ver la llama y ya solo te quedará atravesar la puerta”.

Por absurdas que pudieran parecer, esas eran las indicaciones que Magrit Lemond le dio al joven Aphonse Redoirte, el último de los aprendices de oráculo que había tenido la osadía de acercarse a su escuela. Y no es que fueran absurdas por el procedimiento en sí, lo eran porque en toda la sociedad Latviana ya había pasado de moda lo de formar oráculos.

Hubo un tiempo en que era muy popular entre los latvianos formarse como oráculos, profetisas o adivinos, pero cuando no podías pasear tranquilo por la Avenida del Tarot sin que nadie te dijese de qué ibas a morir, dejó de resultar interesante. Está muy bien intentar conocer ciertos detalles sobre tu futuro, pero llegar al extremo no es bueno en casi ninguna disciplina -claro está que sí lo es para todas las que se tildan de “extremas”-.

El caso es que Aphonse, ya de muy pequeño, con apenas cuatro añitos, había mostrado cierto don natural para las dotes adivinatorias. Predijo que su padre perdería su trabajo el mismo día que nació su hermana Marguerite, y así fue. Al año siguiente profetizó que Don Hervé, un sacerdote muy amigo de la familia, tendría urticaria durante treinta y cuatro días seguidos y erró tan solo por uno. Así que, entre unas cosas y otras, el pequeño Aphonse se fue interesando cada vez más por ampliar algo que era innato en él.

Pero la sociedad Latviana es tremendamente cambiante en cuanto a modas se refiere. En los años veinte formaron muchos ingenieros aeroespaciales, en los treinta todos se hicieron fotógrafos eróticos, baloncestistas de élite en los cuarenta, oráculos en los cincuenta, recolectores de kiwis en los sesenta, y ahora, a punto de comenzar una nueva década, todo indicaba que iban a pasar a ser grandes repujadores de piel de Yak.

Así que lo primero contra lo que tuvo que luchar el joven Aphonse fue contra su familia. El día que dijo en su casa, cuna de los grandes recolectores de kiwis del momento, que quería ser oráculo como su tío Bastien, se montó tal escándalo que acudieron varios vecinos a grabar los gritos con su magnetofón. Sin embargo, la madre de Aphonse, la señora Redoirte, llegó a la conclusión de que lo mejor para el chiquillo y para todos los chiquillos latvianos, sería romper de una vez por todas con las tradiciones y labrarse su propio futuro. Por eso Aphonse tuvo que huir de casa mientras ingresaban a su madre en el mejor hospital psiquiátrico de todo el país.

Con una mano delante y otra detrás, Aphonse se presentó ante Magrit Lemond suplicándole que le enseñase como desarrollar todavía más sus capacidades para la adivinación y Lemond aceptó porque hacía más de quince años que no tenía ningún aprendiz. Durante meses le enseñó a echar las cartas, a leer la bola de cristal, a extraer las enseñanzas de las estrellas y a observar las runas antiguas. El maestro estaba maravillado por la rapidez que tenía Aphonse para aprender cada nueva disciplina. Era tan bueno que incluso utilizaba sus dotes trasladándolas a otras artes. Así era capaz, por ejemplo, de adivinar cual era el punto exacto del arroz, sabía que podría enfermar si comía más de tres calabazas seguidas o que su maestro se emborracharía después de la séptima copa de anís.

Ante tal poder, Magrit, no pudo más que enfrentar a su pupilo con la prueba definitiva: entrar en la Cueva de Pitia, beber sus lágrimas y predecir el fin de todos y cada uno de sus seres queridos. Si lo hacía, él mismo se inclinaría ante él para llamarle maestro.

Y en ello estaba Aphonse, ya había dado los veintidós pasos, había dado las cinco medias vueltas, recogido el polvo y avanzado hacia la puerta. La llama era intensa, violácea y el ligero humo que soltaba se extendía tan alto que apenas se distinguía el final de la cueva.

Cruzó la puerta, se encontró frente a frente con el cuerpo incorrupto de la mismísima Pitia, se bebió sus lágrimas con un gesto a medio camino entre el placer y la repugnancia y comenzó a predecir el final de todos sus seres queridos. A la abuela Faustine se le pararía el corazón en un partido de balónvolea, el primo Jacques se quedaría dormido escalando el Nantrapurga, su madre moriría quemada en aceite de freír pescado tras un descuido fatal y su maestro, el gran Magrit Lemond, moriría de placer en una orgía con cinco odaliscas morenas y una rubia.

Pero la fatalidad llegó justo al terminar de predecir el final de su mentor. Aphonse no esperaba que para cumplir aquella prueba también se le mostrase su propio final y la decepción fue tremenda. Sepultado y al lado del cadáver de la gran Pitia, así moriría al derrumbarse la cueva en la que se encontraba en ese mismo instante. Y así fue, un temblor de tierra hizo caer la entrada de la cueva y ya no pudo escapar.

Aphonse Redoirte, posiblemente el mejor oráculo de toda la sociedad Latviana, murió rodeado de piedras y de su propio remordimiento por no haber hecho caso de su padre y haberse convertido en un gran recolector de kiwis.

Ese es el peligro de no seguir las modas.

 

El arte es de: Gonzain

y podéis ver más en: http://gonzainart.wix.com/gonzain

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